"Para ti, que llegaste de repente y cambiaste el argumento de esta historia y el de mi vida."
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viernes


Ya no puedo más. Estoy harta. Estoy cansada.  Estoy harta de irme a dormir cada noche y soñar contigo. Estoy cansada de despertarme cada mañana con la angustia de saber que nunca te voy a volver a ver.

No dejo de soñar contigo y con esos ojos azules. No dejo de acordarme de ti, cada día, a cada hora. Te juro que lo he intentado, lo he intentado de todas las formas posibles, pero no puedo. No puedo sacarte de mi cabeza. Y tampoco de mi corazón. Te quiero. Te quiero desde hace tres años, y te sigo queriendo a pesar de que sé que nunca me querrás. Y me siento una imbécil, una maldita imbécil que sigue soñando que apareces otra vez en mi vida, como el primer día que te vi, con aquella sonrisa, con aquellos ojos. Porque sigo creyendo que no eres la primera persona que me rompió el corazón. Porque te sigo queriendo, y me odio cada día por sentir lo que siento.

Y te pido perdón. Perdón por todo lo que he dicho, porque lo único que he querido desde aquel verano, es oírte decir que tú también me querías. Y me odio cada día porque sé que nunca sentirás lo mismo que yo. Y estoy harta, y cansada. Y estoy triste. Y se me vuelve a romper el corazón como el día que te dije que era tuya, y tú te fuiste para siempre.

jueves


“Eres una genio, por eso te quiero”

Tres años. Han pasado ya tres años. Tres años desde aquella tarde en la que tuve el valor de, por primera vez en mi vida, abrirle mi corazón a una persona y decirle que estaba enamorada de él.

“Se nota que vamos a ser reyes del mundo”

Tres años desde aquellas conversaciones que me hacían creer que podíamos llegar a ser algo, tres años desde aquellas tardes de miércoles de risas y abrazos.

“Ahora tenemos que ser novios, ya que somos la pareja perfecta”

Tres años desde aquellas confidencias entre tú y yo, aquellas que sólo nosotros sabíamos y que no compartíamos con nadie más.

“Ojalá pudiera disfrutar de tu compañía todos los días”

Tres años ya. Tres años eternos y dolorosos. Tres años rogando que algún día te dieses cuenta de que me querías. Tres años deseando encontrarme contigo por casualidad. Tres años arrepintiéndome de haberte contado lo que sentía. Tres años en los que, ni un solo día, he sido capaz de olvidarme de ti.

sábado


“Puf, es una pregunta difícil. Si quieres que te diga la verdad, si tu amistad con ál es muy importante no deberías intentarlo y arriesgarte a que salga mal, pero si es un amigo normalito, inténtalo, total el ‘no’ siempre lo tienes. El que no arriesga no gana.”

Ese fue tu consejo, esas fueron tus palabras cuando yo, estúpida, y creyéndome tu amiga, te pedí ayuda. Y aún a riesgo de equivocarme, de meter la pata, de joderlo todo, de perder tu amistad, me arriesgué. Y no sabes cuanto me arrepiento. Me arrepiento desde ese 20 de diciembre de 2009 de haberte dicho que te quería, me arrepiento de no haberme mordido la lengua, me arrepiento de haber sido valiente por una jodida vez en mi vida, me arrepiento de haberte abierto mi corazón, me arrepiento una y otra vez, y pido una y otra vez volver a ese 20 de diciembre de hace 3 años y borrar ese mensaje, pensar fríamente, y seguir escondiendo aquello que necesitaba gritarte. Han pasado tres años, y me sigo arrepintiendo. Y soy patética, ¿sabes por qué? Por que en estos años, cada día me he arrepentido de haberte hecho caso, me he arrepentido de haber arriesgado y no haber ganado. Pero sobre todo me he arrepentido de no ser capaz de olvidarte en tres años.

miércoles


Cerré los ojos. Inspiré profundamente. Y me dejé llevar. Me fui volando sobre el mar, atravesando el cielo, revoloteando entre las nubes, dejando que el viento azotase mi cara. Y finalmente, dejándome caer sobre la arena. Allí tumbada, notaba como el agua me mojaba los pies, arriba y abajo. Estiré los brazos y tomé aire. Era la sensación de libertad. Abrí los ojos y el sol me deslumbró, me incorporé levemente y divisé a alguien en el mar. Fue saliendo poco a poco del agua. Y poco a poco le fui reconociendo. El agua le caía por el torso desnudo, sus rizos estaban mojados y aunque no se veía, el azul de sus ojos era tan claro como el del mar o el cielo. Se sentó a mi lado y apoyó su mano sobre la mía, apretándola suavemente. No dejé de mirar al horizonte cuando noté como él se acercaba a mí. Con suavidad, me apartó el pelo de la cara y me besó en la mejilla. No le miré. No quería que aquella sensación tan placentera desapareciese.

-       Mírame, por favor. – su voz sonó suplicante.

Me resistí y aparte mi mano de la suya. Se acercó más a mí, pasando su brazo por mi cintura y apretándome contra él. Pude notar como me mojaba, pude notar su respiración en mi oreja, notaba su pecho en mi brazo, y olía su perfume entremezclado con el olor del océano. Volvió a besarme en la mejilla.

-       Mírame, por favor, mírame. – noté como su voz estaba contenida.

Negué con la cabeza e intenté apartarme de él, pero me sujetó con fuerza y, con el otro brazo, me tiró sobre la arena, al tiempo que se tumbaba sobre mí. Cerré los ojos con fuerza, evitando mirarle a los ojos. Noté su aliento sobre mi cara, como poco a poco se iba acercando a mi, hasta que su boca quedó a apenas un centímetro de la mía.

-       La última vez, por favor.

Y no pude resistirlo. Abrí los ojos y volví a caer otra vez en aquel mar de sentimientos. Se acercó y me besó, no con furia, ni con pasión, simplemente con un sentimiento que nunca antes había habido en aquellos labios: con amor.

lunes


Había olvidado que ni la distancia ni el tiempo hacen el olvido. Lo había olvidado, al igual que creí haber olvidado tu nombre, tu cara, tus ojos, tu voz… Pero no había olvidado ningún detalle.

Llevaba toda la noche con una sensación rara, como sabiendo que algo iba a pasar. Y pasó, claro que pasó.

Eran las dos y media, y el alcohol, el calor de las hogueras y el cansancio estaban empezando a hacer mella en mi. Por un momento giré la cabeza y allí estaba de él. Después de tres años, seguía igual que siempre. Con aquellos rizos trigueños, aquella sonrisa tímida, y aquellos ojos azules que tanto echaba de menos. Mis labios formaron su nombre, pero de mi boca no salió ningún sonido. Agaché la cabeza para que no me viera, pero alguien a mi lado le llamó. Dio medio vuelta y me miró. Pero aquel no era el reencuentro que yo esperaba.

Ni un hola, ni un abrazo, ni un “cuanto tiempo”. Nada. Sólo indiferencia, recuerdos, ninguna señal de que se acordase ni de cómo me llamaba. Y una vez más, después de tres años, y de prometerme a mi misma que no volvería a hacerlo, oí como mi corazón se volvía a romper en mil pedazos, como aquella barrera que yo había creido construir se derrumbaba, y como, una vez más, lo único que quería era que me volviese a mirar a los ojos y a dedicarme una de sus sonrisas.

Pero no fue así, sólo se quedó allí plantado, hablando como si yo fuera un simple objeto decorativo, una persona más, a la que el no conocía. Invisible para él, como siempre lo había sido.

Y así me quedé, escuchando su voz en silencio, sin atreverme a levantar la mirada, sin atreverme a enfrentarme a él, sin tener la valentía de, después de tanto tiempo, ser capaz de olvidarle.

sábado

De las 1001 maneras que tenías para romperme el corazón elegiste la peor. Elegiste el momento perfecto, cuando estaba más vulnerable que nunca. Y lo hiciste bien. Primero me llenaste de sonrisas, de abrazos, de secretos, de caricias. Luego mentiste, mucho, jurando que me querías y que yo era la única en tu vida. Luego vino lo peor: yo te creí. Te creí y te juré que era tuya, que no existía hueco para nadie más en mi corazón, que tus besos eran los más bonitos del mundo, que tu voz era mi sonido favorito y que aquellos ojos me miraban sólo a mí. Y entonces decidiste romperme el corazón. Me dijiste que ya no significaba nada, que nunca habías sentido nada, que todo había sido una tontería, una aventura, algo pasajero, que todos los besos, las caricias, las miradas, las palabras, eran producto de mi imaginación. Y desapareciste. Y me dejaste sola, con el corazón roto en 1001 pedazos, porque lo hiciste de la peor forma que pudiste: me dejaste cuando en mi corazón era tu nombre el que estaba escrito.

miércoles

Había ensayado aquella situación millones de veces en mi cabeza. Y en todas yo salía ganando. Pero después de dos años, había olvidado lo débil que me volvía cuando él me miraba con esos ojos azules. Estaba más alto, incluso parecía ya un adulto, se había cortado el pelo, de forma que ya no le caía en bucles a ambos lados de la cara, estaba moreno, y sonreía. Pero había algo que no había cambiado: sus ojos. Eran tal y como los recordaba. Azules y pequeños, con forma de avellana, con sus largas pestañas y brillando de aquella forma tan especial. Y allí estaba yo, de la manera que nunca hubiera deseado que me viera: sola, con chándal, gafas y un moño mal hecho. Cuando le vi torcer la esquina, mi corazón se olvidó de latir durante unos segundos. Unos segundos en los que ambos nos miramos, entre sorprendidos y contentos, unos segundos en los que, todos aquellos recuerdos empezaron a volver a mi cabeza en tropel, a toda prisa, queriendo recordarme que seguían escondidos en algún lugar de mi corazón. Y cuando estuvimos el uno frente al otro, nada de aquello importó. No dijimos nada, y él siguió caminando, rozando su brazo contra el mío, haciendo que cada fibra de mi cuerpo temblase, dejando que aquel perfume me embriagase, dejándome paralizada, sin saber qué hacer o decir. Pero siguió caminando, no paró, no dijo nada, ninguna palabra que pudiera hacernos pensar que volveríamos a mirarnos como en aquellas tardes de verano, ninguna señal que me hiciese pensar que en aquellos ojos azules aún había un brillo que era para mí. Y caminó, sin parar, dejándome allí, sola, con el corazón hecho pedazos, con las lágrimas cayendo de mis ojos y rodando por mis mejillas, y con aquel sentimiento aún latente. Y me maldije a mí misma por no haber aprendido a dejar de quererle.

sábado

Cuando a veces las hojas de papel y el lápiz con el que solías escribir dejan de ser útiles, es mejor explicar con tu propia voz la verdad que tanto tiempo habías escondido.

domingo

Siempre había querido escribir una bonita historia de amor, una de esas que no tiene final, una de esas en la que los protagonistas se enamoran perdidamente el uno del otro, comparte los momentos más especiales que una pareja puede compartir. Una de esas historias en las que los sentimientos son los protagonistas y que, pase lo que pase, nunca acaban mal. Y ahora me doy cuenta de que esa historia que siempre he querido escribir, es aquella que yo deseaba vivir. Es la historia que yo quería haber vivido con esos ojos azules.

Quería perderme en tu mirada para siempre, y no volver atrás nunca. Quería mirar tu cara cada mañana, despertarme y verla a mi lado, en paz, durmiendo, tranquilo, con la única preocupación de si yo estaría a tu lado cuando abrieras los ojos. Quería cogerte de la mano y que me prometieras que nunca me soltarías. Quería tenerte conmigo, siempre, a mi lado, y no separarnos nunca. Quería que todas aquellas palabras bonitas fueran para mí, y que ninguna fuera un reproche. Quería que tú me quisieras como yo te quise.

Y ahora me he dado cuenta de nunca va a existir una historia de amor, nunca voy a volver a ver esos ojos azules otra vez, nunca voy a volver a fantasear con que algún día llamarás a mi puerta y me dirás que por fin te has dado cuenta de que me quieres, nunca voy a volver a soñar que mi mano y la tuya se juntarían para siempre. Y es por que las historias de amor no tienen un final, son infinitas, eternas, siempre se recuerdan, de una manera u otra. Pero nuestra historia hace tiempo que tiempo que tuvo un final, y por eso sé que se ha acabado.

viernes

A veces pienso que lo hace adrede. Cuando digo que lo he olvidado, que ya no pienso en él, que no veo su sonrisa en todos lados, que no sueño con sus ojos azules, que no recuerdo una y otra vez en mi cabeza todo lo que pasó aquel verano… Vuelve a aparecer. Y, una vez más, vuelvo a ver esos ojos azules mirándome, tan preciosos como siempre, vuelvo a ver su sonrisa en mi cabeza y vuelvo a recordar una y otra vez los momentos que pasamos juntos. A veces pienso que nunca voy a poder olvidarle. Pero creo que es porque dicen que el primer amor nunca se olvida, y yo nunca olvido a una persona que me hizo tanto daño que desee borrarle para siempre de mi memoria. Nunca olvidas esos ojos azules.

lunes

El chico de los ojos azules ya no tiene cara. El chico de los ojos azules cerró hace tiempo los ojos. El chico de los ojos azules ya nunca habla. El chico de los ojos azules ha olvidado su nombre. El chico de los ojos azules ya no sonríe, ni se enfada, ni está triste. El chico de los ojos azules ha borrado su memoria. El chico de los ojos azules se ha hecho invisible. El chico de los ojos azules ya no anda por las calles. El chico de los ojos azules... Tenía los ojos más bonitos del mundo. Pero el chico de los ojos azules ya no quiere oír, ni ver, ni tocar... Hace tiempo que no se pasea a mi lado, hace tiempo que no me habla en sueños, hace tiempo que no usa su perfume.

La verdad, es que hace tiempo que el chico de los ojos azules ya no está en mi c o r a z ó n.

sábado

- Yo siempre voy a estar a tu lado, ¿sabes?


Sus ojos azules me miraron fijamente, con aquel brillo que los hacía tan especiales. Noté como mis ojos se empañaban y agaché la cabeza de forma que el pelo ocultó mi rostro. Él se posición frente a mí y me obligó a levantar la cabeza. Cuando mis ojos se cruzaron con los suyos, no fui capaz de evitar la pregunta.


- ¿Es una promesa? -susurré.


Él sonrió y sacudió la cabeza. Se acercó a mí y me abrazó, rodeándome con su brazos.


- Es un pacto.

Los primeros rayos de sol me despertaron. Abrí los ojos lentamente y parpadeé al tiempo que recordaba que hacía allí. Miré a mi derecha y allí estaba él. Su pecho desnudo se tornó de un color tostado con la luz del sol, sus bucles parecían más dorados que nunca; su expresión era tranquila, en paz, y en sus labios se dibujaba una pequeña sonrisa. Me acurruqué a su lado y cerré los ojos, aspirando su olor, intentando recordarlo. Él se revolvió en sueños y comenzó a despertarse. Yo cerré los ojos, por miedo a que él hiciera como si aquella noche no hubiera existido. Pero no fue así. Acercó su rostro al mío y me besó. Tan dulce como siempre. Permanecí con los ojos cerrados mientras el acariciaba mi torso desnudo. El contacto con su mano aceleró mi pulso.


- No te puedes imaginar el tiempo que llevaba esperando este momento - dijo al tiempo que se acurrucaba a mi lado y me arropaba con sus brazos.

> Ahora que estás dormida, ahora que no puedes escucharme... quiero decirte que te quiero. Te quiero de verdad. Como nunca he querido y querré a nadie. Pensar que no puedo estar contigo me duele, y la simple idea de perderte hace que yo pierda la cabeza. Cuando me dijiste que estabas enamorada de mí, me asusté. Me asusté de lo que sentí en aquel momento, de las ganas de abrazarte, de besarte, de las ganas que tenía de quedarme a tu lado para siempre. Fue demasiado para mí. Pero he sido tan cobarde que durante estos dos años no he tenido la valentía de levantar el teléfono y llamarte, y decirte que no importan los kilómetros, que no importa nadie ni nada, ni las diferencias, ni las similitudes, que lo único que en esta vida me importa eres tú. Y siento tanto haberte hecho tanto daño... lo siento mucho....


Su voz se quebró y pude notar como las lágrimas secaban de sus ojos. Me besó en la frente y se quedó allí quieto, llorando en silencio, abrazado a mí. Poco a poco me fui acercando a su oído y, en voz muy baja le susurré.


- Ahora estás aquí y es lo único que importa.

jueves

Quería decirte que me encanta que, al levantarte, tu pelo esté totalmente alborotado, cómo la melena de un león; que me encanta cómo te estiras en la cama y das vueltas sobre las sábanas; que me encantan las manchas de café en tu camiseta y ese sabor a mantequilla de tu boca. Y me encantan tus ojos, mirándome, azules como siempre, desde primera hora de la mañana, dándome los buenos, días, más brillantes y despiertos, y luego más oscuros y cansados, cuando llega la hora de cerrarlos.

Y quería decirte que me encanta apoyar la cabeza en tu pecho, y oír como los latidos de tu corazón se aceleran, y cómo te sonrojas, y me miras, y te ríes. Y cuando me besas en la cabeza, protector y cariñoso... ahí es cuando más me gusta quererte.

domingo

Más rápido, más lento. Con calma, con fuerza. Arriba, abajo. No pares. Un beso, y otro, y y otro; infinitos. Una mirada. Una sonrisa. Y un abrazo. Manos que se cogen. Dos corazones latiendo enamorados.


Cuando la miró a los ojos supo que algo no iba bien.
- Dime, ¿qué te pasa?
Ella le miró y en sus ojos el pudo ver reflejado todo su miedo.
- ¿De qué tienes miedo? - le preguntó.
Ella se dio la vuelta pero él la abrazo y le beso la mejilla.
- Sabes que puedes contármelo...
Cuando ella se dio la vuelta, escondió la cabeza en su pecho. Él sonrió.
- ¿Quieres saber cuál es mi problema? -susurró ella.
- Por favor.
Tomó aire y le miro a los ojos.
- Que estoy asustada, que tengo miedo; siempre lo he tenido. Miedo a que me pase algo, miedo a perder a las personas a las que quiero, miedo a tropezar y hacerme daño, miedo a decepcionar a alguien, miedo a no ser fuerte, miedo a enamorarme, miedo a llorar, miedo a reír, miedo a equivocarme, miedo a no elegir bien, miedo a que un día el mundo se acabe y no haya hecho todo lo que tenía que hacer.
- Y ahora, ¿a qué tienes miedo?
- Tengo miedo a que nunca me quieras cómo yo te quiero, miedo a que te vayas y nunca te vuelva a ver, miedo a decirte esto y tú me tomes por una niña, miedo a que me rechaces, miedo a mirarte a los ojos, miedo a que me sueltes la mano y todo se esfume...
- No te preocupes; yo nunca te soltaré la mano.

jueves

El teatro estaba a rebosar. No había ni una sola butaca vacía. Un gran telón rojo se extendía a lo largo del escenario. De repente las luces se apagaron. Una melodía comenzó a sonar. Las teclas de un piano. Y de repente una voz comenzó a cantar.


"Every day is so wonderful, and suddenly, it's hard to breathe..."


Él levantó la cabeza y su corazón dio un vuelco. En mitad del escenario se encontraba ella. Sola. Con un micrófono en la mano.


Y estaba preciosa. Su pelo castaño le caía en bucles a ambos lados de la cara hasta el pecho. Estaba más alta y más delgada. Y seguía con aquella sonrisa dibujada en su cara, como el primer día.


No recordaba lo que sentía cada vez que la miraba. Sintió ganas de llorar, quizás por el tiempo que había pasado desde la última vez que la había mirado a sus ojos rasgados, quizás por la alegría de oír su voz cantando aquella canción.


Pero lo que más le asombró, fueron las ganas de levantarse, correr hacia a ella y abrazarla, y besarla, y no soltarla nunca. Susurrarle lo mucho que la quería, el tiempo que llevaba queriendo estar cerca de ella, oler su perfume, cogerle la mano, perderse en su sonrisa...


"I'm beautiful, no matter wat they say..."


Sí, era preciosa. La mujer más preciosa que había visto en toda su vida.

¿Sabes qué es lo peor de todo esto?
El recuerdo. Duele. Duele muchísimo. Está dentro de mí, arañándome, saliendo a recordarme que siempre estará conmigo. Y me hace llorar. De rabia, de dolor. Por no haber sido la persona que tú decidiste querer, por no haber conseguido que tú me quisieras tal y como yo soy.
Lo siento tanto...

martes

El frío de la noche se mezcló con las espirales de sensaciones que el alcohol me estaba provocando. Sentadas sobre un banco, charlábamos y nos reíamos de cosas sin sentido. De pronto, alguien me tapó los ojos. Toqué las manos del desconocido, intentando reconocerle. Y supe quien era. Retiré la venda de mis ojos y me giré. Y allí estaba, una vez más y como siempre: alto, esbelto, con una sonrisa de oreja a oreja, su pelo más corto y un poco más oscuro. Pero había algo que no había cambiado: sus ojos. Grandes y azules, brillantes y mirándome como aquellas tardes de verano.

Me levanté y di un paso atrás. Había olvidado lo mucho que le quería, lo mucho que me gustaba aquella sonrisa y aquellos ojos, lo mucho que había echado de menos estar cerca de él. Él, sin embargo, se acercó a mí y, sin dejar de sonreír, me abrazó.

- ¡Qué ganas tenía de verte! -dijo al tiempo que su mano me acariciaba el pelo.

Su voz sonaba efusiva, demasiado, y cuando me besó en la mejilla pude notar el olor a alcohol. Se separó un poco de mí, pero agarró mis manos, con fuerza. Yo no era capaz de mirarle a los ojos.

- ¡Ey! ¿Qué te pasa?¿Estás bien? O me vas a decir que no tenías ganas de verme...

Compuse una sonrisa forzada y solté sus manos. Pero él agarró mi cara y, de repente, me besó. Cerré los ojos, sorprendida, enamorada, ilusionada... Pero al darme cuenta de lo que me estaba pasando, me separé de él y eché a andar hacia el lado contrario.

- ¡Irene, oye, qué haces!

Aceleré el paso pero él, claramente más rápido me alcanzó.

- Oye, no te entiendo, dijiste que me querías, que estabas enamorada de mí, y ahora ¿te rajas?

Estaba temblando. No sabía que hacer, si ignorarle o explicárselo. Estaba entre la espada y la pared.

- Joder, ¿quieres por lo menos mirarme a la cara?

Me giré y, después de un año, le miré a los ojos.

- ¡Es que eres imbécil! Joder, has bebido, no sabes lo que haces y mañana cuando te despiertes ni siquiera recordarás haberme visto... No puedes pretender que después de lo que siento me dejé utilizar de esta manera. No quiero entrar en este juego, no quiero seguir sufriendo.

Le di la espalda y seguí caminando. Pero él me agarró la mano y me hizo mirarle.

- Escúchame: no te he besado porque esté borracho. Te he besado por que, joder, estaba deseando hacerlo, porque me moría de ganas de verte y no sabía qué hacer para decírtelo; llevo mucho tiempo esperando este momento, creeme.

- No digas eso. No es verdad. Estás diciendo esto porque únicamente necesitas una tía a la que tomarle el pelo, alguien que te consuele esta noche. Pero sabes, estoy harta. Y aunque me estoy muriendo de ganas de que vuelvas a besarme, aunque desearía con todo mi corazón que esto que me acabas de decir fuera verdad, no lo es. Y no puedes jugar conmigo, no es justo.

Se quedó callado, mirándome. Pude leer la vergüenza en sus ojos.

- Te juro que te quiero, Irene.

Se me empañaron los ojos.

- Me quieres esta noche, mañana te habrás olvidado de mi nombre.

domingo

Llevo casi un año pensando en cual sería la mejor forma de despedirme del 2010. Casi 12 meses, 52 semanas y 365 días. Y he dedicado al menos una hora de cada día de este 2010 a intentar imaginar otro año sin ti. Otro comienzo de año sin recibir un 'Feliz año', otra comienzo sabiendo que no voy a volver a ver esos rizos dorados, esa sonrisa que hacía que mi respiración se cortase; otro comienzo de año sabiendo que nunca me vas a volver a mirar con tus ojos azules. Cada día he sentido un pinchazo en el corazón por culpa de esos recuerdos, he derramado lágrimas, he querido borrarte, he intentado odiarte, y he llegado incluso a pensar en irme lejos. Pero ninguna de esas cosas han hecho que deje de quererte. Así que comenzaré otro año más, en mi casa, con mis doce lacasitos, mi familia gritando y felicitando el año, y yo miraré por la ventana al primer minuto del día uno de enero de este año que viene, y volveré a pedir despertarme a tu lado, oliendo tu perfume, con tus brazos rodeándome y susurrándome con esa voz que hacía que mi piel se erizara: "Tranquila, ahora ya soy todo tuyo".

miércoles

Había experimentado toda clase de sentimientos hacia él: amor, ira, lástima, angustia, melancolía, felicidad... Pero nunca esto. Ese sentimiento de que ya nada importa, de que todo da igual, de que sabes que, hagas lo que hagas y pase lo que pase, nunca le vas a olvidar. Por que es imposible borrar a alguien que se ha grabado a fuego en tu corazón. Es imposible olvidar las caricias, las miradas, las sonrisas, los momentos compartidos, los abrazos, los besos... Es imposible olvidar a tu primer amor. Por eso ya nada importa, todo me da igual. Sé que lo ha de pasar pasará, y lo que no, no. Mientras tanto seguiré aquí, esperando, quizás otro año más, o quizás no. Tal vez, el día que el destino quiero que nos encontremos, sea capaz de mirarle a esos ojos azules y, por fin, decirle: "Ahora ya no te quiero".