"Para ti, que llegaste de repente y cambiaste el argumento de esta historia y el de mi vida."
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martes

Por primera vez en mi vida me encontraba en esa situación. Y no sabía qué hacer. Era algo nuevo para mí. Ahora era yo la que podía acabar con todo, la que podía hacerle daño, la que podía irle rompiendo el corazón en miles de pedacitos sin ninguna pena. Pero no estaba segura de si aquello era lo que quería. Quizás porque ni yo misma estaba segura de lo que sentía.

Miré el reloj: las cinco y cuarto. Habíamos quedado a las cuatro, y yo no me había atrevido a entrar en la cafetería. Pero él seguía allí, sentado en una mesa junto a la ventana, con su vaso lleno y mirando el reloj a cada minuto. Ni una llamada, ni un mensaje. De vez en cuando miraba por la ventana, miraba su teléfono…

Sabía que me estaba portando mal. Sabía que le estaba haciendo daño. Pero de alguna manera quería que pagase todo el daño que el me había hecho a mí. Pero yo no soy tan fuerte como él. Cogí el móvil y marqué su número. Vi como cogía el teléfono y se quedaba mirando a la pantalla. “No contestes, no contestes, no contestes…"

- ¿Dónde estás? –noté la ansiedad en su voz.

- Oye, perdona pero me he retrasado y no voy a poder ir, ¿que te parece si lo dejamos para cuando vuelvas?

Vi desde el otro lado de la calle como se levantaba y miraba al exterior. Y supe que me miraba a mí.

- No me hagas esto, por favor. No quieres hacerlo, no puedes hacerlo.

Tragué saliva y miré hacia la cafetería. Y por más que luchase, que me resistiese, que negase aquello, no pude evitar que mi corazón volviese a dar un vuelco al sentir aquella angustia en su voz.

- Lo siento, pero no quiero que vuelva a pasar, te perdí una vez, y no creo que fuera capaz de soportar perderte una segunda…

- No me vas a perder. Te lo juro.

Las lágrimas invadieron mis ojos y me di la vuelta, evitando que él me viera. Le oí respirar con angustia al otro lado del auricular.

- Escúchame, aunque sólo sea para que pueda decirte lo que quiero, ¿vale? Escúchame una vez y te prometo que desapareceré para siempre.

No fui capaz de contestar, y me quede en silencio, mientras dos lágrimas rodaban por mis mejillas.

- Estoy acabado, ya no sé que hacer, he intentado por todos los medios no sentir lo que siento, porque sé como va a acabar, porque sé que la jodí, la jodí y mucho, y porque sé que no me merezco a alguien como tú. Pero quiero que sepas, que te quiero. Y que aunque te duela decirlo tú también me quieres. Por más que te hagas la dura, e intentes fingir que lo que ha pasado no ha significado nada, sabes que me quieres, y que eso que algún día sentiste por mí sigue en alguna parte de tu corazón. Pero también quiero que sepas que no me importa, y que esperaré, esperaré a que estés preparada para afrontar tus sentimientos, como ya lo estuviste una vez, y cuando seas capaz, yo estaré aquí, porque te quiero, y porque estoy harto de que me duela.

Finalizó la llamada, pero no pude despegar el auricular de mi oído. Me quede quieta, en el mismo sitio, llorando, sintiendo como la muralla que había construido en torno a mi corazón se derrumbaba. Cuando noté unos brazos agarrandome por la cintura, no me hizo falta darme la vuelta.

- Estaré aquí mismo, siempre, a cualquier hora, cualquier día, pase lo que pase. No me voy a ir nunca más.

sábado

De las 1001 maneras que tenías para romperme el corazón elegiste la peor. Elegiste el momento perfecto, cuando estaba más vulnerable que nunca. Y lo hiciste bien. Primero me llenaste de sonrisas, de abrazos, de secretos, de caricias. Luego mentiste, mucho, jurando que me querías y que yo era la única en tu vida. Luego vino lo peor: yo te creí. Te creí y te juré que era tuya, que no existía hueco para nadie más en mi corazón, que tus besos eran los más bonitos del mundo, que tu voz era mi sonido favorito y que aquellos ojos me miraban sólo a mí. Y entonces decidiste romperme el corazón. Me dijiste que ya no significaba nada, que nunca habías sentido nada, que todo había sido una tontería, una aventura, algo pasajero, que todos los besos, las caricias, las miradas, las palabras, eran producto de mi imaginación. Y desapareciste. Y me dejaste sola, con el corazón roto en 1001 pedazos, porque lo hiciste de la peor forma que pudiste: me dejaste cuando en mi corazón era tu nombre el que estaba escrito.

Estábamos los dos juntos, en una habitación, tumbados el uno al lado del otro, abrazados. Yo escondía mi cabeza en su pecho y el me acariciaba el pelo. Debíamos llevar así horas. Pero, ¿qué importaba? Cuando estaba con él los días se convertían en segundos. No hablábamos, sólo nos mirábamos, nos acariciábamos, nos besábamos… Las sensaciones más maravillosas del mundo. Y el me susurraba al oído, con esa voz tan dulce que tenía. Y yo me sonrojaba, y me reía, y volvía a besarle, azorada pero feliz, más feliz de lo que nunca había sido. Rogaba para que aquel momento no terminase nunca, para que pudiésemos quedarnos así toda la vida, que ojalá siempre me quisiese tanto como yo a él, que no se apartara de mí, que me ayudara como mi mejor amigo, y me protegiera. Y cuando me miró a los ojos, esbozó esa sonrisa, y me besó, cerré los ojos, dejándome llevar, queriéndole más que nunca, agarrando fuertemente su mano, y deseando que todo aquello fuera real.

Cuando me desperté supe que nada de lo que había soñado era real. Todo un sueño, un sueño maravilloso y fantástico, una fantasía, la mía, que nunca se haría realidad.

martes

Aquella vez, sus manos, su voz, todo él temblaba. Estaba helado, completamente pálido. Aterrorizado. Sin embargo, no huyó de mí... Se agarró a mí. Él sabía que si me soltaba la mano, que tal vez nunca volvería a acercarme a él. No se llevó todo mi dolor, tampoco logró cerrar las brechas de mis heridas. Pero eso no era lo importante. Lo más importante en ese momento es que se quedó a mi lado. Alegrándose por cosas insignificantes, disfrutándolas tanto, sonriendo con esa expresión de felicidad. ¿Por qué? Debería pensar más en sí mismo. ¿Por qué es así?¿No se da cuenta de que así está en desventaja? Parece tonto, no tiene ninguna habilidad. Pero no vale la pena pensar en cosas así. Estoy segura de que él nunca se preocupó por eso. Todo el mundo cree que es un idiota. Cierro los ojos... ¿qué es lo que veo?

Te quiero, te quiero tanto. Así, tal como eres.

¿Cuando empezó? Cada vez que tú lo pronunciabas sentía que mi nombre sonaba de manera distinta. Si algo te hacía reir, no me importaba repetirlo hasta la saciedad. ¿Desde cuándo he estado pensando en esas estupideces? ¿Cuando empecé a quererte tantísimo?

sábado

Era de noche ya y hacía frío, mucho frío. Ese frío de invierno, que te congela hasta la punta de los dedos, que te hace temblar y desear beberte una taza de chocolate caliente. Pero no temblaba por eso. Sentada en aquel banco, mientras las hojas de los árboles querían decirme algo pensaba en él. Y en todo lo que había pasado. O en lo que no había pasado. En lo que nunca pasaría. Definitivamente pensaba en él. Y cada vez que lo hacía, ese frío invernal se metía dentro de mí y me hace estremecerme, ponía mis pelos de punta y hacía que tuviera más ganas de encerrarme en mi habitación y no volver a salir nunca. Pero estaba allí, a miles de quilómetros de mi casa, frente a su casa, perdida en la gran ciudad, con poco dinero en el bolsillo y demasiadas esperanzas en el corazón. Aquello había sido una locura. Una de tantas ,claro, pero no me iba a echar atrás, no ahora. Busqué su nombre en la agenda del móvil y llamé. Vi como se encendía una luz en la casa. Mi corazón dio un vuelco.

- ¿Diga?

Contestó al teléfono como lo recordaba. Tan natural, tan espontáneo, con aquella simpatía natural y con aquella voz tan dulce. Me quedé callada al otro lado, sin saber qué decir.

- ¿Hola? ¿Hay alguien?

No sabía qué decir, qué hacer. Cómo reaccionaría él, cómo lo haría yo…

- Si esto es una broma no tiene ninguna gracia, así que voy a colgar…

- ¡No cuelgues!

Reaccioné sin pensar. Y ya no había vuelta atrás.

- ¿Quién es? –noté la inquietud en su voz.

- Soy yo. –esperaba que reconociese mi voz.

Se hizo el silencio al otro lado del auricular. Oí el jadeo de un risa y entonces noté como volvía al teléfono.

- Perdona, es que no escuchaba nada y me he enfadado un poco. ¿Cómo es que me llamas por teléfono? Habría sido mejor hablar por chat.

- No puedo usar el chat. No estoy en casa. Y necesitaba decirte algo muy importante.

- ¡Eh, no me digas que al final vas a venir! ¡Será genial, quiero enseñarte toda la ciudad!

- Ya estoy aquí.

Mi voz sonó asustada, pero segura. En el momento en que lo dije quise volver a atrás, pero sabía que ya era imposible. Tenía que decírselo. Era ahora o nunca.

- ¿Quieres decir aquí en la ciudad? ¡Cómo no me lo habías dicho! ¿Hace mucho que llegaste? ¡Oh, estoy deseando verte!

- Mira por la ventana.

- ¿Qué mire por la ventana? ¿Qué quieres decir…?

Su frase quedó inconclusa cuando me vio en la calle. Su cara de sorpresa no era mayor que la mía de asustada.

- Por favor, no cuelgues, y no salgas, sólo quiero decirte algo y me iré.

Vi su expresión de sorpresa se iba haciendo mayor pero aún así asintió y no dijo nada.

- Cuando nos despedimos en verano y volvimos a nuestras casas, noté como si me faltase algo. Me sentía extraña no levantándome todos los días y desayunar contigo, o no acostarme sin que antes me dieras las buenas noches. Han sido tres meses muy raros. Pero sobre todo ha sido así porque no te dije algo muy importante y es algo que no se puede quedar dentro de mí, porque me está destrozando día a día.
> Desde el primer día que te conocí me pareciste alguien increíble. No sólo porque seas divertido o inteligente, sino por tu manera de ver el mundo, de entenderlo. Nunca había conocido a alguien como tú y eso me atrajo de una manera que no puedo explicar. Y en esas semanas que vivimos juntos me fui acostumbrando a ti. A ver tu sonrisa a todas horas, a escuchar tu risa, a tus abrazos, a escuchar canciones juntos… Fue lo mejor de ese viaje, te lo juro, y doy gracias al día que decidí hacerlo. Pero no es por esto por lo que he soportado dos horas de viaje y miles de quilómetros. Es porque quería decirte que, si me he sentido así durante estos meses, ha sido porque tú no has estado a mi lado, porque he echado de menos cada día tu sonrisa, tu perfume, tus ojos, tu pelo. He echado de menos escuchar tu voz, que parece que se ha convertido en mi sonido favorito. Te echado tanto de menos que ahora que te lo he dicho no sé qué hacer o cómo mirarte a la cara, no sé si quedarme aquí o dar media vuelta y echar a correr. No sé si vas a reirte de mí o a llamarte loca. No sé si querrás seguir hablándome o no. Sólo sé que te quiero, y que te he querido durante estos tres meses y que he deseado cada día que tú también me quisieras.

Me quedé sin aliento y noté como se me formaba un nudo en la garganta. No era capaz de mirarle. No quería ver la burla en su cara, la sensación de haber hecho el rídiculo. Colgué el teléfono y di media vuelta. De repente noté como sobre mí empezaba a llover, y pensé en la ironía del momento, de cómo el cielo lloraba en mi lugar. Entonces note una mano agarrándome, haciéndome dar la vuelta y le vi delante de mi, tan guapo como lo recordaba, empapado por la lluvia y mirándome con aquellos ojos que tanto había echado de menos. Y de repente me besó, después de tres meses de noches en vela, de lágrimas y de dolor, me besó y me sentí la persona más feliz del mundo.

Y siguió lloviendo toda la noche, pero, si en aquel momento, el cielo lloraba, no eran lágrimas de tristeza, sino de alegría.

jueves

Podríamos empezar por mirarnos a los ojos durante horas, te juro que me encanta perderme en ellos y no encontrar el camino de vuelta. O si lo prefieres podría dibujar en mi mente una y mil veces tu cara, que me la conozco de memoria. Aunque, para serte sincera, preferiría cogerte la mano y no soltarla nunca, para así poder sentir el contacto de tu piel y saber que va a estar siempre ahí.


miércoles

Había ensayado aquella situación millones de veces en mi cabeza. Y en todas yo salía ganando. Pero después de dos años, había olvidado lo débil que me volvía cuando él me miraba con esos ojos azules. Estaba más alto, incluso parecía ya un adulto, se había cortado el pelo, de forma que ya no le caía en bucles a ambos lados de la cara, estaba moreno, y sonreía. Pero había algo que no había cambiado: sus ojos. Eran tal y como los recordaba. Azules y pequeños, con forma de avellana, con sus largas pestañas y brillando de aquella forma tan especial. Y allí estaba yo, de la manera que nunca hubiera deseado que me viera: sola, con chándal, gafas y un moño mal hecho. Cuando le vi torcer la esquina, mi corazón se olvidó de latir durante unos segundos. Unos segundos en los que ambos nos miramos, entre sorprendidos y contentos, unos segundos en los que, todos aquellos recuerdos empezaron a volver a mi cabeza en tropel, a toda prisa, queriendo recordarme que seguían escondidos en algún lugar de mi corazón. Y cuando estuvimos el uno frente al otro, nada de aquello importó. No dijimos nada, y él siguió caminando, rozando su brazo contra el mío, haciendo que cada fibra de mi cuerpo temblase, dejando que aquel perfume me embriagase, dejándome paralizada, sin saber qué hacer o decir. Pero siguió caminando, no paró, no dijo nada, ninguna palabra que pudiera hacernos pensar que volveríamos a mirarnos como en aquellas tardes de verano, ninguna señal que me hiciese pensar que en aquellos ojos azules aún había un brillo que era para mí. Y caminó, sin parar, dejándome allí, sola, con el corazón hecho pedazos, con las lágrimas cayendo de mis ojos y rodando por mis mejillas, y con aquel sentimiento aún latente. Y me maldije a mí misma por no haber aprendido a dejar de quererle.

Querida Nonna,

Llevaba tiempo pensando en cómo empezar esta carta, buscando alguna manera especial y distinta que la distinguiera de las demás. Pero no la he encontrado. Así que simplemente me limitaré a contarte todo lo que está pasando.

Hace ya dos semanas que te fuiste, catorce días, catorce noches en las que al cerrar los ojos no hacía más que acordarme de el último día que te vi sin saber que ya nunca más volverías a reñirme, a corregirme, a reirte conmigo… Y aún no me acostumbro. Y sé que era lo mejor, por que tú no merecías seguir sufriendo, no merecías llevar una vida basada en médicos y preocupaciones. Pero soy egoísta, y me gustaría tanto que siguieras con nosotros.

Por que, después de pasar estos 19 años juntas, aún no sé como decirte adiós. Y quizás es porque no quiero aceptar el hecho de que, cuando entre en tu casa, no estarás sentada en tu butaca, con tu mantón echado sobre los hombros esperando recibir un beso. Y me duele, me duele mucho, pensar en todo lo que ya no vas a ver, las cosas que te vas a perder, las Navidades que no vamos a compartir, los primeros pasos de Vera, los cincuenta de Edi… Has compartido toda mi vida, eras un motor dentro de ella, y ahora mi energía no es capaz de recuperarse.

Y quiero decirte gracias, gracias por todo. Gracias por toda la sabiduría que me has dado, que nunca nadie llegará a superar; gracias por todas tus historias, por compartir tus recuerdos conmigo, fueran tristes o alegres; gracias por haber sido una abuela distinta, porque eras discreta, y siempre me guardabas los secretos. Pero sobre todo, gracias por lo que me has enseñado, gracias porque, gracias a ti, he aprendido algo que nunca olvidaré, y es las ganas de luchar. Tú has luchado toda tu vida contra todo, sabiendo que si lo hacías, conseguirías lo que querías. Y eso es lo más valioso que yo me llevo de ti, Nonna.

Así que, ahora, estés donde estés, allí arriba, espero que estés observándonos, y que te des cuenta el hueco que has dejado, y que nunca nadie sustituirá, y que nos cuides a todos, y que algún día, vengas, y te despidas, pero no con un “adiós”, sino con un “hasta luego”. Por que si dijera adiós, sería como borrar todos aquellos recuerdos que me has dado. Así que sólo cerraré los ojos y me acordaré de que compartiste algo conmigo, y que, aunque de una forma, no pueda, yo te estaré abrazando todas las noches, dándote un beso antes de irme a dormir, y, una vez más, agradeciéndote todo lo que has hecho por mi.

Te quiero muchísimo, y te echo mucho de menos,

Irene

domingo

Siempre había querido escribir una bonita historia de amor, una de esas que no tiene final, una de esas en la que los protagonistas se enamoran perdidamente el uno del otro, comparte los momentos más especiales que una pareja puede compartir. Una de esas historias en las que los sentimientos son los protagonistas y que, pase lo que pase, nunca acaban mal. Y ahora me doy cuenta de que esa historia que siempre he querido escribir, es aquella que yo deseaba vivir. Es la historia que yo quería haber vivido con esos ojos azules.

Quería perderme en tu mirada para siempre, y no volver atrás nunca. Quería mirar tu cara cada mañana, despertarme y verla a mi lado, en paz, durmiendo, tranquilo, con la única preocupación de si yo estaría a tu lado cuando abrieras los ojos. Quería cogerte de la mano y que me prometieras que nunca me soltarías. Quería tenerte conmigo, siempre, a mi lado, y no separarnos nunca. Quería que todas aquellas palabras bonitas fueran para mí, y que ninguna fuera un reproche. Quería que tú me quisieras como yo te quise.

Y ahora me he dado cuenta de nunca va a existir una historia de amor, nunca voy a volver a ver esos ojos azules otra vez, nunca voy a volver a fantasear con que algún día llamarás a mi puerta y me dirás que por fin te has dado cuenta de que me quieres, nunca voy a volver a soñar que mi mano y la tuya se juntarían para siempre. Y es por que las historias de amor no tienen un final, son infinitas, eternas, siempre se recuerdan, de una manera u otra. Pero nuestra historia hace tiempo que tiempo que tuvo un final, y por eso sé que se ha acabado.

sábado

Los primeros rayos de sol me despertaron. Abrí los ojos lentamente y parpadeé al tiempo que recordaba que hacía allí. Miré a mi derecha y allí estaba él. Su pecho desnudo se tornó de un color tostado con la luz del sol, sus bucles parecían más dorados que nunca; su expresión era tranquila, en paz, y en sus labios se dibujaba una pequeña sonrisa. Me acurruqué a su lado y cerré los ojos, aspirando su olor, intentando recordarlo. Él se revolvió en sueños y comenzó a despertarse. Yo cerré los ojos, por miedo a que él hiciera como si aquella noche no hubiera existido. Pero no fue así. Acercó su rostro al mío y me besó. Tan dulce como siempre. Permanecí con los ojos cerrados mientras el acariciaba mi torso desnudo. El contacto con su mano aceleró mi pulso.


- No te puedes imaginar el tiempo que llevaba esperando este momento - dijo al tiempo que se acurrucaba a mi lado y me arropaba con sus brazos.

> Ahora que estás dormida, ahora que no puedes escucharme... quiero decirte que te quiero. Te quiero de verdad. Como nunca he querido y querré a nadie. Pensar que no puedo estar contigo me duele, y la simple idea de perderte hace que yo pierda la cabeza. Cuando me dijiste que estabas enamorada de mí, me asusté. Me asusté de lo que sentí en aquel momento, de las ganas de abrazarte, de besarte, de las ganas que tenía de quedarme a tu lado para siempre. Fue demasiado para mí. Pero he sido tan cobarde que durante estos dos años no he tenido la valentía de levantar el teléfono y llamarte, y decirte que no importan los kilómetros, que no importa nadie ni nada, ni las diferencias, ni las similitudes, que lo único que en esta vida me importa eres tú. Y siento tanto haberte hecho tanto daño... lo siento mucho....


Su voz se quebró y pude notar como las lágrimas secaban de sus ojos. Me besó en la frente y se quedó allí quieto, llorando en silencio, abrazado a mí. Poco a poco me fui acercando a su oído y, en voz muy baja le susurré.


- Ahora estás aquí y es lo único que importa.

jueves

Quería decirte que me encanta que, al levantarte, tu pelo esté totalmente alborotado, cómo la melena de un león; que me encanta cómo te estiras en la cama y das vueltas sobre las sábanas; que me encantan las manchas de café en tu camiseta y ese sabor a mantequilla de tu boca. Y me encantan tus ojos, mirándome, azules como siempre, desde primera hora de la mañana, dándome los buenos, días, más brillantes y despiertos, y luego más oscuros y cansados, cuando llega la hora de cerrarlos.

Y quería decirte que me encanta apoyar la cabeza en tu pecho, y oír como los latidos de tu corazón se aceleran, y cómo te sonrojas, y me miras, y te ríes. Y cuando me besas en la cabeza, protector y cariñoso... ahí es cuando más me gusta quererte.

domingo

Más rápido, más lento. Con calma, con fuerza. Arriba, abajo. No pares. Un beso, y otro, y y otro; infinitos. Una mirada. Una sonrisa. Y un abrazo. Manos que se cogen. Dos corazones latiendo enamorados.


Cuando la miró a los ojos supo que algo no iba bien.
- Dime, ¿qué te pasa?
Ella le miró y en sus ojos el pudo ver reflejado todo su miedo.
- ¿De qué tienes miedo? - le preguntó.
Ella se dio la vuelta pero él la abrazo y le beso la mejilla.
- Sabes que puedes contármelo...
Cuando ella se dio la vuelta, escondió la cabeza en su pecho. Él sonrió.
- ¿Quieres saber cuál es mi problema? -susurró ella.
- Por favor.
Tomó aire y le miro a los ojos.
- Que estoy asustada, que tengo miedo; siempre lo he tenido. Miedo a que me pase algo, miedo a perder a las personas a las que quiero, miedo a tropezar y hacerme daño, miedo a decepcionar a alguien, miedo a no ser fuerte, miedo a enamorarme, miedo a llorar, miedo a reír, miedo a equivocarme, miedo a no elegir bien, miedo a que un día el mundo se acabe y no haya hecho todo lo que tenía que hacer.
- Y ahora, ¿a qué tienes miedo?
- Tengo miedo a que nunca me quieras cómo yo te quiero, miedo a que te vayas y nunca te vuelva a ver, miedo a decirte esto y tú me tomes por una niña, miedo a que me rechaces, miedo a mirarte a los ojos, miedo a que me sueltes la mano y todo se esfume...
- No te preocupes; yo nunca te soltaré la mano.

viernes

Claudia, un ángel

Hoy, ha sido la primera vez en mis dieciocho años de vida que voy a un funeral. Y, ojalá no hubiera tenido que ir. Ha muerto un ángel, una sonrisa en mi vida, una lucecita pequeña, pero que brillaba con fuerza cada día, que nos hacía sonreír a todos, nos lleno de ilusiones, de amor y de felicidad. Se ha ido mi niña pequeña, con sólo un año y medio, con toda la vida por delante.

Y hoy, más que nunca en mi vida me pregunto, si Dios existe, ¿por qué hace esto? Llevarse a un bebé, una persona que no le había hecho mal a nadie, un soplo de felicidad para todo aquel que la viese sonreír.

Supongo que es fácil responder "Se la ha llevado a un sitio mejor"... Pero en mi cabeza no encuentro un lugar mejor que con su familia.

Hoy por primera vez en mi vida, he oído como mi corazón se ha roto en mil pedazos, he llorado hasta que mis ojos no han dado más de sí, y en mi cabeza, he recordado una y otra vez, todas las sonrisas que mi ángel me dedicó los seis meses que pasamos junto a ella.

Sólo quería despedirme de ella, decirle que la quiero muchísimo, y que este vacío que ha dejado en mi corazón nunca nadie podrá recomponerlo.

Gracias por todo, bolita, gracias por la magia que trajiste a mi vida.




Vas a estar siempre en mi corazón, Claudia

26111

martes

El frío de la noche se mezcló con las espirales de sensaciones que el alcohol me estaba provocando. Sentadas sobre un banco, charlábamos y nos reíamos de cosas sin sentido. De pronto, alguien me tapó los ojos. Toqué las manos del desconocido, intentando reconocerle. Y supe quien era. Retiré la venda de mis ojos y me giré. Y allí estaba, una vez más y como siempre: alto, esbelto, con una sonrisa de oreja a oreja, su pelo más corto y un poco más oscuro. Pero había algo que no había cambiado: sus ojos. Grandes y azules, brillantes y mirándome como aquellas tardes de verano.

Me levanté y di un paso atrás. Había olvidado lo mucho que le quería, lo mucho que me gustaba aquella sonrisa y aquellos ojos, lo mucho que había echado de menos estar cerca de él. Él, sin embargo, se acercó a mí y, sin dejar de sonreír, me abrazó.

- ¡Qué ganas tenía de verte! -dijo al tiempo que su mano me acariciaba el pelo.

Su voz sonaba efusiva, demasiado, y cuando me besó en la mejilla pude notar el olor a alcohol. Se separó un poco de mí, pero agarró mis manos, con fuerza. Yo no era capaz de mirarle a los ojos.

- ¡Ey! ¿Qué te pasa?¿Estás bien? O me vas a decir que no tenías ganas de verme...

Compuse una sonrisa forzada y solté sus manos. Pero él agarró mi cara y, de repente, me besó. Cerré los ojos, sorprendida, enamorada, ilusionada... Pero al darme cuenta de lo que me estaba pasando, me separé de él y eché a andar hacia el lado contrario.

- ¡Irene, oye, qué haces!

Aceleré el paso pero él, claramente más rápido me alcanzó.

- Oye, no te entiendo, dijiste que me querías, que estabas enamorada de mí, y ahora ¿te rajas?

Estaba temblando. No sabía que hacer, si ignorarle o explicárselo. Estaba entre la espada y la pared.

- Joder, ¿quieres por lo menos mirarme a la cara?

Me giré y, después de un año, le miré a los ojos.

- ¡Es que eres imbécil! Joder, has bebido, no sabes lo que haces y mañana cuando te despiertes ni siquiera recordarás haberme visto... No puedes pretender que después de lo que siento me dejé utilizar de esta manera. No quiero entrar en este juego, no quiero seguir sufriendo.

Le di la espalda y seguí caminando. Pero él me agarró la mano y me hizo mirarle.

- Escúchame: no te he besado porque esté borracho. Te he besado por que, joder, estaba deseando hacerlo, porque me moría de ganas de verte y no sabía qué hacer para decírtelo; llevo mucho tiempo esperando este momento, creeme.

- No digas eso. No es verdad. Estás diciendo esto porque únicamente necesitas una tía a la que tomarle el pelo, alguien que te consuele esta noche. Pero sabes, estoy harta. Y aunque me estoy muriendo de ganas de que vuelvas a besarme, aunque desearía con todo mi corazón que esto que me acabas de decir fuera verdad, no lo es. Y no puedes jugar conmigo, no es justo.

Se quedó callado, mirándome. Pude leer la vergüenza en sus ojos.

- Te juro que te quiero, Irene.

Se me empañaron los ojos.

- Me quieres esta noche, mañana te habrás olvidado de mi nombre.

sábado

- ¿Sabes? -me miró de soslayo, con esa mirada suya que tanto me gustaba-. En el fondo siempre lo he sabido, pero creo que me daba miedo admitirlo.

Alargó su mano y la apoyó sobre la mía. Le miré interrogante.

- ¿De qué hablas?

Sonrió. Como siempre, se me paró el corazón.

- ¿Recuerdas cuando las Navidades pasadas me dijiste lo que sentías por mí...? -dejó la pregunta en el aire.

Agaché la cabeza, sonrojándome. Claro que me acordaba, y era un recuerdo que me hacía muchísimo daño.

- En aquel momento pensé que no me importaba nada lo que tú sintieses, y así fue hasta que en verano, vi esas fotos que tenías con un tío... Quise pegarle una paliza.

Le miré, abriendo mucho los ojos.

- ¿Y eso por qué? Tú estabas con tu novia, ¿no? Y se supone que daba igual que yo estuviera enamorada de ti...

Se rió y sacudió la cabeza.

- Eso mismo pensé yo. Pero en aquel momento, me paré a pensar, en aquellas dos semanas que habíamos pasado juntos, todo lo que habíamos compartido... Y me di cuenta de que no quería perderte.

Se acercó a mí.

- Ahora lo sé, he tardado un año en darme cuenta, pero ahora sé que, pase lo que pase, quiero estar contigo. Y es por que te quiero.

Acercó su rostro al mío y, después de tanto tiempo, me besó. Y fue lo único que me importó, a pesar de que sabía que aquello era sólo un sueño y que, en cuanto nos separasemos, todo desaparecería, y nada de eso habría sido real.

- Feliz cumpleaños, con un par de meses de atraso -sonrió.

Y entonces, me desperté.

martes

Abrí los ojos lentamente. Una luz blanca me cegó. Parpadeé un par de veces hasta que, por fin, me acostumbré. Estaba acostada en una cama que no conocía, en una habitación que tampoco conocía y a mi lado, sentado en una silla estaba él. Dormía profundamente. Sus brazos estaban sobre la cama, y su cabeza apoyada en ellos. Alargué mi mano para acariciarle el pelo. Se revolvió en sueños, pero no se despertó. Deslicé mi mano hasta apoyarla sobre su mejilla: tenía la piel muy fría. Le miré enternecida. ¿Cuánto tiempo debía de llevar a su lado?
Con cuidado le cogí la muñeca izquierda, en la que llevaba un reloj, y miré la fecha: lunes. Habíamos tenido el accidente el domingo por la mañana. Suspiré y me acomodé en la cama, sin soltar su mano.
Habíamos quedado para vernos, después de diez meses sin tener noticias el uno del otro. Cuando le vi al otro lado de la calle, no pensé en nada. Sólo pensé en él, en sus ojos azules, en su sonrisa, en sus rizos de color trigo, en su perfume… Crucé la calle, sin mirar si venía algún coche. Y lo único que recuerdo es el sonido de un claxon, sus ojos azules atemorizados y un fuerte golpe.
Examiné mi cuerpo, pero sólo encontré un par de moratones en las piernas y un corte en el brazo. ¡Qué suerte había tenido!.
De repente, alguien agarró mi mano. Giré la cabeza y le vi. Había despertado. Me miraba fijamente, con sus ojos azules empañados en lágrimas. No tuve tiempo de reaccionar; se tiró sobre mí y me besó. Nunca me había sentido así, tan viva, tan contenta, con tantas ganas de vivir. Eran aquellos besos suyos, no había duda.
Cuando nos separamos, él seguía llorando. Le miré fijamente. Tenía la cara muy pálida, blanca como el papel, unas ojeras muy marcadas y una expresión de dolor que me asustó. Me incorporé y le abracé. Él hundió su cabeza en mi pecho y comenzó a sollozar.
- Ey, estoy bien, ¿ves? No ha pasado nada, todo va a salir bien, estamos juntos, por fin –le dije cariñosamente.
Pero él no paraba de llorar. Y cada vez con más ganas, con más angustia, con más dolor. Le cogí el rostro con ambas manos y le obligué a mirarme. Pero de pronto, noté como si, entre mis manos, no hubiera nada más que aire, sólo era una sensación, sentía su piel en mis palmas, pero no lo podía tocar.
Sus ojos azules me miraron.
Lo siento, lo siento mucho… Lo hice para salvarte. Te vi allí, en medio de la carretera, ese camión enorme yendo hacia ti… Sólo quería protegerte y sin embargo… -su voz se quebró.
Y, de repente, lo entendí todo. Yo estaba sana y salva. Y lo estaba porque él había arriesgado su vida para salvar la mía.
Sentí como mi corazón se rompía en mil pedazos, e intenté retenerle a mi lado. Pero su imagen se iba difuminando cada vez más.
- Te quiero mucho –su voz sonó lejana, casi como el sonido del viento-. Adiós.
Y entonces, se fue. Ya no estaba a mi lado. Su imagen desapareció y sólo sentí en mis manos el rastro de su tacto, de su piel, de aquel perfume. Y cerré los ojos, y vi sus ojos azules mirándome. Y, entonces, me dormí para siempre, con aquella mirada del color del cielo a mi lado.

miércoles

- Espera, ¿de verdad piensas lo que has dicho?
- Sí. Cuando tu tío me echó yo...
- ¡¿Qué?! ¿Que te echó? ¿No llegasteis a...?
- ¿Por qué te sonríes?
- ¡Porque no pasó nada!¡Todo esto es por nada!
- No, no es por nada, no lo hice, ¡pero lo habría hecho!
> Quiero lo que tienen Dorota y Vanya: amor de verdad. Amor puro y simple.
- Te aburrirías a los cinco minutos.
- Mejor aburrida que avergonzada de mi misma.
> Haría cualquier cosa por ti, pero ¿y si eso es malo?. Nunca pensé que fuera posible querer demasiado a alguien pero puede que sí. No me gusta en lo que me he convertido.
- Espera, Blair, no me dejes tirado, tenemos que llegar hasta el final.
- Éste es el final, Chuck.

jueves

¿Sabes qué es lo que quiero? Quiero alguien que esté a mi lado hasta cuando nadie sea capaz de estarlo, que me entienda incluso cuando yo no me entiendo, que por las mañanas, al levantarme, me diga lo guapa que estoy. Alguien con quien compartir la pasta de dientes, alguien que me mire, que se eche mucha colonia, que sea alegre y divertido, que sepa contar los días de la semana con los dedos de los pies y no con los de la mano; alguien que al acostarse me dé las buenas noches, alguien que cuente las estrellas por mí. Alguien que teclee muy rápido, que huela a lluvia y a quien le guste el chocolate tanto como a mí, que se ría cuando me ponga celosa, que me preste sus camisas, que use gafas de sol. Alguien a quien le gusten las películas de terror, alguien que me bese bajo la lluvia y me refugie bajo su paraguas, alguien que compre una botella de fanta para compartir, que me escriba cartas en color rojo, que use gorros, alguien que adore a los perros tanto como yo, que duerma en calzoncillos, que no se depile las piernas, que le guste leer. Alguien que en las noches de tormenta me abrace muy fuerte, alguien que escuche la música de los 70, alguien que se siente en el sofá con una manta, alguien que se lave 5 veces al día los dientes, alguien que me lea un cuento antes de irme a dormir, alguien que cuando me ponga histérica me grite, que juegue a la consola, que lleve una pulsera y que use boxers. Alguien que en los días que estoy fea me diga que estoy preciosa, alguien con quien viajar a Londres, alguien que me eche crema solar, que le gusten los polos de fresa. Alguien que llore conmigo, que me sonría, que me grite, que me cante, que me componga una canción, alguien que me provoque fiebre. Alguien que unte la tostada con mantequilla y mermelada, y luego me la deje morder, alguien que use sudaderas anchas, alguien a quien le guste el color verde, que fume, que le guste la historia, que sepa hablar italiano. Alguien que se quede dormido viendo los programas del corazón, alguien que compre el periódico todos los domingos, que le guste el vodka con limón, que esté guapísimo con esmoquin. Alguien que tenga miedo al fuego, que le guste el campo, que masque chicles de menta, alguien a quien le guste caminar por la playa, los niños pequeños y las pizzas. Alguien con quien compartir secretos, alguien que de vez en cuando me llame ‘’princesa’’, alguien que llore, que toque el piano, que tenga la voz grave y se le note la nuez. Alguien que beba el agua a morro de la botella, alguien que odie el pescado, que use calcetines de colores, que me mire a los ojos, que se bañe con mucha espuma, que le guste la fotografía. Alguien que tenga las manos bonitas, que me de besos de esquimal, alguien que cierre los ojos y siga viendo. Alguien que sea olvidadizo, torpe y no tenga vergüenza a cantar en público. Alguien a quien le gusten los besos en la oreja y que le susurren al oído, a quien le guste la filosofía y que entienda a Platón, alguien que sepa hacer tartas. Alguien que cada día me haga saber que me quiere.

lunes

Un año. Ya ha pasadoun año. Es increíble, ¿verdad?. Ha pasado un año desde el día en el que te conocí. Y te prometo que recuerdo ese día como si lo estuviese viviendo ahora mismo. Era por la mañana, y estábamos en la playa, haciendo las pruebas, de repente tú mencionaste lo fácil que parecía y comenzamos a hablar. Y te juro que, cuando, por primera vez, puse mi mirada en tus ojos azules, supe que ya nunca podría borrarlos de mi corazón. Puede que suene cursi, romántica o infantil, y seguramente esos sean los tres adjetivos que mejor me definan, pero es así, y no puedo evitarlo.
Durante todo este año he pensado en ti, he llorado por ti, me he reído contigo, he escrito sobre ti, me he acordado de ti, he soñado contigo... Y ha sido un tiempo que he perdido. Aún no soy tan valiente como para mirarte a esos ojos azules y decirte lo que te dije en Navidad, en un mensaje, simples palabras que no tuvieron valor alguno para ti. No he sido capaz de ponerme frente a ti y decirte que estoy enamorada de ti, que te quiero y que quiero pasar contigo el resto de mi vida. Suena antiguo y estúpido, lo sé, pero nunca me he considerado una persona moderna, que no cree en el amor y que prefiero coquetear con un tipo cada día. Para mí, el amor existe, y sé que todos tenemos una media naranja esperándonos en algún sitio.
Durante este año, durante estos 365 días he creído que tú eras esa persona especial, mi media naranja, pero hoy, un año después, me he dado cuenta de que no vale la pena seguir pensando en ti. Simplemente por que alguien que te ignora durante nueve meses no puede ser mi alma gemela, estoy segura.
Ojalá nunca te hubiera conocido, ojalá. No habría desperdiciado todo este tiempo pensando en que un año después, tus ojos azules brillarían por mí. Nunca más volveré a pensar en ti, ya no.
Adiós.


viernes

Yo elegí quererte y todas las consecuencias que eso conlleva, elegí que tu fueses la persona que llenase mis días de sonrisas, elegí que tu olor era el que mejor le venía a mis sabanas, yo elegí que me comieras a besos, elegí también tu voz al otro lado del teléfono. Elegí llorar por ti de vez en cuando, elegí creerme tus verdades y creerme a medias tus mentiras. Elegí que no quería otros abrazos, que no quería otras manos agarradas a las mías, que no quería ver por la mañana otra cara que no fuese la tuya. Elegí nuestro mes del año y nuestro día del mes. Elegí que tú fueras mi locura y mi cordura, elegí llenar el silencio de la noche de nuestra risa. Elegí las idas y venidas, las despedidas. Elegí la impotencia, la incertidumbre. Elegí el miedo a fallar y los impulsos, elegí las miradas, elegí temblar, elegí hacerme adicta a sus palabras, al corte de tu voz. Elegí conservar intacto cada momento, y dejar huella de lo que algún día fue. Elegí que mi mayor hobby era verte dormir entre sabanas blancas, elegí no callarme nada, elegí darte todo, elegí hablar de nosotros cuando hablaba de ti, elegí ser fuerte y luchar por un solo motivo. Elegí darte todas mis oportunidades, elegí quedarme con tus manías, tus defectos y tus carencias. Elegí la pasión a gran escala, elegí estremecerme solo y únicamente con tus caricias, elegí no ponernos límite. Elegí el sabor agridulce de las discusiones que acababan en abrazo, elegí derrumbarme cuando ya no aguantaba más, elegí encontrarte en lugares donde nunca estarías, elegí seguir queriéndote aún enfadados. Elegí arriesgar y jugármela por ti. Y no me arrepiento de nada.