"Para ti, que llegaste de repente y cambiaste el argumento de esta historia y el de mi vida."
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jueves

Acariciaba mi pelo lentamente, al tiempo que tarareaba nuestra canción. Cómo me gustaba aquella sensación. Sentía que mi cuerpo no estaba en la tierra, sino a miles de kilómetros por encima de ella. Sentía vibrar cada fibra de mi cuerpo a cada caricia que el me daba. Era mi sensación favorita. Y cuando se acercaba a mi oído, y con aquella preciosa voz me susurraba, oh, creía ser capaz de tocar el cielo con la punta de los dedos. Pero lo más bonito de todos eran sus besos. Los tiernos y vergonzosos en la mejilla, los dulces y románticos en los labios, o aquellos con los que conseguía hacer que me olvidara hasta de mi propio nombre. Y recuerdo perfectamente cada uno de sus besos. El primer beso, apasionado y reprimido durante tanto tiempo, y todos los que siguieron después. Cada uno diferente, cada uno mejor. Cada uno con más sentimiento que el anterior. Qué adicta me volví a aquellos labios, y cuánto echo de menos sentirlos sobre los míos.

miércoles

Había ensayado aquella situación millones de veces en mi cabeza. Y en todas yo salía ganando. Pero después de dos años, había olvidado lo débil que me volvía cuando él me miraba con esos ojos azules. Estaba más alto, incluso parecía ya un adulto, se había cortado el pelo, de forma que ya no le caía en bucles a ambos lados de la cara, estaba moreno, y sonreía. Pero había algo que no había cambiado: sus ojos. Eran tal y como los recordaba. Azules y pequeños, con forma de avellana, con sus largas pestañas y brillando de aquella forma tan especial. Y allí estaba yo, de la manera que nunca hubiera deseado que me viera: sola, con chándal, gafas y un moño mal hecho. Cuando le vi torcer la esquina, mi corazón se olvidó de latir durante unos segundos. Unos segundos en los que ambos nos miramos, entre sorprendidos y contentos, unos segundos en los que, todos aquellos recuerdos empezaron a volver a mi cabeza en tropel, a toda prisa, queriendo recordarme que seguían escondidos en algún lugar de mi corazón. Y cuando estuvimos el uno frente al otro, nada de aquello importó. No dijimos nada, y él siguió caminando, rozando su brazo contra el mío, haciendo que cada fibra de mi cuerpo temblase, dejando que aquel perfume me embriagase, dejándome paralizada, sin saber qué hacer o decir. Pero siguió caminando, no paró, no dijo nada, ninguna palabra que pudiera hacernos pensar que volveríamos a mirarnos como en aquellas tardes de verano, ninguna señal que me hiciese pensar que en aquellos ojos azules aún había un brillo que era para mí. Y caminó, sin parar, dejándome allí, sola, con el corazón hecho pedazos, con las lágrimas cayendo de mis ojos y rodando por mis mejillas, y con aquel sentimiento aún latente. Y me maldije a mí misma por no haber aprendido a dejar de quererle.

domingo

Siempre había querido escribir una bonita historia de amor, una de esas que no tiene final, una de esas en la que los protagonistas se enamoran perdidamente el uno del otro, comparte los momentos más especiales que una pareja puede compartir. Una de esas historias en las que los sentimientos son los protagonistas y que, pase lo que pase, nunca acaban mal. Y ahora me doy cuenta de que esa historia que siempre he querido escribir, es aquella que yo deseaba vivir. Es la historia que yo quería haber vivido con esos ojos azules.

Quería perderme en tu mirada para siempre, y no volver atrás nunca. Quería mirar tu cara cada mañana, despertarme y verla a mi lado, en paz, durmiendo, tranquilo, con la única preocupación de si yo estaría a tu lado cuando abrieras los ojos. Quería cogerte de la mano y que me prometieras que nunca me soltarías. Quería tenerte conmigo, siempre, a mi lado, y no separarnos nunca. Quería que todas aquellas palabras bonitas fueran para mí, y que ninguna fuera un reproche. Quería que tú me quisieras como yo te quise.

Y ahora me he dado cuenta de nunca va a existir una historia de amor, nunca voy a volver a ver esos ojos azules otra vez, nunca voy a volver a fantasear con que algún día llamarás a mi puerta y me dirás que por fin te has dado cuenta de que me quieres, nunca voy a volver a soñar que mi mano y la tuya se juntarían para siempre. Y es por que las historias de amor no tienen un final, son infinitas, eternas, siempre se recuerdan, de una manera u otra. Pero nuestra historia hace tiempo que tiempo que tuvo un final, y por eso sé que se ha acabado.
Eran las doce de la mañana cuando la puerta de la cafetería se abrió. Levanté la mirada de mi ordenador y, como cada miércoles a las doce de la mañana, mi corazón se olvidó de latir. Un chico alto y esbelto entró en la cafetería; llevaba aun abrigo de pana negro con las solapas levantadas para protgerse del frío Diciembre que azotaba las ventanas. Echó un vistazo a la cafetería buscando un sitio en el que sentarse. Cuando sus ojos recorrieron mi mesa, me lanzó un sonrisa y levantó la mano en forma de saludo. De repente, mi corazón aceleró el pulso y noté como mis mejillas enrojecían. Sonreí y le saludé con la cabeza.
Se dirigió hacia su sitio mientras mi mirada le seguía, recorriéndole de arriba abajo, recordando aquellos momentos que, diez años atrás habíamos pasado. Todavía me dolía pensar en aquel verano que habíamos pasado juntos, el mejor verano de mi vida, el verano en el que me había enamorado por primera vez.
Cuando se sentó, una de las camareras se le acercó y el le pidió lo de siempre: café con leche y napolitana. La camarera, alta, rubia y llena de curvas, no dejó de lanzarle insinuantes miradas, pero él parecía no inmutarse. Como siempre, sacó su ordenador y, al cabo de dos minutos, parpadeó en mi portátil el chat. Volvíamos al juego de cada miércoles.
- ¿Qué te pasó el miércoles pasado? Te eché de menos... - Me escribió.
Se me encogió el corazón. Mi padre había muerto hacía una semana, y por eso había faltado a nuestra "cita" de siempre.
- No me pasó nada -tecleé- simplemente no me apetecía venir.
- No me lo creo.
"No quiero que lo hagas." pensé. Me di la vuelta para mirar hacia su mesa. Él hacía lo mismo. Me miraba sonriendo, con aquella sonrisa que tanto me gustaba y que aún seguía grabada en mi mente a fuego. Su pelo estaba más corto y más oscuro, debido a la falta de sol, pero aún conservaba sus divertidos rizos de color rubio. Y sus ojos... aquellos ojos azules que se clavaban en los míos y que me hacían perder el control. Aquellos ojos azules en los que tantas noches me había perdido. Los ojos azules de los que me había enamorado con diecisiete años y que, diez años después, aún imaginaba que estaban a mi lado.
Volví a mi ordenador, intentando disimular el dolor que me producía recordar lo intenso que podía ser el amor de dos jóvenes de diecisiete años.
Diecisiete años... El verano de 2009, mi último campamento de verano. Lo recordaba como si hubiera sido ayer. Le conocí la primera mañana, mientras estábamos en la playa haciendo las pruebas de natación. Sentados en la arena, empezamos a hablar. Era simpático, muy simpático. Siempre bromeaba, y no sé que tenía, pero siempre conseguía sacarme una sonrisa. Y no sólo eso, sabía escuchar. En un mes fue la persona que más me ayudó y escuchó. Siempre aconsejándome bien, siempre intentando ayudarme, y siempre con esa sonrisa dibujada en su cara.
Sólo había sido un mes, pero había sido un mes maravilloso, nuestro mes, nuestro verano, nuestro primer amor de verano. Una relación efímera, pero intensa, llena de besos, caricias y abrazos pero también de discusiones que, al final, siempre acababan en otro beso. Un amor de dos adolescentes.
Mis ojos se empañaron y parpadeé para contener las lágrimas. No había dejado de quererle. En esos diez años, ni un día había dejado de pensar en él. No había olvidado aquellas frases que, escondidos entre las sábanas nos habíamos susurrado; no había olvidado las tardes tumbados en la arena, mirándonos el uno al otro, sin decir absolutamente nada; no había olvidado que había sido el primer chico del que me había enamorado, porque le había querido demasiado...
Había sido la persona más importante para mi durante mucho tiempo pero ahora... Ahora ya no era nadie para mi. Cerré mi ordenador, saqué el dinero y lo dejé sobre la mesa. Me levanté de mi sitio y, sin mirar atrás salí de la cafetería.
En la calle llovía y el viento azotaba con fuerza en los cristales de todos los locales. Respiré profundamente y me eché a caminar. Cuando llegué al final de la cristalera de la cafetería, eche una mirada al interior de la cafetería. Desde su sitio, me miraba con sus ojos azules, interrogante. Le sonreí y él hizo un amago de levantarse, pero negué con la cabeza.
Ya se había acabado. Ya no volverían los miércoles a las doce, ni el verano del 2009, ni los ojos azules... Le dije adiós con la mano y seguí caminando, sin mirar atrás, para olvidar, por fin, aquello que ya nunca volvería a ser.

sábado

Allí está ella, sentada como de costumbre, con las piernas recogidas, abrazadas. La cabeza apoyada sobre las rodillas y el pelo, cayéndole por ambos lados de la cara. Está sola en al habitación, no hay nada ni nadie junto a ella. Doy un paso, y ella se gira para mirarme. Cuando mis ojos se encuentran con los suyos, me sorprende el abanico de sentimientos que se acaba de abrir ante mí. ¿Cómo una persona que, exteriormente, es divertida, alegre y segura de sí misma, puede parecer de repente tan frágil, tan infeliz? Sus ojos están enrojecidos, como si hubiera estado llorando, sus mejillas húmedas, aún con el rastro de las últimas lágrimas, y en sus labios, no está ni tan siquiera la sombra de esa sonrisa suya. Me pregunto, ¿qué es eso que la hace sentirse tan desgraciada? ¿Qué es lo que la atormenta? ¿Cómo puedo yo ayudarla? La respuesta no la conozco. De repente ella se levanta, y me doy cuenta, de lo pequeña que parece, de cómo sus brazos y sus piernas están temblando, y de cómo de sus ojos, comienzan a caer unas pequeñas lágrimas. Intento acercarme a ella, pero es como si me repeliese, como si no quisiera que alguien la abrazase. Entonces me doy cuenta, de lo que ocurre, me doy cuenta de que ella, esa persona que siempre creí que era fuerte y feliz, no es más que una niña que busca tener un motivo para seguir sonriendo, que busca con ansia esa felicidad. Y, cómo si nunca hubiera ocurrido, vuelvo a estar dentro. Y me veo a mí misma, sóla, en esa habitación, sin nadie a mi lado, y me doy cuenta de lo débil que soy, de lo infeliz y desgraciada que me siento. Y la única solución que me queda, es levantarme cada día, y sonreír, aunque por dentro no sea así. A veces es mejor ocultar cómo te sientes en realidad antes que enfrentarte a un mundo que espera a que te sientas débil para echarse encima de ti.