"Para ti, que llegaste de repente y cambiaste el argumento de esta historia y el de mi vida."
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domingo

Quilómetros que matan


No lo entiendo. De verdad que no puedo entenderlo. Explícamelo. Ayúdame a entender por qué lo haces. Explícame como, durante cinco meses, estando a 1186 quilómetros de distancia, en diferentes zonas horarias, en diferentes países, te comportas conmigo como si fueras la mejor persona de este mundo. Apoyándome, ayudándome, haciéndome reír, contándome secretos… Y vuelves, después de todo, y te comportas como si fuéramos dos extraños. Te juro que no lo entiendo. Y lo peor es lo mucho que me duele tu comportamiento. No sabes el daño que me haces que me ignores, que no me hables, que actúes conmigo como si no nos conociéramos, que no me preguntes “Oye, ¿cómo va todo?”. De verdad, no lo entiendo.

No entiendo como 1186 quilómetros eran mejor que vivir a 500 metros el uno del otro. No entiendo por qué. Y no sé si quiero entenderlo. No sé si quiero oír explicaciones, o excusas, o lo que sea. Lo único que entiendo es que, como siempre, al final yo soy la que sale perdiendo. Y eso me duele más que nada.

miércoles


Tiempo.

Más tiempo.

Es lo que necesitaba. Sólo un poco más. Quizás otros 145 días. Incluso menos. O más. Pero no mucho más. Sólo necesitaba tiempo. Tiempo para pensar. Tiempo para ordenar mi cabeza. Tiempo para entender lo que me pasaba. Tiempo para recomponer mi corazón. Era lo que necesitaba. Y cuando pensé que podía olvidar que algo dentro de mí me grita “ve por él”, apareces de nuevo. Aparecer de nuevo y de la forma menos indicada. Apareces por sorpresa, sin avisarme, sin darme tiempo a aclarar mis ideas, a pensar una respuesta, una solución. No me has dado el tiempo suficiente para poder olvidarte. Y aún encima, haces eso. Volver como si nada. Como si nos hubiéramos visto hace unas horas. Como si las cosas no hubieran cambiado en 145 días. Como si no me hubiera pasado 145 días esperando que volvieses. Como si no hubiese pensado 145 noche en ti. Como si esos 145 días en los que tú cambiaste no me hubieran cambiado.

Sólo necesitaba otros 145 días más para sacarte de mi cabeza. Pero sobre todo, necesitaba otros 145 días para sacarte de mi corazón. Y ahora ya es demasiado tarde.

viernes


Ya no puedo más. Estoy harta. Estoy cansada.  Estoy harta de irme a dormir cada noche y soñar contigo. Estoy cansada de despertarme cada mañana con la angustia de saber que nunca te voy a volver a ver.

No dejo de soñar contigo y con esos ojos azules. No dejo de acordarme de ti, cada día, a cada hora. Te juro que lo he intentado, lo he intentado de todas las formas posibles, pero no puedo. No puedo sacarte de mi cabeza. Y tampoco de mi corazón. Te quiero. Te quiero desde hace tres años, y te sigo queriendo a pesar de que sé que nunca me querrás. Y me siento una imbécil, una maldita imbécil que sigue soñando que apareces otra vez en mi vida, como el primer día que te vi, con aquella sonrisa, con aquellos ojos. Porque sigo creyendo que no eres la primera persona que me rompió el corazón. Porque te sigo queriendo, y me odio cada día por sentir lo que siento.

Y te pido perdón. Perdón por todo lo que he dicho, porque lo único que he querido desde aquel verano, es oírte decir que tú también me querías. Y me odio cada día porque sé que nunca sentirás lo mismo que yo. Y estoy harta, y cansada. Y estoy triste. Y se me vuelve a romper el corazón como el día que te dije que era tuya, y tú te fuiste para siempre.

sábado


Ella sólo piensa en él. Él hace años que la ha olvidado. Ella hace años que sólo piensa en él.  Él hace años que no recuerda ni como se conocieron. Ella sale la calle y piensa “Ojalá nos cruzásemos”. Él sale a la calle y piensa en que se ha olvidado el tabaco. Ella se arregla, se viste, y se maquilla, todo para él. Él se pone un chándal y unas deportivas, y piensa que es otro día. Ella sueña todas las noches con él. Él sueña con todas las chicas menos con ella. Ella cada noche se imagina que hace el amor con él. Él cada noche hace el amor con una distinta. Ella piensa en él. Él nunca pensó en ella. Ella recuerda su nombre, su apellido, su número de teléfono. Él no recuerda ni que la conoce. Ella llora por él. Él la hace llorar. Ella se enfada, grita, intenta sacárselo de la cabeza. Él cada vez se olvida más y más. Ella llora cada vez que piensa él. Él nunca ha soltado una lágrima.

Ella le quiere desde hace años. Y él hace años que decidió que nunca iba a quererla.

viernes


La noche se fue haciendo más y más oscura y más y más fría. Notaba mis dedos completamente congelados y mi nariz estaba roja del frío. Pero seguía allí esperando. Durante horas. Una, dos, tres… Y seguían pasando, y seguía esperando.  Notaba como me iba quedando más y más fría, y como se me iban cerrando los ojos. Notaba que las fuerzas se me iban y lo único que deseaba en aquel momento era llorar y dormir. Llorar toda la noche, dormida, soñando, despierta… Pero tenía que esperar. Aún podía llegar. Esperé una hora más, y otra, y otra… Y cuando me di cuenta de que no iba a venir, intenté levantarme, y noté mi cuerpo muy débil, no tenía apenas fuerza en las piernas. Me apoyé en el banco en el que estaba sentada y contuve las lágrimas.

-  ¿Cuánto tiempo llevas esperando?

Escuché su voz y me sobresalté. Levanté la cabeza y allí estaba, sentado a mi lado, con las manos metidas en los bolsillos, mirándome con una sonrisa pícara. Le lancé una mirada furiosa e intenté levantarme, pero estaba completamente congelada, y tuve que sentarme en la esquina del banco, dándole la espalda, intentando recuperar las fuerzas.

- Sólo cinco meses, no pasa nada. Puedo esperar cinco más.

Lo dije dolida, porque era como me sentía. Dolida. Enfadada. Triste. Él se acercó a mi y apoyó su espalda contra la mía.

-  Pensaba que habíamos quedado hace unas horas. – dijo en tono divertido.

Pero todo aquello no tenía ninguna gracia. No para mí. Estaba harta de él, de sus juegos sin sentido, de sus indirectas, de sus tonterías de niño pequeño. No iba a volver a la adolescencia por un chico. No otra vez. Me levanté bruscamente y caminé unos pasos hasta que mis piernas, congeladas, me obligaron a parar. Las lágrimas empezaron a salir de mis ojos. Intenté mantener el equilibrio, pero apenas tenía fuerzas. Debía haber una temperatura bajo cero, y llevaba demasiadas horas soportándola. No fui capaz de aguantar y caí al suelo, de rodillas. Empecé a llorar, cada vez más y más. No podía parar. No era capaz. Me dolían las piernas, las manos, la cabeza… y sobre todo me dolía el corazón. No podía soportarlo más, no quería soportarlo más.

De repente, noté como un brazo me rodeaba y como apoyaba mi cuerpo sobre alguien. Levanté la cabeza y ahí estaba él.

- Eres tan tonta. No tenías porque esperarme. Yo nunca te pedí nada, no creo ni siquiera que insinuase nada… - no terminó la frase.

- Tú lo has dicho – dije mientras me secaba las lágrimas- soy tonta, y por eso lo he hecho.

Entornó los ojos y me miró. Me miró de una manera que nunca lo había hecho. De una forma que hizo que se me parase el corazón, que hizo que cada fibra de mi cuerpo temblase, que me hizo tener unas ganas terribles de echar a correr.

-  Me alegro tanto de que me hayas esperado.

Acercó su cara lentamente a la mía y apoyó su frente contra la mía. Podía notar su cara también congelada, sus mejillas húmedas, podía notar lo nervioso que estaba.

- Te quiero. Te quiero tanto. Te quiero desde hace más de cinco meses. Lo he sabido desde hace mucho, pero soy un tonto, yo sí que lo soy, un tonto y un cobarde, que no ha tenido el valor de decirte lo que siento por miedo a lo que pudiese pasar. Pero quiero que lo sepas. Quiero que sepas que te quiero como nunca he querido a nadie. Y que voy a estar aquí siempre. Sujetándote, apoyándote, ayudándote. Aunque tú no me necesites.

No me había dado cuenta de que había empezado a llorar otra vez hasta que él acercó sus labios a los míos y me besó. Y en ese momento supe que yo también le había querido desde hace mucho tiempo.

jueves


“Eres una genio, por eso te quiero”

Tres años. Han pasado ya tres años. Tres años desde aquella tarde en la que tuve el valor de, por primera vez en mi vida, abrirle mi corazón a una persona y decirle que estaba enamorada de él.

“Se nota que vamos a ser reyes del mundo”

Tres años desde aquellas conversaciones que me hacían creer que podíamos llegar a ser algo, tres años desde aquellas tardes de miércoles de risas y abrazos.

“Ahora tenemos que ser novios, ya que somos la pareja perfecta”

Tres años desde aquellas confidencias entre tú y yo, aquellas que sólo nosotros sabíamos y que no compartíamos con nadie más.

“Ojalá pudiera disfrutar de tu compañía todos los días”

Tres años ya. Tres años eternos y dolorosos. Tres años rogando que algún día te dieses cuenta de que me querías. Tres años deseando encontrarme contigo por casualidad. Tres años arrepintiéndome de haberte contado lo que sentía. Tres años en los que, ni un solo día, he sido capaz de olvidarme de ti.

lunes


Había olvidado que ni la distancia ni el tiempo hacen el olvido. Lo había olvidado, al igual que creí haber olvidado tu nombre, tu cara, tus ojos, tu voz… Pero no había olvidado ningún detalle.

Llevaba toda la noche con una sensación rara, como sabiendo que algo iba a pasar. Y pasó, claro que pasó.

Eran las dos y media, y el alcohol, el calor de las hogueras y el cansancio estaban empezando a hacer mella en mi. Por un momento giré la cabeza y allí estaba de él. Después de tres años, seguía igual que siempre. Con aquellos rizos trigueños, aquella sonrisa tímida, y aquellos ojos azules que tanto echaba de menos. Mis labios formaron su nombre, pero de mi boca no salió ningún sonido. Agaché la cabeza para que no me viera, pero alguien a mi lado le llamó. Dio medio vuelta y me miró. Pero aquel no era el reencuentro que yo esperaba.

Ni un hola, ni un abrazo, ni un “cuanto tiempo”. Nada. Sólo indiferencia, recuerdos, ninguna señal de que se acordase ni de cómo me llamaba. Y una vez más, después de tres años, y de prometerme a mi misma que no volvería a hacerlo, oí como mi corazón se volvía a romper en mil pedazos, como aquella barrera que yo había creido construir se derrumbaba, y como, una vez más, lo único que quería era que me volviese a mirar a los ojos y a dedicarme una de sus sonrisas.

Pero no fue así, sólo se quedó allí plantado, hablando como si yo fuera un simple objeto decorativo, una persona más, a la que el no conocía. Invisible para él, como siempre lo había sido.

Y así me quedé, escuchando su voz en silencio, sin atreverme a levantar la mirada, sin atreverme a enfrentarme a él, sin tener la valentía de, después de tanto tiempo, ser capaz de olvidarle.

miércoles

Adiós. La palabra con más dolor, más pena, más sufrimiento que nunca nadie te puede decir. Adiós. Yo no quiero decir adiós a nadie, por que decirlo supondría que esas personas desaparecerían de mi vida, y yo no quiero que eso pase. Quiero decir adiós al pasado, decir adiós a lo malo, a lo que nunca fue. Y con este adiós, me quería despedir también de la ciudad en la que vivo. No me duele decirle adiós, es una decisión que tenía que haber tomado hace dos años, pero supongo que fui demasiado cobarde. Pero ahora me he dado cuenta, tengo que hacerlo. Tengo que decirle adiós a Vigo, la ciudad en la que llevo viviendo diez años, no la ciudad que me vio nacer, que fue Coruña, y que siempre la llevaré en el corazón como una de mis ciudades favoritas. Pero Vigo no. Vigo ha sido mi infierno personal desde los nueve años. En Vigo me han maltratado durante meses, impidiéndome así acostumbrarme a mi primer año lejos de mi vida, Vigo me ha traido todas las despedidas más dolorosas de mi vida, Vigo me ha traído los peores momentos vividos con mi padre, Vigo me ha traído el primer amor, pero también el más doloroso. Son recuerdos, ya pasados, pero que guardaré bajo llave dentro de mí. Porque ha llegado el momento de decirle adiós a una ciudad que durante diez años, lo único que ha hecho ha sido traerme dolor. Y por eso, pase lo que pase, de ahora en adelante, espero que decir adiós, suponga el comienzo de algo nuevo y feliz para mí. Adiós Vigo.

¿Sabes a que me recuerdas? A una canción. A una de esas canciones que se te quedan marcadas para siempre, y aunque pases 20 años sin escucharla sigues acordándote de la letra. Una de esas canciones con teclas de piano sonando lentamente pero que poco a poco van cogiendo impulso para acabar siendo apoteósicas. Esas en la que cada palabra es más bonita que la anterior y las oraciones más complejas no suponen ningún problema. Una de esas canciones tristes y bonitas a la vez, una de esas canciones con historia, a veces mejores, a veces peores, pero una de esas canciones que siempre recuerdas. Eres como la canción que sale la primera en aleatorio, y que por más que repitas una y otra vez, aparece siempre la primera para que no la olvides. Esa que hace que se te empañen los ojos, que hacen que tu pelo se ponga de punta y que el corazón acelere el ritmo. Eres una de esas canciones que encuentras sólo una vez en la vida.

sábado

“Eres mi sensación favorita”

Porque siento que cuando estás cerca, lo imposible se vuelve posible. Porque no importa que la mayor parte del tiempo nos enfademos, gritemos e insultemos, por que lo más bonito son las reconciliaciones, que bien lo sabemos nosotros. Porque oigo tus pasos y mi corazón sigue su ritmo, y empieza a latir cada vez más rápido, a medida que te acercas corriendo hacia mí, para taparme los ojos y, como un niño pequeño, preguntar: “¿Quién soy?”. Porque descubrir un lunar nuevo es como encontrarse con otro planeta en la Vía Lactea: el mayor descubrimiento del mundo. Porque puedo contar una y mil veces tus pestañas, y olvidar cuantas son para, la mañana siguiente, acurrucarme a tu lado y volver a contarlas. Porque me encanta ese olor a tabaco y a café que tienes, que son dos cosas que odio, pero que en ti se vuelven los mejores olores de este jodido mundo. Porque me guiñas un ojo, y siempre es el mismo, y sólo lo haces conmigo, y no sabes como me gusta que seas tan chulito. Porque me dijiste que te gustaba la cerveza, y yo te dije que la odiaba, y prometiste dejar de beberla para que tu boca no supiera a nada. Porque subimos juntos a Notre Damme y contamos las gárgolas que allí vivían, y te reíste y me dijiste que eran infinitas, como el tiempo que querías pasar conmigo. Porque estás guapísimo despeinado, pero prefieres ir engominado, que me da igual, mientras sigas dejándote ese brillo tan especial. Porque nos despedimos, y oíste como lloraba, porque te acercaste a mi y me abrazaste y me prometiste que no iba a pasar nada. Porque te creí, y lo sigo creyendo. Y porque me dices que pase lo que pase, lo nuestro no fue un cuento.