"Para ti, que llegaste de repente y cambiaste el argumento de esta historia y el de mi vida."
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viernes


Es difícil expresar cómo me siento. Pero más que difícil, es doloroso. Por que duele, y mucho. Está escondido en algún lugar, bien al fondo, donde apenas puedo verlo. Pero sí lo noto. Noto como araña, como corta, como quiere salir. Lo noto cada vez que cierro los ojos. Cada vez que quiero dejar de pensar. Y duele, duele muchísimo. Y no te puedes imaginar lo difícil que es. Lo difícil que es intentar olvidar todo ese dolor, no sabes cuanto me duele cada vez que intento borrarlo de mi cabeza y, sobre todo, borrarlo de mi corazón. Y no me lo pones fácil.  Nada fácil. No puedo olvidar el dolor que me produce sentir todo esto cuando lo único que haces es aparecer una y otra vez para recordarme que ese sentimiento sigue ahí. Y duele. Duele mucho.

domingo

Quilómetros que matan


No lo entiendo. De verdad que no puedo entenderlo. Explícamelo. Ayúdame a entender por qué lo haces. Explícame como, durante cinco meses, estando a 1186 quilómetros de distancia, en diferentes zonas horarias, en diferentes países, te comportas conmigo como si fueras la mejor persona de este mundo. Apoyándome, ayudándome, haciéndome reír, contándome secretos… Y vuelves, después de todo, y te comportas como si fuéramos dos extraños. Te juro que no lo entiendo. Y lo peor es lo mucho que me duele tu comportamiento. No sabes el daño que me haces que me ignores, que no me hables, que actúes conmigo como si no nos conociéramos, que no me preguntes “Oye, ¿cómo va todo?”. De verdad, no lo entiendo.

No entiendo como 1186 quilómetros eran mejor que vivir a 500 metros el uno del otro. No entiendo por qué. Y no sé si quiero entenderlo. No sé si quiero oír explicaciones, o excusas, o lo que sea. Lo único que entiendo es que, como siempre, al final yo soy la que sale perdiendo. Y eso me duele más que nada.

jueves


¿Sabéis lo que pasa cuando alguien os rompe el corazón?


Esa sensación, esa horrible sensación. Creía que era inexplicable. O quizás lo es. Porque no sientes nada. Sientes que se acaba el mundo, que se te cierran los ojos, tu cuerpo se debilita, tu cabeza deja de pensar. ¿Y qué siente tu corazón? Nada. Siente nada. O quizás siente algo. Dolor. Está roto. En miles de millones de pedazos, y cada uno de ellos se rompe en otros miles de millones. Y no sientes nada más que vacío. Un horrible e infinito vacío. Y a veces crees que deja de latir, quizás porque él también quiere cerrar los ojos y no pensar en nada. Y te da miedo que si él decide irse, tú te vayas con él. Y te tumbas en tu cama, e intentas dejar la mente en blanco, pero algo te lo impide. Y recuerdas todos y cada uno de los momentos que ahora te rompen el corazón. Los recuerdas, los más bonitos, los más felices, los primeros, los últimos, los más tristes, los que querrías olvidar, los enfados… Todo eso se pone en tu contra. Y te araña dentro. Para que no lo olvides. Y se queda dentro de ti. Y cada vez que escuchas su nombre, sientes como uno de esos diminutos pedazos decide volver a romperse otra vez, y lo único que quieres es borrar todos los recuerdos, quieres olvidar todo, hacer como si nunca hubiera pasado. Pero no puedes. Y nunca podrás. Porque pase el tiempo que pase, nunca olvidarás a la primera persona que te rompió el corazón en miles de millones de pedazos.

sábado

De las 1001 maneras que tenías para romperme el corazón elegiste la peor. Elegiste el momento perfecto, cuando estaba más vulnerable que nunca. Y lo hiciste bien. Primero me llenaste de sonrisas, de abrazos, de secretos, de caricias. Luego mentiste, mucho, jurando que me querías y que yo era la única en tu vida. Luego vino lo peor: yo te creí. Te creí y te juré que era tuya, que no existía hueco para nadie más en mi corazón, que tus besos eran los más bonitos del mundo, que tu voz era mi sonido favorito y que aquellos ojos me miraban sólo a mí. Y entonces decidiste romperme el corazón. Me dijiste que ya no significaba nada, que nunca habías sentido nada, que todo había sido una tontería, una aventura, algo pasajero, que todos los besos, las caricias, las miradas, las palabras, eran producto de mi imaginación. Y desapareciste. Y me dejaste sola, con el corazón roto en 1001 pedazos, porque lo hiciste de la peor forma que pudiste: me dejaste cuando en mi corazón era tu nombre el que estaba escrito.

miércoles

Cada vez que escuchaba esa canción las lágrimas inundaban mis ojos. Aquella canción que me arañaba el corazón, que me ponía los pelos de punta y que tantas veces habíamos escuchado, uno al lado del otro, dejándonos invadir por la letra y pensando que ocurriría. Cada vez que cerraba los ojos podía verle a mi lado, tan guapo como la primera vez que le conocí, haciendo que mis mejillas se tornasen rosas por la vergüenza, haciendo que mi corazón latiese a mil por hora, haciéndome sentir tan especial. Podía recordar todos los lunares de su cara, el número y el lugar exacto donde se encontraban. Sentía sus ojos mirándome, brillando como cuando uno está perdidamente enamorado. Incluso recordaba como pronunciaba mi nombre, con ese desparpajo y la gravedad de su voz. Era el sonido más bonito del mundo. Y tenía aquel perfume grabado en mi mente, como cuando se sentaba a mi lado, se apoyaba sobre mi, y aquel olor me embargaba y me hacía pensar en él.

Cada vez que escuchaba aquella canción notaba un pinchazo en el estómago: el sentimiento de saber que, probablemente, nunca le volvería a ver.

Querida Nonna,

Llevaba tiempo pensando en cómo empezar esta carta, buscando alguna manera especial y distinta que la distinguiera de las demás. Pero no la he encontrado. Así que simplemente me limitaré a contarte todo lo que está pasando.

Hace ya dos semanas que te fuiste, catorce días, catorce noches en las que al cerrar los ojos no hacía más que acordarme de el último día que te vi sin saber que ya nunca más volverías a reñirme, a corregirme, a reirte conmigo… Y aún no me acostumbro. Y sé que era lo mejor, por que tú no merecías seguir sufriendo, no merecías llevar una vida basada en médicos y preocupaciones. Pero soy egoísta, y me gustaría tanto que siguieras con nosotros.

Por que, después de pasar estos 19 años juntas, aún no sé como decirte adiós. Y quizás es porque no quiero aceptar el hecho de que, cuando entre en tu casa, no estarás sentada en tu butaca, con tu mantón echado sobre los hombros esperando recibir un beso. Y me duele, me duele mucho, pensar en todo lo que ya no vas a ver, las cosas que te vas a perder, las Navidades que no vamos a compartir, los primeros pasos de Vera, los cincuenta de Edi… Has compartido toda mi vida, eras un motor dentro de ella, y ahora mi energía no es capaz de recuperarse.

Y quiero decirte gracias, gracias por todo. Gracias por toda la sabiduría que me has dado, que nunca nadie llegará a superar; gracias por todas tus historias, por compartir tus recuerdos conmigo, fueran tristes o alegres; gracias por haber sido una abuela distinta, porque eras discreta, y siempre me guardabas los secretos. Pero sobre todo, gracias por lo que me has enseñado, gracias porque, gracias a ti, he aprendido algo que nunca olvidaré, y es las ganas de luchar. Tú has luchado toda tu vida contra todo, sabiendo que si lo hacías, conseguirías lo que querías. Y eso es lo más valioso que yo me llevo de ti, Nonna.

Así que, ahora, estés donde estés, allí arriba, espero que estés observándonos, y que te des cuenta el hueco que has dejado, y que nunca nadie sustituirá, y que nos cuides a todos, y que algún día, vengas, y te despidas, pero no con un “adiós”, sino con un “hasta luego”. Por que si dijera adiós, sería como borrar todos aquellos recuerdos que me has dado. Así que sólo cerraré los ojos y me acordaré de que compartiste algo conmigo, y que, aunque de una forma, no pueda, yo te estaré abrazando todas las noches, dándote un beso antes de irme a dormir, y, una vez más, agradeciéndote todo lo que has hecho por mi.

Te quiero muchísimo, y te echo mucho de menos,

Irene

domingo

Siempre había querido escribir una bonita historia de amor, una de esas que no tiene final, una de esas en la que los protagonistas se enamoran perdidamente el uno del otro, comparte los momentos más especiales que una pareja puede compartir. Una de esas historias en las que los sentimientos son los protagonistas y que, pase lo que pase, nunca acaban mal. Y ahora me doy cuenta de que esa historia que siempre he querido escribir, es aquella que yo deseaba vivir. Es la historia que yo quería haber vivido con esos ojos azules.

Quería perderme en tu mirada para siempre, y no volver atrás nunca. Quería mirar tu cara cada mañana, despertarme y verla a mi lado, en paz, durmiendo, tranquilo, con la única preocupación de si yo estaría a tu lado cuando abrieras los ojos. Quería cogerte de la mano y que me prometieras que nunca me soltarías. Quería tenerte conmigo, siempre, a mi lado, y no separarnos nunca. Quería que todas aquellas palabras bonitas fueran para mí, y que ninguna fuera un reproche. Quería que tú me quisieras como yo te quise.

Y ahora me he dado cuenta de nunca va a existir una historia de amor, nunca voy a volver a ver esos ojos azules otra vez, nunca voy a volver a fantasear con que algún día llamarás a mi puerta y me dirás que por fin te has dado cuenta de que me quieres, nunca voy a volver a soñar que mi mano y la tuya se juntarían para siempre. Y es por que las historias de amor no tienen un final, son infinitas, eternas, siempre se recuerdan, de una manera u otra. Pero nuestra historia hace tiempo que tiempo que tuvo un final, y por eso sé que se ha acabado.

sábado

Los primeros rayos de sol me despertaron. Abrí los ojos lentamente y parpadeé al tiempo que recordaba que hacía allí. Miré a mi derecha y allí estaba él. Su pecho desnudo se tornó de un color tostado con la luz del sol, sus bucles parecían más dorados que nunca; su expresión era tranquila, en paz, y en sus labios se dibujaba una pequeña sonrisa. Me acurruqué a su lado y cerré los ojos, aspirando su olor, intentando recordarlo. Él se revolvió en sueños y comenzó a despertarse. Yo cerré los ojos, por miedo a que él hiciera como si aquella noche no hubiera existido. Pero no fue así. Acercó su rostro al mío y me besó. Tan dulce como siempre. Permanecí con los ojos cerrados mientras el acariciaba mi torso desnudo. El contacto con su mano aceleró mi pulso.


- No te puedes imaginar el tiempo que llevaba esperando este momento - dijo al tiempo que se acurrucaba a mi lado y me arropaba con sus brazos.

> Ahora que estás dormida, ahora que no puedes escucharme... quiero decirte que te quiero. Te quiero de verdad. Como nunca he querido y querré a nadie. Pensar que no puedo estar contigo me duele, y la simple idea de perderte hace que yo pierda la cabeza. Cuando me dijiste que estabas enamorada de mí, me asusté. Me asusté de lo que sentí en aquel momento, de las ganas de abrazarte, de besarte, de las ganas que tenía de quedarme a tu lado para siempre. Fue demasiado para mí. Pero he sido tan cobarde que durante estos dos años no he tenido la valentía de levantar el teléfono y llamarte, y decirte que no importan los kilómetros, que no importa nadie ni nada, ni las diferencias, ni las similitudes, que lo único que en esta vida me importa eres tú. Y siento tanto haberte hecho tanto daño... lo siento mucho....


Su voz se quebró y pude notar como las lágrimas secaban de sus ojos. Me besó en la frente y se quedó allí quieto, llorando en silencio, abrazado a mí. Poco a poco me fui acercando a su oído y, en voz muy baja le susurré.


- Ahora estás aquí y es lo único que importa.

viernes

Claudia, un ángel

Hoy, ha sido la primera vez en mis dieciocho años de vida que voy a un funeral. Y, ojalá no hubiera tenido que ir. Ha muerto un ángel, una sonrisa en mi vida, una lucecita pequeña, pero que brillaba con fuerza cada día, que nos hacía sonreír a todos, nos lleno de ilusiones, de amor y de felicidad. Se ha ido mi niña pequeña, con sólo un año y medio, con toda la vida por delante.

Y hoy, más que nunca en mi vida me pregunto, si Dios existe, ¿por qué hace esto? Llevarse a un bebé, una persona que no le había hecho mal a nadie, un soplo de felicidad para todo aquel que la viese sonreír.

Supongo que es fácil responder "Se la ha llevado a un sitio mejor"... Pero en mi cabeza no encuentro un lugar mejor que con su familia.

Hoy por primera vez en mi vida, he oído como mi corazón se ha roto en mil pedazos, he llorado hasta que mis ojos no han dado más de sí, y en mi cabeza, he recordado una y otra vez, todas las sonrisas que mi ángel me dedicó los seis meses que pasamos junto a ella.

Sólo quería despedirme de ella, decirle que la quiero muchísimo, y que este vacío que ha dejado en mi corazón nunca nadie podrá recomponerlo.

Gracias por todo, bolita, gracias por la magia que trajiste a mi vida.




Vas a estar siempre en mi corazón, Claudia

26111

jueves

¿Sabes qué es lo peor de todo esto?
El recuerdo. Duele. Duele muchísimo. Está dentro de mí, arañándome, saliendo a recordarme que siempre estará conmigo. Y me hace llorar. De rabia, de dolor. Por no haber sido la persona que tú decidiste querer, por no haber conseguido que tú me quisieras tal y como yo soy.
Lo siento tanto...

martes

El frío de la noche se mezcló con las espirales de sensaciones que el alcohol me estaba provocando. Sentadas sobre un banco, charlábamos y nos reíamos de cosas sin sentido. De pronto, alguien me tapó los ojos. Toqué las manos del desconocido, intentando reconocerle. Y supe quien era. Retiré la venda de mis ojos y me giré. Y allí estaba, una vez más y como siempre: alto, esbelto, con una sonrisa de oreja a oreja, su pelo más corto y un poco más oscuro. Pero había algo que no había cambiado: sus ojos. Grandes y azules, brillantes y mirándome como aquellas tardes de verano.

Me levanté y di un paso atrás. Había olvidado lo mucho que le quería, lo mucho que me gustaba aquella sonrisa y aquellos ojos, lo mucho que había echado de menos estar cerca de él. Él, sin embargo, se acercó a mí y, sin dejar de sonreír, me abrazó.

- ¡Qué ganas tenía de verte! -dijo al tiempo que su mano me acariciaba el pelo.

Su voz sonaba efusiva, demasiado, y cuando me besó en la mejilla pude notar el olor a alcohol. Se separó un poco de mí, pero agarró mis manos, con fuerza. Yo no era capaz de mirarle a los ojos.

- ¡Ey! ¿Qué te pasa?¿Estás bien? O me vas a decir que no tenías ganas de verme...

Compuse una sonrisa forzada y solté sus manos. Pero él agarró mi cara y, de repente, me besó. Cerré los ojos, sorprendida, enamorada, ilusionada... Pero al darme cuenta de lo que me estaba pasando, me separé de él y eché a andar hacia el lado contrario.

- ¡Irene, oye, qué haces!

Aceleré el paso pero él, claramente más rápido me alcanzó.

- Oye, no te entiendo, dijiste que me querías, que estabas enamorada de mí, y ahora ¿te rajas?

Estaba temblando. No sabía que hacer, si ignorarle o explicárselo. Estaba entre la espada y la pared.

- Joder, ¿quieres por lo menos mirarme a la cara?

Me giré y, después de un año, le miré a los ojos.

- ¡Es que eres imbécil! Joder, has bebido, no sabes lo que haces y mañana cuando te despiertes ni siquiera recordarás haberme visto... No puedes pretender que después de lo que siento me dejé utilizar de esta manera. No quiero entrar en este juego, no quiero seguir sufriendo.

Le di la espalda y seguí caminando. Pero él me agarró la mano y me hizo mirarle.

- Escúchame: no te he besado porque esté borracho. Te he besado por que, joder, estaba deseando hacerlo, porque me moría de ganas de verte y no sabía qué hacer para decírtelo; llevo mucho tiempo esperando este momento, creeme.

- No digas eso. No es verdad. Estás diciendo esto porque únicamente necesitas una tía a la que tomarle el pelo, alguien que te consuele esta noche. Pero sabes, estoy harta. Y aunque me estoy muriendo de ganas de que vuelvas a besarme, aunque desearía con todo mi corazón que esto que me acabas de decir fuera verdad, no lo es. Y no puedes jugar conmigo, no es justo.

Se quedó callado, mirándome. Pude leer la vergüenza en sus ojos.

- Te juro que te quiero, Irene.

Se me empañaron los ojos.

- Me quieres esta noche, mañana te habrás olvidado de mi nombre.

viernes

Yo elegí quererte y todas las consecuencias que eso conlleva, elegí que tu fueses la persona que llenase mis días de sonrisas, elegí que tu olor era el que mejor le venía a mis sabanas, yo elegí que me comieras a besos, elegí también tu voz al otro lado del teléfono. Elegí llorar por ti de vez en cuando, elegí creerme tus verdades y creerme a medias tus mentiras. Elegí que no quería otros abrazos, que no quería otras manos agarradas a las mías, que no quería ver por la mañana otra cara que no fuese la tuya. Elegí nuestro mes del año y nuestro día del mes. Elegí que tú fueras mi locura y mi cordura, elegí llenar el silencio de la noche de nuestra risa. Elegí las idas y venidas, las despedidas. Elegí la impotencia, la incertidumbre. Elegí el miedo a fallar y los impulsos, elegí las miradas, elegí temblar, elegí hacerme adicta a sus palabras, al corte de tu voz. Elegí conservar intacto cada momento, y dejar huella de lo que algún día fue. Elegí que mi mayor hobby era verte dormir entre sabanas blancas, elegí no callarme nada, elegí darte todo, elegí hablar de nosotros cuando hablaba de ti, elegí ser fuerte y luchar por un solo motivo. Elegí darte todas mis oportunidades, elegí quedarme con tus manías, tus defectos y tus carencias. Elegí la pasión a gran escala, elegí estremecerme solo y únicamente con tus caricias, elegí no ponernos límite. Elegí el sabor agridulce de las discusiones que acababan en abrazo, elegí derrumbarme cuando ya no aguantaba más, elegí encontrarte en lugares donde nunca estarías, elegí seguir queriéndote aún enfadados. Elegí arriesgar y jugármela por ti. Y no me arrepiento de nada.

miércoles

Era media tarde. Un día frío de otoño. Comenzaba a oscurecer. Estaba sentada en uno de los columpios del parque, esperando. El viento agitó los árboles y las hojas se arremolinaron a mis pies. Una sombra apareció detrás de mí. No me hizo falta levantar la cabeza para saber de quién se trataba. Sonreí y me acomodé en mi sitio, balanceándome ligeramente de atrás hacia delante. Por fin, se decidió a hablarme:
-Hola.
Esperé a que dijese algo más, pero de su boca no salió nada más que un leve suspiro. Agarró el columpio vacío y se sentó, quieto, con la vergüenza reflejada en su semblante.
-Hola- le respondí amablemente-. ¿Qué haces aquí? Pensaba que habías dicho que no te gustaban los parques.
No respondió. Permaneció quieto, con el rostro colorado y mirándose los pies. Me levanté del columpio y caminé hacia la salida del parque. Su mano agarró mi brazo con fuerza, reteniéndome.
-No te vayas- su voz sonó suplicante.
-Es tarde, está oscureciendo y me queda una hora de camino hasta casa.
No me soltó el brazo, me agarró con más firmeza, se levantó del columpio, y aferrándose a él aún tenazmente, me hizo dar la vuelta.
-Quería hablar contigo- dijo mirándome a los ojos, y ruborizándose cada vez más.
Aparté la mirada. Temí que aquel rostro que tanto quería pudiera hacerme daño.
-¿Y de qué querías hablar? -pregunté intentando contener las lágrimas.
Titubeó un momento, pero tras esa pausa me soltó el brazo y con ambas manos tomó mi rostro, alzándolo para poder mirarme a los ojos. Parpadeé para impedir las lágrimas; no quería que me viese llorar. Él no.
-Quería hablar de nosotros -respondió a mi curiosidad con su suave voz, pronunciando 'nosotros' con mucho énfasis-, de lo que tú sientes por mí, y de... de lo que yo siento por ti.
Me las arreglé para apartar la mirada y agaché la vista, dejándola perdida mirando hacia al suelo.
- Sé que te he hecho mucho daño. Me he comportado fatal, te he avergonzado y te he herido, pero, por favor, quiero que me escuches.
Seguí mirando al suelo, pero asentí levemente. Oí cómo tomaba aire y lo soltaba. Estaba nervioso.
- Desde que te vi, siempre me has gustado, desde aquella primera vez que hablamos. Cuando estaba contigo era como estar en una nube, contigo siento que puedo ser yo mismo, que puedo ser quien de verdad quiero ser. Nunca quise hacerte daño, de verdad, nunca. Y sé que no te merezco, sé que soy un mierdas por haberte hecho tanto daño, pero de verdad, te quiero. Te quiero como nunca he querido a nadie.
Soltó todo aquello que durante mucho tiempo se había guardado dentro. No le miré a la cara, no pude contener las lágrimas que empezaron a caer por mis mejillas. No dije nada, me quedé callada, llorando en silencio, asimilando aquello que siempre había deseado escuchar de sus labios. Entonces noté cómo se acercaba a mí, cómo me rodeaba con su brazos y me apretaba contra su pecho. Me abrazó, y apoyó su cabeza sobre mi hombro.
- ¿Lo ves? No tengo derecho a pedirte que me quieras. No soy perfecto, no soy para ti, soy una porquería.
No pude soportar oírle decir todo aquello, le aparté suavemente y busqué sus ojos con los míos. Una vez más, me perdí en aquellos ojos azules que tanto quería, unos ojos que me habían hecho sufrir como nunca. En esa mirada, ambos expresamos todo lo que nunca habíamos sido capaces de decir, no hacían falta palabras, porque ya sabíamos todo. Me cogió el rostro y con mucho cuidado, me besó, con dulzura, con cariño, con amor. Nos separamos y él me abrazó de nuevo. Acerqué mis labios a su oído y muy bajito le susurré:
- ¿Sabes qué?
- Dime.
- Me gustan las cosas imperfectas.

martes

Él. Ojos azules. Jadeos. Besos. Sonrisas. Manos que suben. Pantalones desabrochados. Y sólo ellos dos, sólos, nadie más.
Por fin, después de un año, ha conseguido lo que más ansiaba: tenerlo para ella sola. Él la besa, una y otra vez, con ganas, con pasión, con necesidad. Ella se abandona, se deja amar, se entrega a él. Nunca había sido tan feliz.
La noche se va haciendo más y más profunda, hasta que finalmente, él se duerme. La luz de la luna ilumina tenuemente la habitación. Ella se incorpora y lo observa. ¡Qué feliz es!. Y cuanto lo quiere, más que a nadie. Sonríe y se acurruca a su lado, abrazándolo con fuerza, sintiendo su presencia hasta que se duerme.
Comienza a amanecer; el sol filtra sus rayos por la ventana, dotando a la habitación de luz natural. Ella entreabre los ojos y mira a su lado. Pero no hay nadie. Se incorpora rápidamente y palpa la cama. “¿Dónde está?¿dónde se ha metido?”.
Se levanta de la cama y comienza a vestirse cuando él entra en la habitación. Vestido con unos vaqueros cortos, sin camiseta, sus rizos castaños despeinados y con un brick de leche en la mano. La mira fijamente, con sus ojos azules. Y ella siente que se muere de amor, y se levanta, dispuesta a besarle con todas las ganas y la pasión posible.
Pero él se aparta. Un paso hacia atrás. Una mirada interrogante.
-¿Qué haces?
-Darte los buenos días… -murmura ella.
-Ya, pues no quiero tus buenos días. Y vístete anda, que tengo que ir a clase-responde él saliendo por la puerta.
Y allí se queda ella, sola, destrozada, las lágrimas asomando en sus ojos, la cara descompuesta. Pero no va a quedar así. Le sigue hasta la cocina.
-Pero, ¿tú de qué vas? Me llamas ayer, me dices que me necesitas, que tienes que verme, que me echas de menos… Y yo vengo, y tú… tú me besas y me abrazas, y otra vez me repites que necesitas que esté contigo, y… lo de anoche… -nota como las lágrimas quieren escapar de sus ojos.
Él la mira fríamente. Sus ojos azules clavados en ella.
-Lo de anoche fue sólo un polvo. No hay nada más. Tú no significas nada para mí. Simplemente tenía ganas de acostarme con alguien, y sabía que tú acudirías corriendo.
Y ella le cree, le cree por que le mira a los ojos, y ve que allí no hay rastro de aquel supuesto amor que anoche había, sólo ve indiferencia. Y no puede aguantarlo, y rompe a llorar. Le grita, le insulta, le golpea… Cae al suelo, débil, siente un fuerte dolor en el pecho. No puede soportarlo. Todo lo que había ocurrido anoche para ella había sido algo mágico. Pero estaba equivocada. Había sido todo una mentira. Había creído ser alguien importante para él. Pero sólo era una más, una estúpida chica dentro de su gran colección de mentiras.

miércoles


La miro. Me quedo en silencio. Después asiento y sonrío. Ella querría devolverme la sonrisa, pero otra oleada de dolor le hace cerrar los ojos. Esta vez, más rato. Le cojo la mano. Ella me la aprieta con fuerza, con una fuerza inesperada. Después suelta la presa y vuelve a abrir los ojos, y cansada, más cansada que antes, esboza una sonrisa.