Adiós. La palabra con más dolor, más pena, más sufrimiento que nunca nadie te puede decir. Adiós. Yo no quiero decir adiós a nadie, por que decirlo supondría que esas personas desaparecerían de mi vida, y yo no quiero que eso pase. Quiero decir adiós al pasado, decir adiós a lo malo, a lo que nunca fue. Y con este adiós, me quería despedir también de la ciudad en la que vivo. No me duele decirle adiós, es una decisión que tenía que haber tomado hace dos años, pero supongo que fui demasiado cobarde. Pero ahora me he dado cuenta, tengo que hacerlo. Tengo que decirle adiós a Vigo, la ciudad en la que llevo viviendo diez años, no la ciudad que me vio nacer, que fue Coruña, y que siempre la llevaré en el corazón como una de mis ciudades favoritas. Pero Vigo no. Vigo ha sido mi infierno personal desde los nueve años. En Vigo me han maltratado durante meses, impidiéndome así acostumbrarme a mi primer año lejos de mi vida, Vigo me ha traido todas las despedidas más dolorosas de mi vida, Vigo me ha traído los peores momentos vividos con mi padre, Vigo me ha traído el primer amor, pero también el más doloroso. Son recuerdos, ya pasados, pero que guardaré bajo llave dentro de mí. Porque ha llegado el momento de decirle adiós a una ciudad que durante diez años, lo único que ha hecho ha sido traerme dolor. Y por eso, pase lo que pase, de ahora en adelante, espero que decir adiós, suponga el comienzo de algo nuevo y feliz para mí. Adiós Vigo.
miércoles
Cada vez que escuchaba esa canción las lágrimas inundaban mis ojos. Aquella canción que me arañaba el corazón, que me ponía los pelos de punta y que tantas veces habíamos escuchado, uno al lado del otro, dejándonos invadir por la letra y pensando que ocurriría. Cada vez que cerraba los ojos podía verle a mi lado, tan guapo como la primera vez que le conocí, haciendo que mis mejillas se tornasen rosas por la vergüenza, haciendo que mi corazón latiese a mil por hora, haciéndome sentir tan especial. Podía recordar todos los lunares de su cara, el número y el lugar exacto donde se encontraban. Sentía sus ojos mirándome, brillando como cuando uno está perdidamente enamorado. Incluso recordaba como pronunciaba mi nombre, con ese desparpajo y la gravedad de su voz. Era el sonido más bonito del mundo. Y tenía aquel perfume grabado en mi mente, como cuando se sentaba a mi lado, se apoyaba sobre mi, y aquel olor me embargaba y me hacía pensar en él.
Cada vez que escuchaba aquella canción notaba un pinchazo en el estómago: el sentimiento de saber que, probablemente, nunca le volvería a ver.
viernes
Esa mañana me desperté con un mal sabor de boca; había dormido mal, y cuando levanté las persianas llovía. Y eso fue el comienzo del peor día del resto de mi vida. Sonó el teléfono, me pareció más bien que el demonio llamaba a mi puerta. Levanté el auricular y sólo oí un llanto quebrado, desgarrador, una señal que me hizo darme cuenta de que todo había terminado.
Nunca más volvería a ver aquella sonrisa en su rostro, nunca más volvería a besar aquellas mejillas, a revolver aquel cabello azabache, nunca más volvería a tumbarme a su lado y a quedarme mirándola hasta que ella me enseñase la lengua o intentase tirarme del pelo.
En sólo veinticuatro horas mi vida había cambiado. Había pasado de tener un buen comienzo de año, con mi familia, mis amigos, una vida tranquila, sin más preocupaciones que los exámenes... a de repente encontrarme con que miles de corazones se morían de dolor.
Ese día me dormí abrazada a mi almohada, húmeda, completamente empapada por mis lágrimas, y esa noche soñé con ella, soñé que me despertaba saltando sobre mí, que se tiraba sobre mí y que, con esa sonrisa, se despedía de mí para siempre, dejando ese hueco en mi corazón y diciéndome con la mirada: "Estaré siempre contigo".
Claudia, un ángel
Hoy, ha sido la primera vez en mis dieciocho años de vida que voy a un funeral. Y, ojalá no hubiera tenido que ir. Ha muerto un ángel, una sonrisa en mi vida, una lucecita pequeña, pero que brillaba con fuerza cada día, que nos hacía sonreír a todos, nos lleno de ilusiones, de amor y de felicidad. Se ha ido mi niña pequeña, con sólo un año y medio, con toda la vida por delante.
Y hoy, más que nunca en mi vida me pregunto, si Dios existe, ¿por qué hace esto? Llevarse a un bebé, una persona que no le había hecho mal a nadie, un soplo de felicidad para todo aquel que la viese sonreír.
Supongo que es fácil responder "Se la ha llevado a un sitio mejor"... Pero en mi cabeza no encuentro un lugar mejor que con su familia.
Hoy por primera vez en mi vida, he oído como mi corazón se ha roto en mil pedazos, he llorado hasta que mis ojos no han dado más de sí, y en mi cabeza, he recordado una y otra vez, todas las sonrisas que mi ángel me dedicó los seis meses que pasamos junto a ella.
Sólo quería despedirme de ella, decirle que la quiero muchísimo, y que este vacío que ha dejado en mi corazón nunca nadie podrá recomponerlo.
Gracias por todo, bolita, gracias por la magia que trajiste a mi vida.
Vas a estar siempre en mi corazón, Claudia
26111
martes
jueves
martes
viernes
“Gracias por curarme de mi ridícula obsesión por el amor.”
jueves
Después de dos horas de beber y reír, notaba el alcohol fluyendo de arriba abajo. Lo notaba palpitar en mis venas. Me sentía eufórica y eléctrica. Tenía ganas de reír, de gritar, de saltar, de cantar… Pero sobre todo, tenía ganas, muchísimas ganas de él. Saqué el móvil del bolsillo y busqué su nombre en la agenda. La respiración se me cortó. ¿Qué debía hacer?. Sabía lo que me jugaba llamándole, sabía que volvería a caer, que otra vez aquello que me había llevado tantos meses esconder volvería a aparecer, sabía que oír su voz sólo me haría daño… Pero aún así, las ganas vencieron mi pequeña muralla. Pi, pi, pi… El teléfono conectó y de pronto… “¿Diga?”. Colgué. Sólo había sido una palabra. Un segundo. Pero ya había conseguido hacer que mi corazón acelerase aún más el ritmo. Guardé el móvil en el bolsillo y di un trago más del vodka con limón que sostenía con la otra mano.
Y de repente allí estaba. Quieto, frente a mí, y sujetando el móvil a la altura de la oreja. Y, oh Dios, estaba tal y como le recordaba. Su pelo estaba un poco más corto y oscuro, pero seguía manteniendo aquellos divertidos bucles trigueños. Había crecido un par de centímetros e incluso su cara parecía más adulta. Y sus ojos… aquellos ojos azules que me miraban con incertidumbre. Por un momento ambos nos quedamos quietos. Yo no sabía qué hacer, qué decir, cómo actuar… Fue él quien tomó la iniciativa. Avanzó hacia mí y se paró apenas unos centímetros cerca de mí. Noté como mis ojos se empañaban en lágrimas. Intentaba contenerlas. No podía llorar, tenía que ser fuerte. Pero no lo fui. Solté el vaso y me llevé las manos a la cara. Y comencé a llorar, no sé muy bien por qué, pero lloré como nunca antes… Oí como su respiración se aceleraba y entonces, con dulzura, apartó mis manos, me agarró el rostro con ambas manos y, por primera vez en diez meses me besó. Y fue el mejor beso de toda mi vida. Me dejé llevar, me perdí en aquel beso, en nuestro beso, bebiendo de él. Me abrazó con fuerza y yo le acaricié el pelo, enterrando los dedos en sus rizos. No puedo describir cómo me sentí.
Pero él se separó, se separó con brusquedad y sequedad. Se dio la vuelta, dándome la espalda.
-Esto es todo lo que puedo darte. No esperes nada más de mí. Deberías haber entendido que nunca seré tuyo.
Se giró para mirarme por última vez, me miró con sus ojos azules, y por primera vez, no vi en ellos la belleza que siempre había creído ver; lo que vi fue que, aquellos ojos azules, no estaban dispuestos a estar a mi lado, nunca.
martes
- No te pongas triste, yo nunca dejaré que te caigas.