jueves
miércoles
Había ensayado aquella situación millones de veces en mi cabeza. Y en todas yo salía ganando. Pero después de dos años, había olvidado lo débil que me volvía cuando él me miraba con esos ojos azules. Estaba más alto, incluso parecía ya un adulto, se había cortado el pelo, de forma que ya no le caía en bucles a ambos lados de la cara, estaba moreno, y sonreía. Pero había algo que no había cambiado: sus ojos. Eran tal y como los recordaba. Azules y pequeños, con forma de avellana, con sus largas pestañas y brillando de aquella forma tan especial. Y allí estaba yo, de la manera que nunca hubiera deseado que me viera: sola, con chándal, gafas y un moño mal hecho. Cuando le vi torcer la esquina, mi corazón se olvidó de latir durante unos segundos. Unos segundos en los que ambos nos miramos, entre sorprendidos y contentos, unos segundos en los que, todos aquellos recuerdos empezaron a volver a mi cabeza en tropel, a toda prisa, queriendo recordarme que seguían escondidos en algún lugar de mi corazón. Y cuando estuvimos el uno frente al otro, nada de aquello importó. No dijimos nada, y él siguió caminando, rozando su brazo contra el mío, haciendo que cada fibra de mi cuerpo temblase, dejando que aquel perfume me embriagase, dejándome paralizada, sin saber qué hacer o decir. Pero siguió caminando, no paró, no dijo nada, ninguna palabra que pudiera hacernos pensar que volveríamos a mirarnos como en aquellas tardes de verano, ninguna señal que me hiciese pensar que en aquellos ojos azules aún había un brillo que era para mí. Y caminó, sin parar, dejándome allí, sola, con el corazón hecho pedazos, con las lágrimas cayendo de mis ojos y rodando por mis mejillas, y con aquel sentimiento aún latente. Y me maldije a mí misma por no haber aprendido a dejar de quererle.
domingo
Se dirigió hacia su sitio mientras mi mirada le seguía, recorriéndole de arriba abajo, recordando aquellos momentos que, diez años atrás habíamos pasado. Todavía me dolía pensar en aquel verano que habíamos pasado juntos, el mejor verano de mi vida, el verano en el que me había enamorado por primera vez.
Cuando se sentó, una de las camareras se le acercó y el le pidió lo de siempre: café con leche y napolitana. La camarera, alta, rubia y llena de curvas, no dejó de lanzarle insinuantes miradas, pero él parecía no inmutarse. Como siempre, sacó su ordenador y, al cabo de dos minutos, parpadeó en mi portátil el chat. Volvíamos al juego de cada miércoles.
- ¿Qué te pasó el miércoles pasado? Te eché de menos... - Me escribió.
Se me encogió el corazón. Mi padre había muerto hacía una semana, y por eso había faltado a nuestra "cita" de siempre.
- No me pasó nada -tecleé- simplemente no me apetecía venir.
- No me lo creo.
"No quiero que lo hagas." pensé. Me di la vuelta para mirar hacia su mesa. Él hacía lo mismo. Me miraba sonriendo, con aquella sonrisa que tanto me gustaba y que aún seguía grabada en mi mente a fuego. Su pelo estaba más corto y más oscuro, debido a la falta de sol, pero aún conservaba sus divertidos rizos de color rubio. Y sus ojos... aquellos ojos azules que se clavaban en los míos y que me hacían perder el control. Aquellos ojos azules en los que tantas noches me había perdido. Los ojos azules de los que me había enamorado con diecisiete años y que, diez años después, aún imaginaba que estaban a mi lado.
Volví a mi ordenador, intentando disimular el dolor que me producía recordar lo intenso que podía ser el amor de dos jóvenes de diecisiete años.
Diecisiete años... El verano de 2009, mi último campamento de verano. Lo recordaba como si hubiera sido ayer. Le conocí la primera mañana, mientras estábamos en la playa haciendo las pruebas de natación. Sentados en la arena, empezamos a hablar. Era simpático, muy simpático. Siempre bromeaba, y no sé que tenía, pero siempre conseguía sacarme una sonrisa. Y no sólo eso, sabía escuchar. En un mes fue la persona que más me ayudó y escuchó. Siempre aconsejándome bien, siempre intentando ayudarme, y siempre con esa sonrisa dibujada en su cara.
Sólo había sido un mes, pero había sido un mes maravilloso, nuestro mes, nuestro verano, nuestro primer amor de verano. Una relación efímera, pero intensa, llena de besos, caricias y abrazos pero también de discusiones que, al final, siempre acababan en otro beso. Un amor de dos adolescentes.
Mis ojos se empañaron y parpadeé para contener las lágrimas. No había dejado de quererle. En esos diez años, ni un día había dejado de pensar en él. No había olvidado aquellas frases que, escondidos entre las sábanas nos habíamos susurrado; no había olvidado las tardes tumbados en la arena, mirándonos el uno al otro, sin decir absolutamente nada; no había olvidado que había sido el primer chico del que me había enamorado, porque le había querido demasiado...
Había sido la persona más importante para mi durante mucho tiempo pero ahora... Ahora ya no era nadie para mi. Cerré mi ordenador, saqué el dinero y lo dejé sobre la mesa. Me levanté de mi sitio y, sin mirar atrás salí de la cafetería.
En la calle llovía y el viento azotaba con fuerza en los cristales de todos los locales. Respiré profundamente y me eché a caminar. Cuando llegué al final de la cristalera de la cafetería, eche una mirada al interior de la cafetería. Desde su sitio, me miraba con sus ojos azules, interrogante. Le sonreí y él hizo un amago de levantarse, pero negué con la cabeza.
Ya se había acabado. Ya no volverían los miércoles a las doce, ni el verano del 2009, ni los ojos azules... Le dije adiós con la mano y seguí caminando, sin mirar atrás, para olvidar, por fin, aquello que ya nunca volvería a ser.