jueves
viernes
- Sólo cinco meses, no pasa nada. Puedo esperar cinco más.
- Pensaba que habíamos quedado hace unas horas. – dijo en tono divertido.
- Eres tan tonta. No tenías porque esperarme. Yo nunca te pedí nada, no creo ni siquiera que insinuase nada… - no terminó la frase.
- Tú lo has dicho – dije mientras me secaba las lágrimas- soy tonta, y por eso lo he hecho.
- Me alegro tanto de que me hayas esperado.
Acercó su cara lentamente a la mía y apoyó su frente contra la mía. Podía notar su cara también congelada, sus mejillas húmedas, podía notar lo nervioso que estaba.
- Te quiero. Te quiero tanto. Te quiero desde hace más de cinco meses. Lo he sabido desde hace mucho, pero soy un tonto, yo sí que lo soy, un tonto y un cobarde, que no ha tenido el valor de decirte lo que siento por miedo a lo que pudiese pasar. Pero quiero que lo sepas. Quiero que sepas que te quiero como nunca he querido a nadie. Y que voy a estar aquí siempre. Sujetándote, apoyándote, ayudándote. Aunque tú no me necesites.
martes
miércoles
viernes
Cuando se hizo de noche, y empezó la fiesta, las risas, la bebida, la música, casi me había olvidado de todo. Había olvidado el dolor, las lágrimas, las palabras feas, las negaciones. Sólo me importaba el momento, disfrutar, olvidarme de él. Y supongo que hubo alguien que tuvo mucho que ver. Cuando se acercó a mi y me agarró la mano no pude evitar sentir miedo. Miedo de volver a sufrir, miedo de que me hiciesen daño otra vez, miedo al rechazo, miedo a las lágrimas, miedo a sentir que nunca nadie me iba a querer.
- Qué guapa estás.
sábado
“Eres mi sensación favorita”
Estábamos los dos juntos, en una habitación, tumbados el uno al lado del otro, abrazados. Yo escondía mi cabeza en su pecho y el me acariciaba el pelo. Debíamos llevar así horas. Pero, ¿qué importaba? Cuando estaba con él los días se convertían en segundos. No hablábamos, sólo nos mirábamos, nos acariciábamos, nos besábamos… Las sensaciones más maravillosas del mundo. Y el me susurraba al oído, con esa voz tan dulce que tenía. Y yo me sonrojaba, y me reía, y volvía a besarle, azorada pero feliz, más feliz de lo que nunca había sido. Rogaba para que aquel momento no terminase nunca, para que pudiésemos quedarnos así toda la vida, que ojalá siempre me quisiese tanto como yo a él, que no se apartara de mí, que me ayudara como mi mejor amigo, y me protegiera. Y cuando me miró a los ojos, esbozó esa sonrisa, y me besó, cerré los ojos, dejándome llevar, queriéndole más que nunca, agarrando fuertemente su mano, y deseando que todo aquello fuera real.
Cuando me desperté supe que nada de lo que había soñado era real. Todo un sueño, un sueño maravilloso y fantástico, una fantasía, la mía, que nunca se haría realidad.
Era de noche ya y hacía frío, mucho frío. Ese frío de invierno, que te congela hasta la punta de los dedos, que te hace temblar y desear beberte una taza de chocolate caliente. Pero no temblaba por eso. Sentada en aquel banco, mientras las hojas de los árboles querían decirme algo pensaba en él. Y en todo lo que había pasado. O en lo que no había pasado. En lo que nunca pasaría. Definitivamente pensaba en él. Y cada vez que lo hacía, ese frío invernal se metía dentro de mí y me hace estremecerme, ponía mis pelos de punta y hacía que tuviera más ganas de encerrarme en mi habitación y no volver a salir nunca. Pero estaba allí, a miles de quilómetros de mi casa, frente a su casa, perdida en la gran ciudad, con poco dinero en el bolsillo y demasiadas esperanzas en el corazón. Aquello había sido una locura. Una de tantas ,claro, pero no me iba a echar atrás, no ahora. Busqué su nombre en la agenda del móvil y llamé. Vi como se encendía una luz en la casa. Mi corazón dio un vuelco.
- ¿Diga?
Contestó al teléfono como lo recordaba. Tan natural, tan espontáneo, con aquella simpatía natural y con aquella voz tan dulce. Me quedé callada al otro lado, sin saber qué decir.
- ¿Hola? ¿Hay alguien?
No sabía qué decir, qué hacer. Cómo reaccionaría él, cómo lo haría yo…
- Si esto es una broma no tiene ninguna gracia, así que voy a colgar…
- ¡No cuelgues!
Reaccioné sin pensar. Y ya no había vuelta atrás.
- ¿Quién es? –noté la inquietud en su voz.
- Soy yo. –esperaba que reconociese mi voz.
Se hizo el silencio al otro lado del auricular. Oí el jadeo de un risa y entonces noté como volvía al teléfono.
- Perdona, es que no escuchaba nada y me he enfadado un poco. ¿Cómo es que me llamas por teléfono? Habría sido mejor hablar por chat.
- No puedo usar el chat. No estoy en casa. Y necesitaba decirte algo muy importante.
- ¡Eh, no me digas que al final vas a venir! ¡Será genial, quiero enseñarte toda la ciudad!
- Ya estoy aquí.
Mi voz sonó asustada, pero segura. En el momento en que lo dije quise volver a atrás, pero sabía que ya era imposible. Tenía que decírselo. Era ahora o nunca.
- ¿Quieres decir aquí en la ciudad? ¡Cómo no me lo habías dicho! ¿Hace mucho que llegaste? ¡Oh, estoy deseando verte!
- Mira por la ventana.
- ¿Qué mire por la ventana? ¿Qué quieres decir…?
Su frase quedó inconclusa cuando me vio en la calle. Su cara de sorpresa no era mayor que la mía de asustada.
- Por favor, no cuelgues, y no salgas, sólo quiero decirte algo y me iré.
Vi su expresión de sorpresa se iba haciendo mayor pero aún así asintió y no dijo nada.
Me quedé sin aliento y noté como se me formaba un nudo en la garganta. No era capaz de mirarle. No quería ver la burla en su cara, la sensación de haber hecho el rídiculo. Colgué el teléfono y di media vuelta. De repente noté como sobre mí empezaba a llover, y pensé en la ironía del momento, de cómo el cielo lloraba en mi lugar. Entonces note una mano agarrándome, haciéndome dar la vuelta y le vi delante de mi, tan guapo como lo recordaba, empapado por la lluvia y mirándome con aquellos ojos que tanto había echado de menos. Y de repente me besó, después de tres meses de noches en vela, de lágrimas y de dolor, me besó y me sentí la persona más feliz del mundo.
Y siguió lloviendo toda la noche, pero, si en aquel momento, el cielo lloraba, no eran lágrimas de tristeza, sino de alegría.
Aquella noche le veía más guapo que nunca. Quizás era el saber que probablemente sería la última oportunidad que tendría de bailar con él, de tomar algo con él, coger un metro de madrugada. Pero esa noche deseaba más que nunca sentirlo a mi lado.
- No, para, estate quieta. Estás borracha, no te enteras de nada – al momento reconocí su voz, con aquel dulce acento.
- Venga, no digas tonterías, sé que lo estás deseando… ¿O me vas a decir que te has acercado a bailar conmigo por que sí? – dijo ella; su voz sonaba totalmente artificial.
- No seas tonta! He bailado contigo por que eres mi amiga, estamos celebrando nuestra última noche de fiesta y quería pasármelo bien, eso es todo. Y ahora vete arriba a tomar el aire.
Oí unos pasos que se alejaban. No abrí la puerta. Me quedé allí, sentada sobre el retrete, tragándome todo el dolor que sentía y conteniendo las lágrimas. De repente, llamó a mi puerta.
- ¿Eres tú?
Era él. Esa voz. No dije nada, me quedé quieta, esperando a que el se convenciera de allí no había nadie. Hasta que oí como suspiraba.
- Sé que estás ahí. Así que, si no quieres abrirme, tendré que hablarte a través de una puerta. –hubo un momento de silencio en el que seguí callada- De acuerdo. He visto tu cara hace un momento. Cuando estábamos bailando. Y te he visto irte, y he querido venir para saber que te pasaba. Y sólo espero que estés triste por que mañana nos volvemos a casa. –volvió a hacer una pausa- Pero, de todas formas, quiero decirte algo. Y es que para mí, la mejor experiencia ha sido conocer a alguien tan especial como tú.
Abrí los ojos de par en par y me acerqué a la puerta apoyando mi cabeza en ella, escuchando atentamente.
- Este tiempo me ha servido para conocerte mejor, y nunca pensé que en sólo tres semanas fuera capaz de llegar a importarme tanto una persona. Cada vez que tú sonreías sentía que yo también debía sonreir, cada vez que nos sentábamos juntos y compartíamos la música sentía como si en el mundo sólo existiéramos tu y yo, cada noche cuando te ibas a acostar y te despedías de mi deseaba que la noche fuera eterna y que pudiéramos dormir el uno al lado del otro. Y sé que es ridículo, por que nos separan países y quilómetros, pero sé que no quiero perderte, no por lo que creas que hayas visto, por que creas que no siento nada por ti, por que, te juro que, en este momento, haría lo que fuera para que no llegara mañana y tener que decirte adiós.
Y lo dijo tan seguro, tan sincero, con tanta dulzura, con la voz cargada de sentimiento que al abrir la puerta, sólo pude lanzarme a sus brazos, y hundir mi cabeza en su pecho, y besarle hasta que se acabara la noche, e inhalar su perfume, y reír y llorar hasta el final, y saber que, por una noche, él y yo estuvimos juntos.
jueves
domingo
sábado
Los primeros rayos de sol me despertaron. Abrí los ojos lentamente y parpadeé al tiempo que recordaba que hacía allí. Miré a mi derecha y allí estaba él. Su pecho desnudo se tornó de un color tostado con la luz del sol, sus bucles parecían más dorados que nunca; su expresión era tranquila, en paz, y en sus labios se dibujaba una pequeña sonrisa. Me acurruqué a su lado y cerré los ojos, aspirando su olor, intentando recordarlo. Él se revolvió en sueños y comenzó a despertarse. Yo cerré los ojos, por miedo a que él hiciera como si aquella noche no hubiera existido. Pero no fue así. Acercó su rostro al mío y me besó. Tan dulce como siempre. Permanecí con los ojos cerrados mientras el acariciaba mi torso desnudo. El contacto con su mano aceleró mi pulso.
- No te puedes imaginar el tiempo que llevaba esperando este momento - dijo al tiempo que se acurrucaba a mi lado y me arropaba con sus brazos.
> Ahora que estás dormida, ahora que no puedes escucharme... quiero decirte que te quiero. Te quiero de verdad. Como nunca he querido y querré a nadie. Pensar que no puedo estar contigo me duele, y la simple idea de perderte hace que yo pierda la cabeza. Cuando me dijiste que estabas enamorada de mí, me asusté. Me asusté de lo que sentí en aquel momento, de las ganas de abrazarte, de besarte, de las ganas que tenía de quedarme a tu lado para siempre. Fue demasiado para mí. Pero he sido tan cobarde que durante estos dos años no he tenido la valentía de levantar el teléfono y llamarte, y decirte que no importan los kilómetros, que no importa nadie ni nada, ni las diferencias, ni las similitudes, que lo único que en esta vida me importa eres tú. Y siento tanto haberte hecho tanto daño... lo siento mucho....
Su voz se quebró y pude notar como las lágrimas secaban de sus ojos. Me besó en la frente y se quedó allí quieto, llorando en silencio, abrazado a mí. Poco a poco me fui acercando a su oído y, en voz muy baja le susurré.
- Ahora estás aquí y es lo único que importa.
jueves
domingo
- Y ahora, ¿a qué tienes miedo?
- Tengo miedo a que nunca me quieras cómo yo te quiero, miedo a que te vayas y nunca te vuelva a ver, miedo a decirte esto y tú me tomes por una niña, miedo a que me rechaces, miedo a mirarte a los ojos, miedo a que me sueltes la mano y todo se esfume...
- No te preocupes; yo nunca te soltaré la mano.
viernes
Esa mañana me desperté con un mal sabor de boca; había dormido mal, y cuando levanté las persianas llovía. Y eso fue el comienzo del peor día del resto de mi vida. Sonó el teléfono, me pareció más bien que el demonio llamaba a mi puerta. Levanté el auricular y sólo oí un llanto quebrado, desgarrador, una señal que me hizo darme cuenta de que todo había terminado.
Nunca más volvería a ver aquella sonrisa en su rostro, nunca más volvería a besar aquellas mejillas, a revolver aquel cabello azabache, nunca más volvería a tumbarme a su lado y a quedarme mirándola hasta que ella me enseñase la lengua o intentase tirarme del pelo.
En sólo veinticuatro horas mi vida había cambiado. Había pasado de tener un buen comienzo de año, con mi familia, mis amigos, una vida tranquila, sin más preocupaciones que los exámenes... a de repente encontrarme con que miles de corazones se morían de dolor.
Ese día me dormí abrazada a mi almohada, húmeda, completamente empapada por mis lágrimas, y esa noche soñé con ella, soñé que me despertaba saltando sobre mí, que se tiraba sobre mí y que, con esa sonrisa, se despedía de mí para siempre, dejando ese hueco en mi corazón y diciéndome con la mirada: "Estaré siempre contigo".
martes
Me levanté y di un paso atrás. Había olvidado lo mucho que le quería, lo mucho que me gustaba aquella sonrisa y aquellos ojos, lo mucho que había echado de menos estar cerca de él. Él, sin embargo, se acercó a mí y, sin dejar de sonreír, me abrazó.
- ¡Qué ganas tenía de verte! -dijo al tiempo que su mano me acariciaba el pelo.
Su voz sonaba efusiva, demasiado, y cuando me besó en la mejilla pude notar el olor a alcohol. Se separó un poco de mí, pero agarró mis manos, con fuerza. Yo no era capaz de mirarle a los ojos.
- ¡Ey! ¿Qué te pasa?¿Estás bien? O me vas a decir que no tenías ganas de verme...
Compuse una sonrisa forzada y solté sus manos. Pero él agarró mi cara y, de repente, me besó. Cerré los ojos, sorprendida, enamorada, ilusionada... Pero al darme cuenta de lo que me estaba pasando, me separé de él y eché a andar hacia el lado contrario.
- ¡Irene, oye, qué haces!
Aceleré el paso pero él, claramente más rápido me alcanzó.
- Oye, no te entiendo, dijiste que me querías, que estabas enamorada de mí, y ahora ¿te rajas?
Estaba temblando. No sabía que hacer, si ignorarle o explicárselo. Estaba entre la espada y la pared.
- Joder, ¿quieres por lo menos mirarme a la cara?
Me giré y, después de un año, le miré a los ojos.
- ¡Es que eres imbécil! Joder, has bebido, no sabes lo que haces y mañana cuando te despiertes ni siquiera recordarás haberme visto... No puedes pretender que después de lo que siento me dejé utilizar de esta manera. No quiero entrar en este juego, no quiero seguir sufriendo.
Le di la espalda y seguí caminando. Pero él me agarró la mano y me hizo mirarle.
- Escúchame: no te he besado porque esté borracho. Te he besado por que, joder, estaba deseando hacerlo, porque me moría de ganas de verte y no sabía qué hacer para decírtelo; llevo mucho tiempo esperando este momento, creeme.
- No digas eso. No es verdad. Estás diciendo esto porque únicamente necesitas una tía a la que tomarle el pelo, alguien que te consuele esta noche. Pero sabes, estoy harta. Y aunque me estoy muriendo de ganas de que vuelvas a besarme, aunque desearía con todo mi corazón que esto que me acabas de decir fuera verdad, no lo es. Y no puedes jugar conmigo, no es justo.
Se quedó callado, mirándome. Pude leer la vergüenza en sus ojos.
- Te juro que te quiero, Irene.
Se me empañaron los ojos.
- Me quieres esta noche, mañana te habrás olvidado de mi nombre.