"Para ti, que llegaste de repente y cambiaste el argumento de esta historia y el de mi vida."
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viernes

La primera vez que fui sola al cine sentía vergüenza. Veía a las parejas comprar su entrada, a los grupos de amigos riendo y comiendo palomitas; parecía que todo el mundo me miraba. La verdad es que ya lo he superado, siempre he sido una persona solitaria. Pero cuando apagan las luces y hay una escena que me emociona y lloro o una en la que me parto de risa, tengo la manía de mirar a mi lado, y una vez tras otra, siempre me encuentro el mismo paisaje desolador: un asiento vacío. Lo cierto es que si no compartes esos momentos , parece que no los hayas vivido.

domingo

Siempre había querido escribir una bonita historia de amor, una de esas que no tiene final, una de esas en la que los protagonistas se enamoran perdidamente el uno del otro, comparte los momentos más especiales que una pareja puede compartir. Una de esas historias en las que los sentimientos son los protagonistas y que, pase lo que pase, nunca acaban mal. Y ahora me doy cuenta de que esa historia que siempre he querido escribir, es aquella que yo deseaba vivir. Es la historia que yo quería haber vivido con esos ojos azules.

Quería perderme en tu mirada para siempre, y no volver atrás nunca. Quería mirar tu cara cada mañana, despertarme y verla a mi lado, en paz, durmiendo, tranquilo, con la única preocupación de si yo estaría a tu lado cuando abrieras los ojos. Quería cogerte de la mano y que me prometieras que nunca me soltarías. Quería tenerte conmigo, siempre, a mi lado, y no separarnos nunca. Quería que todas aquellas palabras bonitas fueran para mí, y que ninguna fuera un reproche. Quería que tú me quisieras como yo te quise.

Y ahora me he dado cuenta de nunca va a existir una historia de amor, nunca voy a volver a ver esos ojos azules otra vez, nunca voy a volver a fantasear con que algún día llamarás a mi puerta y me dirás que por fin te has dado cuenta de que me quieres, nunca voy a volver a soñar que mi mano y la tuya se juntarían para siempre. Y es por que las historias de amor no tienen un final, son infinitas, eternas, siempre se recuerdan, de una manera u otra. Pero nuestra historia hace tiempo que tiempo que tuvo un final, y por eso sé que se ha acabado.

sábado

Los primeros rayos de sol me despertaron. Abrí los ojos lentamente y parpadeé al tiempo que recordaba que hacía allí. Miré a mi derecha y allí estaba él. Su pecho desnudo se tornó de un color tostado con la luz del sol, sus bucles parecían más dorados que nunca; su expresión era tranquila, en paz, y en sus labios se dibujaba una pequeña sonrisa. Me acurruqué a su lado y cerré los ojos, aspirando su olor, intentando recordarlo. Él se revolvió en sueños y comenzó a despertarse. Yo cerré los ojos, por miedo a que él hiciera como si aquella noche no hubiera existido. Pero no fue así. Acercó su rostro al mío y me besó. Tan dulce como siempre. Permanecí con los ojos cerrados mientras el acariciaba mi torso desnudo. El contacto con su mano aceleró mi pulso.


- No te puedes imaginar el tiempo que llevaba esperando este momento - dijo al tiempo que se acurrucaba a mi lado y me arropaba con sus brazos.

> Ahora que estás dormida, ahora que no puedes escucharme... quiero decirte que te quiero. Te quiero de verdad. Como nunca he querido y querré a nadie. Pensar que no puedo estar contigo me duele, y la simple idea de perderte hace que yo pierda la cabeza. Cuando me dijiste que estabas enamorada de mí, me asusté. Me asusté de lo que sentí en aquel momento, de las ganas de abrazarte, de besarte, de las ganas que tenía de quedarme a tu lado para siempre. Fue demasiado para mí. Pero he sido tan cobarde que durante estos dos años no he tenido la valentía de levantar el teléfono y llamarte, y decirte que no importan los kilómetros, que no importa nadie ni nada, ni las diferencias, ni las similitudes, que lo único que en esta vida me importa eres tú. Y siento tanto haberte hecho tanto daño... lo siento mucho....


Su voz se quebró y pude notar como las lágrimas secaban de sus ojos. Me besó en la frente y se quedó allí quieto, llorando en silencio, abrazado a mí. Poco a poco me fui acercando a su oído y, en voz muy baja le susurré.


- Ahora estás aquí y es lo único que importa.

martes

El frío de la noche se mezcló con las espirales de sensaciones que el alcohol me estaba provocando. Sentadas sobre un banco, charlábamos y nos reíamos de cosas sin sentido. De pronto, alguien me tapó los ojos. Toqué las manos del desconocido, intentando reconocerle. Y supe quien era. Retiré la venda de mis ojos y me giré. Y allí estaba, una vez más y como siempre: alto, esbelto, con una sonrisa de oreja a oreja, su pelo más corto y un poco más oscuro. Pero había algo que no había cambiado: sus ojos. Grandes y azules, brillantes y mirándome como aquellas tardes de verano.

Me levanté y di un paso atrás. Había olvidado lo mucho que le quería, lo mucho que me gustaba aquella sonrisa y aquellos ojos, lo mucho que había echado de menos estar cerca de él. Él, sin embargo, se acercó a mí y, sin dejar de sonreír, me abrazó.

- ¡Qué ganas tenía de verte! -dijo al tiempo que su mano me acariciaba el pelo.

Su voz sonaba efusiva, demasiado, y cuando me besó en la mejilla pude notar el olor a alcohol. Se separó un poco de mí, pero agarró mis manos, con fuerza. Yo no era capaz de mirarle a los ojos.

- ¡Ey! ¿Qué te pasa?¿Estás bien? O me vas a decir que no tenías ganas de verme...

Compuse una sonrisa forzada y solté sus manos. Pero él agarró mi cara y, de repente, me besó. Cerré los ojos, sorprendida, enamorada, ilusionada... Pero al darme cuenta de lo que me estaba pasando, me separé de él y eché a andar hacia el lado contrario.

- ¡Irene, oye, qué haces!

Aceleré el paso pero él, claramente más rápido me alcanzó.

- Oye, no te entiendo, dijiste que me querías, que estabas enamorada de mí, y ahora ¿te rajas?

Estaba temblando. No sabía que hacer, si ignorarle o explicárselo. Estaba entre la espada y la pared.

- Joder, ¿quieres por lo menos mirarme a la cara?

Me giré y, después de un año, le miré a los ojos.

- ¡Es que eres imbécil! Joder, has bebido, no sabes lo que haces y mañana cuando te despiertes ni siquiera recordarás haberme visto... No puedes pretender que después de lo que siento me dejé utilizar de esta manera. No quiero entrar en este juego, no quiero seguir sufriendo.

Le di la espalda y seguí caminando. Pero él me agarró la mano y me hizo mirarle.

- Escúchame: no te he besado porque esté borracho. Te he besado por que, joder, estaba deseando hacerlo, porque me moría de ganas de verte y no sabía qué hacer para decírtelo; llevo mucho tiempo esperando este momento, creeme.

- No digas eso. No es verdad. Estás diciendo esto porque únicamente necesitas una tía a la que tomarle el pelo, alguien que te consuele esta noche. Pero sabes, estoy harta. Y aunque me estoy muriendo de ganas de que vuelvas a besarme, aunque desearía con todo mi corazón que esto que me acabas de decir fuera verdad, no lo es. Y no puedes jugar conmigo, no es justo.

Se quedó callado, mirándome. Pude leer la vergüenza en sus ojos.

- Te juro que te quiero, Irene.

Se me empañaron los ojos.

- Me quieres esta noche, mañana te habrás olvidado de mi nombre.

domingo

Eran las doce de la mañana cuando la puerta de la cafetería se abrió. Levanté la mirada de mi ordenador y, como cada miércoles a las doce de la mañana, mi corazón se olvidó de latir. Un chico alto y esbelto entró en la cafetería; llevaba aun abrigo de pana negro con las solapas levantadas para protgerse del frío Diciembre que azotaba las ventanas. Echó un vistazo a la cafetería buscando un sitio en el que sentarse. Cuando sus ojos recorrieron mi mesa, me lanzó un sonrisa y levantó la mano en forma de saludo. De repente, mi corazón aceleró el pulso y noté como mis mejillas enrojecían. Sonreí y le saludé con la cabeza.
Se dirigió hacia su sitio mientras mi mirada le seguía, recorriéndole de arriba abajo, recordando aquellos momentos que, diez años atrás habíamos pasado. Todavía me dolía pensar en aquel verano que habíamos pasado juntos, el mejor verano de mi vida, el verano en el que me había enamorado por primera vez.
Cuando se sentó, una de las camareras se le acercó y el le pidió lo de siempre: café con leche y napolitana. La camarera, alta, rubia y llena de curvas, no dejó de lanzarle insinuantes miradas, pero él parecía no inmutarse. Como siempre, sacó su ordenador y, al cabo de dos minutos, parpadeó en mi portátil el chat. Volvíamos al juego de cada miércoles.
- ¿Qué te pasó el miércoles pasado? Te eché de menos... - Me escribió.
Se me encogió el corazón. Mi padre había muerto hacía una semana, y por eso había faltado a nuestra "cita" de siempre.
- No me pasó nada -tecleé- simplemente no me apetecía venir.
- No me lo creo.
"No quiero que lo hagas." pensé. Me di la vuelta para mirar hacia su mesa. Él hacía lo mismo. Me miraba sonriendo, con aquella sonrisa que tanto me gustaba y que aún seguía grabada en mi mente a fuego. Su pelo estaba más corto y más oscuro, debido a la falta de sol, pero aún conservaba sus divertidos rizos de color rubio. Y sus ojos... aquellos ojos azules que se clavaban en los míos y que me hacían perder el control. Aquellos ojos azules en los que tantas noches me había perdido. Los ojos azules de los que me había enamorado con diecisiete años y que, diez años después, aún imaginaba que estaban a mi lado.
Volví a mi ordenador, intentando disimular el dolor que me producía recordar lo intenso que podía ser el amor de dos jóvenes de diecisiete años.
Diecisiete años... El verano de 2009, mi último campamento de verano. Lo recordaba como si hubiera sido ayer. Le conocí la primera mañana, mientras estábamos en la playa haciendo las pruebas de natación. Sentados en la arena, empezamos a hablar. Era simpático, muy simpático. Siempre bromeaba, y no sé que tenía, pero siempre conseguía sacarme una sonrisa. Y no sólo eso, sabía escuchar. En un mes fue la persona que más me ayudó y escuchó. Siempre aconsejándome bien, siempre intentando ayudarme, y siempre con esa sonrisa dibujada en su cara.
Sólo había sido un mes, pero había sido un mes maravilloso, nuestro mes, nuestro verano, nuestro primer amor de verano. Una relación efímera, pero intensa, llena de besos, caricias y abrazos pero también de discusiones que, al final, siempre acababan en otro beso. Un amor de dos adolescentes.
Mis ojos se empañaron y parpadeé para contener las lágrimas. No había dejado de quererle. En esos diez años, ni un día había dejado de pensar en él. No había olvidado aquellas frases que, escondidos entre las sábanas nos habíamos susurrado; no había olvidado las tardes tumbados en la arena, mirándonos el uno al otro, sin decir absolutamente nada; no había olvidado que había sido el primer chico del que me había enamorado, porque le había querido demasiado...
Había sido la persona más importante para mi durante mucho tiempo pero ahora... Ahora ya no era nadie para mi. Cerré mi ordenador, saqué el dinero y lo dejé sobre la mesa. Me levanté de mi sitio y, sin mirar atrás salí de la cafetería.
En la calle llovía y el viento azotaba con fuerza en los cristales de todos los locales. Respiré profundamente y me eché a caminar. Cuando llegué al final de la cristalera de la cafetería, eche una mirada al interior de la cafetería. Desde su sitio, me miraba con sus ojos azules, interrogante. Le sonreí y él hizo un amago de levantarse, pero negué con la cabeza.
Ya se había acabado. Ya no volverían los miércoles a las doce, ni el verano del 2009, ni los ojos azules... Le dije adiós con la mano y seguí caminando, sin mirar atrás, para olvidar, por fin, aquello que ya nunca volvería a ser.

martes

Abrí los ojos lentamente. Una luz blanca me cegó. Parpadeé un par de veces hasta que, por fin, me acostumbré. Estaba acostada en una cama que no conocía, en una habitación que tampoco conocía y a mi lado, sentado en una silla estaba él. Dormía profundamente. Sus brazos estaban sobre la cama, y su cabeza apoyada en ellos. Alargué mi mano para acariciarle el pelo. Se revolvió en sueños, pero no se despertó. Deslicé mi mano hasta apoyarla sobre su mejilla: tenía la piel muy fría. Le miré enternecida. ¿Cuánto tiempo debía de llevar a su lado?
Con cuidado le cogí la muñeca izquierda, en la que llevaba un reloj, y miré la fecha: lunes. Habíamos tenido el accidente el domingo por la mañana. Suspiré y me acomodé en la cama, sin soltar su mano.
Habíamos quedado para vernos, después de diez meses sin tener noticias el uno del otro. Cuando le vi al otro lado de la calle, no pensé en nada. Sólo pensé en él, en sus ojos azules, en su sonrisa, en sus rizos de color trigo, en su perfume… Crucé la calle, sin mirar si venía algún coche. Y lo único que recuerdo es el sonido de un claxon, sus ojos azules atemorizados y un fuerte golpe.
Examiné mi cuerpo, pero sólo encontré un par de moratones en las piernas y un corte en el brazo. ¡Qué suerte había tenido!.
De repente, alguien agarró mi mano. Giré la cabeza y le vi. Había despertado. Me miraba fijamente, con sus ojos azules empañados en lágrimas. No tuve tiempo de reaccionar; se tiró sobre mí y me besó. Nunca me había sentido así, tan viva, tan contenta, con tantas ganas de vivir. Eran aquellos besos suyos, no había duda.
Cuando nos separamos, él seguía llorando. Le miré fijamente. Tenía la cara muy pálida, blanca como el papel, unas ojeras muy marcadas y una expresión de dolor que me asustó. Me incorporé y le abracé. Él hundió su cabeza en mi pecho y comenzó a sollozar.
- Ey, estoy bien, ¿ves? No ha pasado nada, todo va a salir bien, estamos juntos, por fin –le dije cariñosamente.
Pero él no paraba de llorar. Y cada vez con más ganas, con más angustia, con más dolor. Le cogí el rostro con ambas manos y le obligué a mirarme. Pero de pronto, noté como si, entre mis manos, no hubiera nada más que aire, sólo era una sensación, sentía su piel en mis palmas, pero no lo podía tocar.
Sus ojos azules me miraron.
Lo siento, lo siento mucho… Lo hice para salvarte. Te vi allí, en medio de la carretera, ese camión enorme yendo hacia ti… Sólo quería protegerte y sin embargo… -su voz se quebró.
Y, de repente, lo entendí todo. Yo estaba sana y salva. Y lo estaba porque él había arriesgado su vida para salvar la mía.
Sentí como mi corazón se rompía en mil pedazos, e intenté retenerle a mi lado. Pero su imagen se iba difuminando cada vez más.
- Te quiero mucho –su voz sonó lejana, casi como el sonido del viento-. Adiós.
Y entonces, se fue. Ya no estaba a mi lado. Su imagen desapareció y sólo sentí en mis manos el rastro de su tacto, de su piel, de aquel perfume. Y cerré los ojos, y vi sus ojos azules mirándome. Y, entonces, me dormí para siempre, con aquella mirada del color del cielo a mi lado.

viernes

Te has ido. Al final, lo has hecho. Ni un mensaje, ni un “bueno, ya nos veremos”. Nada. Te has marchado, 500 km lejos de mí, y ahora sé que esto nunca debió empezar. Ahora sé que no ha valido la pena arriesgar por ti, que no ha servido de nada intentar mantenerme visible ante ti. Para ti, yo no he significado nada. ¿Y sabes qué es lo peor de todo?. Que duele, duele muchísimo. Al enterarme ni siquiera he reaccionado. Me he quedado parada, y de repente lo he entendido y todo se ha roto en mil pedazos. Pero ésta ha sido la última vez que lloro por ti, porque de ahora en adelante, tú no eres nadie para mí. Adiós, hasta nunca.



“Gracias por curarme de mi ridícula obsesión por el amor.”

lunes

Un año. Ya ha pasadoun año. Es increíble, ¿verdad?. Ha pasado un año desde el día en el que te conocí. Y te prometo que recuerdo ese día como si lo estuviese viviendo ahora mismo. Era por la mañana, y estábamos en la playa, haciendo las pruebas, de repente tú mencionaste lo fácil que parecía y comenzamos a hablar. Y te juro que, cuando, por primera vez, puse mi mirada en tus ojos azules, supe que ya nunca podría borrarlos de mi corazón. Puede que suene cursi, romántica o infantil, y seguramente esos sean los tres adjetivos que mejor me definan, pero es así, y no puedo evitarlo.
Durante todo este año he pensado en ti, he llorado por ti, me he reído contigo, he escrito sobre ti, me he acordado de ti, he soñado contigo... Y ha sido un tiempo que he perdido. Aún no soy tan valiente como para mirarte a esos ojos azules y decirte lo que te dije en Navidad, en un mensaje, simples palabras que no tuvieron valor alguno para ti. No he sido capaz de ponerme frente a ti y decirte que estoy enamorada de ti, que te quiero y que quiero pasar contigo el resto de mi vida. Suena antiguo y estúpido, lo sé, pero nunca me he considerado una persona moderna, que no cree en el amor y que prefiero coquetear con un tipo cada día. Para mí, el amor existe, y sé que todos tenemos una media naranja esperándonos en algún sitio.
Durante este año, durante estos 365 días he creído que tú eras esa persona especial, mi media naranja, pero hoy, un año después, me he dado cuenta de que no vale la pena seguir pensando en ti. Simplemente por que alguien que te ignora durante nueve meses no puede ser mi alma gemela, estoy segura.
Ojalá nunca te hubiera conocido, ojalá. No habría desperdiciado todo este tiempo pensando en que un año después, tus ojos azules brillarían por mí. Nunca más volveré a pensar en ti, ya no.
Adiós.


viernes

Yo elegí quererte y todas las consecuencias que eso conlleva, elegí que tu fueses la persona que llenase mis días de sonrisas, elegí que tu olor era el que mejor le venía a mis sabanas, yo elegí que me comieras a besos, elegí también tu voz al otro lado del teléfono. Elegí llorar por ti de vez en cuando, elegí creerme tus verdades y creerme a medias tus mentiras. Elegí que no quería otros abrazos, que no quería otras manos agarradas a las mías, que no quería ver por la mañana otra cara que no fuese la tuya. Elegí nuestro mes del año y nuestro día del mes. Elegí que tú fueras mi locura y mi cordura, elegí llenar el silencio de la noche de nuestra risa. Elegí las idas y venidas, las despedidas. Elegí la impotencia, la incertidumbre. Elegí el miedo a fallar y los impulsos, elegí las miradas, elegí temblar, elegí hacerme adicta a sus palabras, al corte de tu voz. Elegí conservar intacto cada momento, y dejar huella de lo que algún día fue. Elegí que mi mayor hobby era verte dormir entre sabanas blancas, elegí no callarme nada, elegí darte todo, elegí hablar de nosotros cuando hablaba de ti, elegí ser fuerte y luchar por un solo motivo. Elegí darte todas mis oportunidades, elegí quedarme con tus manías, tus defectos y tus carencias. Elegí la pasión a gran escala, elegí estremecerme solo y únicamente con tus caricias, elegí no ponernos límite. Elegí el sabor agridulce de las discusiones que acababan en abrazo, elegí derrumbarme cuando ya no aguantaba más, elegí encontrarte en lugares donde nunca estarías, elegí seguir queriéndote aún enfadados. Elegí arriesgar y jugármela por ti. Y no me arrepiento de nada.

martes

Él. Ojos azules. Jadeos. Besos. Sonrisas. Manos que suben. Pantalones desabrochados. Y sólo ellos dos, sólos, nadie más.
Por fin, después de un año, ha conseguido lo que más ansiaba: tenerlo para ella sola. Él la besa, una y otra vez, con ganas, con pasión, con necesidad. Ella se abandona, se deja amar, se entrega a él. Nunca había sido tan feliz.
La noche se va haciendo más y más profunda, hasta que finalmente, él se duerme. La luz de la luna ilumina tenuemente la habitación. Ella se incorpora y lo observa. ¡Qué feliz es!. Y cuanto lo quiere, más que a nadie. Sonríe y se acurruca a su lado, abrazándolo con fuerza, sintiendo su presencia hasta que se duerme.
Comienza a amanecer; el sol filtra sus rayos por la ventana, dotando a la habitación de luz natural. Ella entreabre los ojos y mira a su lado. Pero no hay nadie. Se incorpora rápidamente y palpa la cama. “¿Dónde está?¿dónde se ha metido?”.
Se levanta de la cama y comienza a vestirse cuando él entra en la habitación. Vestido con unos vaqueros cortos, sin camiseta, sus rizos castaños despeinados y con un brick de leche en la mano. La mira fijamente, con sus ojos azules. Y ella siente que se muere de amor, y se levanta, dispuesta a besarle con todas las ganas y la pasión posible.
Pero él se aparta. Un paso hacia atrás. Una mirada interrogante.
-¿Qué haces?
-Darte los buenos días… -murmura ella.
-Ya, pues no quiero tus buenos días. Y vístete anda, que tengo que ir a clase-responde él saliendo por la puerta.
Y allí se queda ella, sola, destrozada, las lágrimas asomando en sus ojos, la cara descompuesta. Pero no va a quedar así. Le sigue hasta la cocina.
-Pero, ¿tú de qué vas? Me llamas ayer, me dices que me necesitas, que tienes que verme, que me echas de menos… Y yo vengo, y tú… tú me besas y me abrazas, y otra vez me repites que necesitas que esté contigo, y… lo de anoche… -nota como las lágrimas quieren escapar de sus ojos.
Él la mira fríamente. Sus ojos azules clavados en ella.
-Lo de anoche fue sólo un polvo. No hay nada más. Tú no significas nada para mí. Simplemente tenía ganas de acostarme con alguien, y sabía que tú acudirías corriendo.
Y ella le cree, le cree por que le mira a los ojos, y ve que allí no hay rastro de aquel supuesto amor que anoche había, sólo ve indiferencia. Y no puede aguantarlo, y rompe a llorar. Le grita, le insulta, le golpea… Cae al suelo, débil, siente un fuerte dolor en el pecho. No puede soportarlo. Todo lo que había ocurrido anoche para ella había sido algo mágico. Pero estaba equivocada. Había sido todo una mentira. Había creído ser alguien importante para él. Pero sólo era una más, una estúpida chica dentro de su gran colección de mentiras.
Era guapo, guapísimo. Tenía el pelo de un rubio oscuro que el sol teñía de dorado, sus ojos eran grandes y azules, y su sonrisa... Pasamos un rato charlando, y ese rato se convirtió en días, y esos días en semanas. Y al cabo de dos semanas, nos despedimos, y nunca pude decirle, nunca fui capaz de mirarle a aquellos ojos azules y decirle que me moría de ganas de besarle, de abrazarle, me moría de ganas de perderme en aquellos ojos azules y no volver nunca más, decirle que le quería más que a nadie en este mundo, que iba a estar allí siempre, que nunca me iba a olvidar de él, que se había colado en mi corazón como nunca lo había hecho nadie, quería decirle que cada vez que él sonreía y sus ojos azules brillaban notaba unas mariposillas revoloteando en mi estómago, decirle que cada vez que me abrazaba deseaba no separarme de él nunca, y quedarnos los dos juntos para siempre. Fueron tantas las cosas que nunca le dije a aquellos ojos azules que he olvidado que nunca estaremos juntos.

viernes

-¿Te quedarías conmigo?
- ¿Quedarme contigo? ¿Para qué? Míranos, ya estamos peleando.
- Pues eso es lo que hacemos. Peleamos. Tú me dices cuando soy un hijo de puta arrogante y yo te digo cuando eres una pesada insoportable. Lo cual eres 99% del tiempo. No me importa insultarte. Me lo devuelves al instante, y regresas a hacer la misma cagada.
- Entonces, ¿qué?
- Así que no será fácil, será difícil. Y tendremos que echarle ganas cada día, pero quiero hacerlo, porque te quiero. Quiero todo de ti, para siempre, tú y yo, cada día. ¿Harás algo por mí? ¿Por favor? Imagina tu vida dentro de 30 o 40 años . Si es ese tipo, pues, vete. Vete. Te perdí una vez, creo que lo podría hacer de nuevo si supiera que es lo que realmente quieres. Pero no tomes el camino más fácil.