"Para ti, que llegaste de repente y cambiaste el argumento de esta historia y el de mi vida."
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miércoles

De repente me han entrado ganas de llorar. Y no sé porqué. Me he puesto triste de repente, de repente me he sentido sola, como si no hubiera nadie a mi lado, como si nadie estuviera conmigo, como si me hubiera quedado sola. Y de repente he recordado los peores momentos de mi vida, toda la gente que he querido y que ya no está, a la que está y me ha decepcionado, y de él, me he acordado de él, de aquel puto momento en el que decidí echarlo todo a perder, en el que decidí decirle que le quería, aún sabiendo que yo no significaba nada para él. Y de repente sólo tengo ganas de meterme en mi cama y dormir, durante días y días, sin que nadie me moleste, sin que nadie me despierte. Y deseo que cuando mi despierte mi vida empiece de cero, sin pensamientos tristes, sin recuerdos feos, sin personas que se han ido. Lo único que, en estos momentos necesito, es alguien que me abrace y me diga que todo va a estar bien.

sábado

Era de noche ya y hacía frío, mucho frío. Ese frío de invierno, que te congela hasta la punta de los dedos, que te hace temblar y desear beberte una taza de chocolate caliente. Pero no temblaba por eso. Sentada en aquel banco, mientras las hojas de los árboles querían decirme algo pensaba en él. Y en todo lo que había pasado. O en lo que no había pasado. En lo que nunca pasaría. Definitivamente pensaba en él. Y cada vez que lo hacía, ese frío invernal se metía dentro de mí y me hace estremecerme, ponía mis pelos de punta y hacía que tuviera más ganas de encerrarme en mi habitación y no volver a salir nunca. Pero estaba allí, a miles de quilómetros de mi casa, frente a su casa, perdida en la gran ciudad, con poco dinero en el bolsillo y demasiadas esperanzas en el corazón. Aquello había sido una locura. Una de tantas ,claro, pero no me iba a echar atrás, no ahora. Busqué su nombre en la agenda del móvil y llamé. Vi como se encendía una luz en la casa. Mi corazón dio un vuelco.

- ¿Diga?

Contestó al teléfono como lo recordaba. Tan natural, tan espontáneo, con aquella simpatía natural y con aquella voz tan dulce. Me quedé callada al otro lado, sin saber qué decir.

- ¿Hola? ¿Hay alguien?

No sabía qué decir, qué hacer. Cómo reaccionaría él, cómo lo haría yo…

- Si esto es una broma no tiene ninguna gracia, así que voy a colgar…

- ¡No cuelgues!

Reaccioné sin pensar. Y ya no había vuelta atrás.

- ¿Quién es? –noté la inquietud en su voz.

- Soy yo. –esperaba que reconociese mi voz.

Se hizo el silencio al otro lado del auricular. Oí el jadeo de un risa y entonces noté como volvía al teléfono.

- Perdona, es que no escuchaba nada y me he enfadado un poco. ¿Cómo es que me llamas por teléfono? Habría sido mejor hablar por chat.

- No puedo usar el chat. No estoy en casa. Y necesitaba decirte algo muy importante.

- ¡Eh, no me digas que al final vas a venir! ¡Será genial, quiero enseñarte toda la ciudad!

- Ya estoy aquí.

Mi voz sonó asustada, pero segura. En el momento en que lo dije quise volver a atrás, pero sabía que ya era imposible. Tenía que decírselo. Era ahora o nunca.

- ¿Quieres decir aquí en la ciudad? ¡Cómo no me lo habías dicho! ¿Hace mucho que llegaste? ¡Oh, estoy deseando verte!

- Mira por la ventana.

- ¿Qué mire por la ventana? ¿Qué quieres decir…?

Su frase quedó inconclusa cuando me vio en la calle. Su cara de sorpresa no era mayor que la mía de asustada.

- Por favor, no cuelgues, y no salgas, sólo quiero decirte algo y me iré.

Vi su expresión de sorpresa se iba haciendo mayor pero aún así asintió y no dijo nada.

- Cuando nos despedimos en verano y volvimos a nuestras casas, noté como si me faltase algo. Me sentía extraña no levantándome todos los días y desayunar contigo, o no acostarme sin que antes me dieras las buenas noches. Han sido tres meses muy raros. Pero sobre todo ha sido así porque no te dije algo muy importante y es algo que no se puede quedar dentro de mí, porque me está destrozando día a día.
> Desde el primer día que te conocí me pareciste alguien increíble. No sólo porque seas divertido o inteligente, sino por tu manera de ver el mundo, de entenderlo. Nunca había conocido a alguien como tú y eso me atrajo de una manera que no puedo explicar. Y en esas semanas que vivimos juntos me fui acostumbrando a ti. A ver tu sonrisa a todas horas, a escuchar tu risa, a tus abrazos, a escuchar canciones juntos… Fue lo mejor de ese viaje, te lo juro, y doy gracias al día que decidí hacerlo. Pero no es por esto por lo que he soportado dos horas de viaje y miles de quilómetros. Es porque quería decirte que, si me he sentido así durante estos meses, ha sido porque tú no has estado a mi lado, porque he echado de menos cada día tu sonrisa, tu perfume, tus ojos, tu pelo. He echado de menos escuchar tu voz, que parece que se ha convertido en mi sonido favorito. Te echado tanto de menos que ahora que te lo he dicho no sé qué hacer o cómo mirarte a la cara, no sé si quedarme aquí o dar media vuelta y echar a correr. No sé si vas a reirte de mí o a llamarte loca. No sé si querrás seguir hablándome o no. Sólo sé que te quiero, y que te he querido durante estos tres meses y que he deseado cada día que tú también me quisieras.

Me quedé sin aliento y noté como se me formaba un nudo en la garganta. No era capaz de mirarle. No quería ver la burla en su cara, la sensación de haber hecho el rídiculo. Colgué el teléfono y di media vuelta. De repente noté como sobre mí empezaba a llover, y pensé en la ironía del momento, de cómo el cielo lloraba en mi lugar. Entonces note una mano agarrándome, haciéndome dar la vuelta y le vi delante de mi, tan guapo como lo recordaba, empapado por la lluvia y mirándome con aquellos ojos que tanto había echado de menos. Y de repente me besó, después de tres meses de noches en vela, de lágrimas y de dolor, me besó y me sentí la persona más feliz del mundo.

Y siguió lloviendo toda la noche, pero, si en aquel momento, el cielo lloraba, no eran lágrimas de tristeza, sino de alegría.

martes

Abrí los ojos lentamente. Una luz blanca me cegó. Parpadeé un par de veces hasta que, por fin, me acostumbré. Estaba acostada en una cama que no conocía, en una habitación que tampoco conocía y a mi lado, sentado en una silla estaba él. Dormía profundamente. Sus brazos estaban sobre la cama, y su cabeza apoyada en ellos. Alargué mi mano para acariciarle el pelo. Se revolvió en sueños, pero no se despertó. Deslicé mi mano hasta apoyarla sobre su mejilla: tenía la piel muy fría. Le miré enternecida. ¿Cuánto tiempo debía de llevar a su lado?
Con cuidado le cogí la muñeca izquierda, en la que llevaba un reloj, y miré la fecha: lunes. Habíamos tenido el accidente el domingo por la mañana. Suspiré y me acomodé en la cama, sin soltar su mano.
Habíamos quedado para vernos, después de diez meses sin tener noticias el uno del otro. Cuando le vi al otro lado de la calle, no pensé en nada. Sólo pensé en él, en sus ojos azules, en su sonrisa, en sus rizos de color trigo, en su perfume… Crucé la calle, sin mirar si venía algún coche. Y lo único que recuerdo es el sonido de un claxon, sus ojos azules atemorizados y un fuerte golpe.
Examiné mi cuerpo, pero sólo encontré un par de moratones en las piernas y un corte en el brazo. ¡Qué suerte había tenido!.
De repente, alguien agarró mi mano. Giré la cabeza y le vi. Había despertado. Me miraba fijamente, con sus ojos azules empañados en lágrimas. No tuve tiempo de reaccionar; se tiró sobre mí y me besó. Nunca me había sentido así, tan viva, tan contenta, con tantas ganas de vivir. Eran aquellos besos suyos, no había duda.
Cuando nos separamos, él seguía llorando. Le miré fijamente. Tenía la cara muy pálida, blanca como el papel, unas ojeras muy marcadas y una expresión de dolor que me asustó. Me incorporé y le abracé. Él hundió su cabeza en mi pecho y comenzó a sollozar.
- Ey, estoy bien, ¿ves? No ha pasado nada, todo va a salir bien, estamos juntos, por fin –le dije cariñosamente.
Pero él no paraba de llorar. Y cada vez con más ganas, con más angustia, con más dolor. Le cogí el rostro con ambas manos y le obligué a mirarme. Pero de pronto, noté como si, entre mis manos, no hubiera nada más que aire, sólo era una sensación, sentía su piel en mis palmas, pero no lo podía tocar.
Sus ojos azules me miraron.
Lo siento, lo siento mucho… Lo hice para salvarte. Te vi allí, en medio de la carretera, ese camión enorme yendo hacia ti… Sólo quería protegerte y sin embargo… -su voz se quebró.
Y, de repente, lo entendí todo. Yo estaba sana y salva. Y lo estaba porque él había arriesgado su vida para salvar la mía.
Sentí como mi corazón se rompía en mil pedazos, e intenté retenerle a mi lado. Pero su imagen se iba difuminando cada vez más.
- Te quiero mucho –su voz sonó lejana, casi como el sonido del viento-. Adiós.
Y entonces, se fue. Ya no estaba a mi lado. Su imagen desapareció y sólo sentí en mis manos el rastro de su tacto, de su piel, de aquel perfume. Y cerré los ojos, y vi sus ojos azules mirándome. Y, entonces, me dormí para siempre, con aquella mirada del color del cielo a mi lado.

martes

- ¿Has extendido alguna vez los brazos y dado vueltas y vueltas muy muy rápido? Pues así es el amor; se te acelera el corazón, el mundo se te vuelve del revés, pero si no tienes cuidado, si no mantienes tus ojos fijos en algo inmóvil puedes perder el equilibrio y dejar de ver lo que ocurre con la gente a tu alrededor. No te das cuentas de que estas a punto de caer.

- No te pongas triste, yo nunca dejaré que te caigas.

jueves

-¿Quieres saber cuál es mi problema? Que estoy asustada, que tengo miedo, siempre lo he tenido. Miedo a que me pase algo, miedo a perder a las personas a las que quiero, miedo a tropezar y hacerme daño, miedo a decepcionar a alguien, miedo a fallarle a alguien, miedo a no ser fuerte, miedo a enamorarme, miedo a llorar, miedo a reír, miedo a equivocarme, miedo a no elegir bien, miedo a que un día el mundo se acabe y no haya hecho todo lo que tenía que hacer.
-Y ahora, ¿de qué tienes miedo?
-Tengo miedo de que nunca me quieras cómo yo te quiero, miedo de que te vayas y nunca te vuelva a ver, miedo a decirte esto y tú me tomes por una niña, miedo a que me rechaces, miedo a mirarte a los ojos, miedo a que me sueltes la mano y todo se me venga abajo.
-No te preocupes, yo nunca te soltaré la mano.