"Para ti, que llegaste de repente y cambiaste el argumento de esta historia y el de mi vida."
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viernes


Ya no puedo más. Estoy harta. Estoy cansada.  Estoy harta de irme a dormir cada noche y soñar contigo. Estoy cansada de despertarme cada mañana con la angustia de saber que nunca te voy a volver a ver.

No dejo de soñar contigo y con esos ojos azules. No dejo de acordarme de ti, cada día, a cada hora. Te juro que lo he intentado, lo he intentado de todas las formas posibles, pero no puedo. No puedo sacarte de mi cabeza. Y tampoco de mi corazón. Te quiero. Te quiero desde hace tres años, y te sigo queriendo a pesar de que sé que nunca me querrás. Y me siento una imbécil, una maldita imbécil que sigue soñando que apareces otra vez en mi vida, como el primer día que te vi, con aquella sonrisa, con aquellos ojos. Porque sigo creyendo que no eres la primera persona que me rompió el corazón. Porque te sigo queriendo, y me odio cada día por sentir lo que siento.

Y te pido perdón. Perdón por todo lo que he dicho, porque lo único que he querido desde aquel verano, es oírte decir que tú también me querías. Y me odio cada día porque sé que nunca sentirás lo mismo que yo. Y estoy harta, y cansada. Y estoy triste. Y se me vuelve a romper el corazón como el día que te dije que era tuya, y tú te fuiste para siempre.

sábado

Era de noche ya y hacía frío, mucho frío. Ese frío de invierno, que te congela hasta la punta de los dedos, que te hace temblar y desear beberte una taza de chocolate caliente. Pero no temblaba por eso. Sentada en aquel banco, mientras las hojas de los árboles querían decirme algo pensaba en él. Y en todo lo que había pasado. O en lo que no había pasado. En lo que nunca pasaría. Definitivamente pensaba en él. Y cada vez que lo hacía, ese frío invernal se metía dentro de mí y me hace estremecerme, ponía mis pelos de punta y hacía que tuviera más ganas de encerrarme en mi habitación y no volver a salir nunca. Pero estaba allí, a miles de quilómetros de mi casa, frente a su casa, perdida en la gran ciudad, con poco dinero en el bolsillo y demasiadas esperanzas en el corazón. Aquello había sido una locura. Una de tantas ,claro, pero no me iba a echar atrás, no ahora. Busqué su nombre en la agenda del móvil y llamé. Vi como se encendía una luz en la casa. Mi corazón dio un vuelco.

- ¿Diga?

Contestó al teléfono como lo recordaba. Tan natural, tan espontáneo, con aquella simpatía natural y con aquella voz tan dulce. Me quedé callada al otro lado, sin saber qué decir.

- ¿Hola? ¿Hay alguien?

No sabía qué decir, qué hacer. Cómo reaccionaría él, cómo lo haría yo…

- Si esto es una broma no tiene ninguna gracia, así que voy a colgar…

- ¡No cuelgues!

Reaccioné sin pensar. Y ya no había vuelta atrás.

- ¿Quién es? –noté la inquietud en su voz.

- Soy yo. –esperaba que reconociese mi voz.

Se hizo el silencio al otro lado del auricular. Oí el jadeo de un risa y entonces noté como volvía al teléfono.

- Perdona, es que no escuchaba nada y me he enfadado un poco. ¿Cómo es que me llamas por teléfono? Habría sido mejor hablar por chat.

- No puedo usar el chat. No estoy en casa. Y necesitaba decirte algo muy importante.

- ¡Eh, no me digas que al final vas a venir! ¡Será genial, quiero enseñarte toda la ciudad!

- Ya estoy aquí.

Mi voz sonó asustada, pero segura. En el momento en que lo dije quise volver a atrás, pero sabía que ya era imposible. Tenía que decírselo. Era ahora o nunca.

- ¿Quieres decir aquí en la ciudad? ¡Cómo no me lo habías dicho! ¿Hace mucho que llegaste? ¡Oh, estoy deseando verte!

- Mira por la ventana.

- ¿Qué mire por la ventana? ¿Qué quieres decir…?

Su frase quedó inconclusa cuando me vio en la calle. Su cara de sorpresa no era mayor que la mía de asustada.

- Por favor, no cuelgues, y no salgas, sólo quiero decirte algo y me iré.

Vi su expresión de sorpresa se iba haciendo mayor pero aún así asintió y no dijo nada.

- Cuando nos despedimos en verano y volvimos a nuestras casas, noté como si me faltase algo. Me sentía extraña no levantándome todos los días y desayunar contigo, o no acostarme sin que antes me dieras las buenas noches. Han sido tres meses muy raros. Pero sobre todo ha sido así porque no te dije algo muy importante y es algo que no se puede quedar dentro de mí, porque me está destrozando día a día.
> Desde el primer día que te conocí me pareciste alguien increíble. No sólo porque seas divertido o inteligente, sino por tu manera de ver el mundo, de entenderlo. Nunca había conocido a alguien como tú y eso me atrajo de una manera que no puedo explicar. Y en esas semanas que vivimos juntos me fui acostumbrando a ti. A ver tu sonrisa a todas horas, a escuchar tu risa, a tus abrazos, a escuchar canciones juntos… Fue lo mejor de ese viaje, te lo juro, y doy gracias al día que decidí hacerlo. Pero no es por esto por lo que he soportado dos horas de viaje y miles de quilómetros. Es porque quería decirte que, si me he sentido así durante estos meses, ha sido porque tú no has estado a mi lado, porque he echado de menos cada día tu sonrisa, tu perfume, tus ojos, tu pelo. He echado de menos escuchar tu voz, que parece que se ha convertido en mi sonido favorito. Te echado tanto de menos que ahora que te lo he dicho no sé qué hacer o cómo mirarte a la cara, no sé si quedarme aquí o dar media vuelta y echar a correr. No sé si vas a reirte de mí o a llamarte loca. No sé si querrás seguir hablándome o no. Sólo sé que te quiero, y que te he querido durante estos tres meses y que he deseado cada día que tú también me quisieras.

Me quedé sin aliento y noté como se me formaba un nudo en la garganta. No era capaz de mirarle. No quería ver la burla en su cara, la sensación de haber hecho el rídiculo. Colgué el teléfono y di media vuelta. De repente noté como sobre mí empezaba a llover, y pensé en la ironía del momento, de cómo el cielo lloraba en mi lugar. Entonces note una mano agarrándome, haciéndome dar la vuelta y le vi delante de mi, tan guapo como lo recordaba, empapado por la lluvia y mirándome con aquellos ojos que tanto había echado de menos. Y de repente me besó, después de tres meses de noches en vela, de lágrimas y de dolor, me besó y me sentí la persona más feliz del mundo.

Y siguió lloviendo toda la noche, pero, si en aquel momento, el cielo lloraba, no eran lágrimas de tristeza, sino de alegría.

Aquella noche le veía más guapo que nunca. Quizás era el saber que probablemente sería la última oportunidad que tendría de bailar con él, de tomar algo con él, coger un metro de madrugada. Pero esa noche deseaba más que nunca sentirlo a mi lado.

Todo empezó como siempre. Primero unas cervezas, luego unas copas, y cuando estábamos ya animados decidimos brindar por aquella experiencia maravillosa. Y luego bailamos. Todos juntos, en parejas, solos, de tres en tres, dando gritos, saltos, riendo, llorando… Y recuerdo ese momento en el que deseé morir, cuando le vi bailando con ella, tan cerca, con tanta química, riéndose, agarrando su cintura. Recuerdo cuando me di la vuelta, y cerré los ojos con fuerza, evitando que las lágrimas salieran de mis ojos. Recuerdo como bajé las escaleras hacia el baño y me escondí en uno de los retretes, y como lloré. Oh Dios mío. Sentí que no le importaba, que todo lo que creía que podía haber pasado habían sido imaginaciones mías. Y entonces oí unas voces al otro lado de mi puerta.

- No, para, estate quieta. Estás borracha, no te enteras de nada – al momento reconocí su voz, con aquel dulce acento.

- Venga, no digas tonterías, sé que lo estás deseando… ¿O me vas a decir que te has acercado a bailar conmigo por que sí? – dijo ella; su voz sonaba totalmente artificial.

- No seas tonta! He bailado contigo por que eres mi amiga, estamos celebrando nuestra última noche de fiesta y quería pasármelo bien, eso es todo. Y ahora vete arriba a tomar el aire.

Oí unos pasos que se alejaban. No abrí la puerta. Me quedé allí, sentada sobre el retrete, tragándome todo el dolor que sentía y conteniendo las lágrimas. De repente, llamó a mi puerta.

- ¿Eres tú?

Era él. Esa voz. No dije nada, me quedé quieta, esperando a que el se convenciera de allí no había nadie. Hasta que oí como suspiraba.

- Sé que estás ahí. Así que, si no quieres abrirme, tendré que hablarte a través de una puerta. –hubo un momento de silencio en el que seguí callada- De acuerdo. He visto tu cara hace un momento. Cuando estábamos bailando. Y te he visto irte, y he querido venir para saber que te pasaba. Y sólo espero que estés triste por que mañana nos volvemos a casa. –volvió a hacer una pausa- Pero, de todas formas, quiero decirte algo. Y es que para mí, la mejor experiencia ha sido conocer a alguien tan especial como tú.

Abrí los ojos de par en par y me acerqué a la puerta apoyando mi cabeza en ella, escuchando atentamente.

- Este tiempo me ha servido para conocerte mejor, y nunca pensé que en sólo tres semanas fuera capaz de llegar a importarme tanto una persona. Cada vez que tú sonreías sentía que yo también debía sonreir, cada vez que nos sentábamos juntos y compartíamos la música sentía como si en el mundo sólo existiéramos tu y yo, cada noche cuando te ibas a acostar y te despedías de mi deseaba que la noche fuera eterna y que pudiéramos dormir el uno al lado del otro. Y sé que es ridículo, por que nos separan países y quilómetros, pero sé que no quiero perderte, no por lo que creas que hayas visto, por que creas que no siento nada por ti, por que, te juro que, en este momento, haría lo que fuera para que no llegara mañana y tener que decirte adiós.

Y lo dijo tan seguro, tan sincero, con tanta dulzura, con la voz cargada de sentimiento que al abrir la puerta, sólo pude lanzarme a sus brazos, y hundir mi cabeza en su pecho, y besarle hasta que se acabara la noche, e inhalar su perfume, y reír y llorar hasta el final, y saber que, por una noche, él y yo estuvimos juntos.

miércoles

Cada vez que escuchaba esa canción las lágrimas inundaban mis ojos. Aquella canción que me arañaba el corazón, que me ponía los pelos de punta y que tantas veces habíamos escuchado, uno al lado del otro, dejándonos invadir por la letra y pensando que ocurriría. Cada vez que cerraba los ojos podía verle a mi lado, tan guapo como la primera vez que le conocí, haciendo que mis mejillas se tornasen rosas por la vergüenza, haciendo que mi corazón latiese a mil por hora, haciéndome sentir tan especial. Podía recordar todos los lunares de su cara, el número y el lugar exacto donde se encontraban. Sentía sus ojos mirándome, brillando como cuando uno está perdidamente enamorado. Incluso recordaba como pronunciaba mi nombre, con ese desparpajo y la gravedad de su voz. Era el sonido más bonito del mundo. Y tenía aquel perfume grabado en mi mente, como cuando se sentaba a mi lado, se apoyaba sobre mi, y aquel olor me embargaba y me hacía pensar en él.

Cada vez que escuchaba aquella canción notaba un pinchazo en el estómago: el sentimiento de saber que, probablemente, nunca le volvería a ver.

jueves

Podríamos empezar por mirarnos a los ojos durante horas, te juro que me encanta perderme en ellos y no encontrar el camino de vuelta. O si lo prefieres podría dibujar en mi mente una y mil veces tu cara, que me la conozco de memoria. Aunque, para serte sincera, preferiría cogerte la mano y no soltarla nunca, para así poder sentir el contacto de tu piel y saber que va a estar siempre ahí.


miércoles

Había ensayado aquella situación millones de veces en mi cabeza. Y en todas yo salía ganando. Pero después de dos años, había olvidado lo débil que me volvía cuando él me miraba con esos ojos azules. Estaba más alto, incluso parecía ya un adulto, se había cortado el pelo, de forma que ya no le caía en bucles a ambos lados de la cara, estaba moreno, y sonreía. Pero había algo que no había cambiado: sus ojos. Eran tal y como los recordaba. Azules y pequeños, con forma de avellana, con sus largas pestañas y brillando de aquella forma tan especial. Y allí estaba yo, de la manera que nunca hubiera deseado que me viera: sola, con chándal, gafas y un moño mal hecho. Cuando le vi torcer la esquina, mi corazón se olvidó de latir durante unos segundos. Unos segundos en los que ambos nos miramos, entre sorprendidos y contentos, unos segundos en los que, todos aquellos recuerdos empezaron a volver a mi cabeza en tropel, a toda prisa, queriendo recordarme que seguían escondidos en algún lugar de mi corazón. Y cuando estuvimos el uno frente al otro, nada de aquello importó. No dijimos nada, y él siguió caminando, rozando su brazo contra el mío, haciendo que cada fibra de mi cuerpo temblase, dejando que aquel perfume me embriagase, dejándome paralizada, sin saber qué hacer o decir. Pero siguió caminando, no paró, no dijo nada, ninguna palabra que pudiera hacernos pensar que volveríamos a mirarnos como en aquellas tardes de verano, ninguna señal que me hiciese pensar que en aquellos ojos azules aún había un brillo que era para mí. Y caminó, sin parar, dejándome allí, sola, con el corazón hecho pedazos, con las lágrimas cayendo de mis ojos y rodando por mis mejillas, y con aquel sentimiento aún latente. Y me maldije a mí misma por no haber aprendido a dejar de quererle.

domingo

Eran las doce de la mañana cuando la puerta de la cafetería se abrió. Levanté la mirada de mi ordenador y, como cada miércoles a las doce de la mañana, mi corazón se olvidó de latir. Un chico alto y esbelto entró en la cafetería; llevaba aun abrigo de pana negro con las solapas levantadas para protgerse del frío Diciembre que azotaba las ventanas. Echó un vistazo a la cafetería buscando un sitio en el que sentarse. Cuando sus ojos recorrieron mi mesa, me lanzó un sonrisa y levantó la mano en forma de saludo. De repente, mi corazón aceleró el pulso y noté como mis mejillas enrojecían. Sonreí y le saludé con la cabeza.
Se dirigió hacia su sitio mientras mi mirada le seguía, recorriéndole de arriba abajo, recordando aquellos momentos que, diez años atrás habíamos pasado. Todavía me dolía pensar en aquel verano que habíamos pasado juntos, el mejor verano de mi vida, el verano en el que me había enamorado por primera vez.
Cuando se sentó, una de las camareras se le acercó y el le pidió lo de siempre: café con leche y napolitana. La camarera, alta, rubia y llena de curvas, no dejó de lanzarle insinuantes miradas, pero él parecía no inmutarse. Como siempre, sacó su ordenador y, al cabo de dos minutos, parpadeó en mi portátil el chat. Volvíamos al juego de cada miércoles.
- ¿Qué te pasó el miércoles pasado? Te eché de menos... - Me escribió.
Se me encogió el corazón. Mi padre había muerto hacía una semana, y por eso había faltado a nuestra "cita" de siempre.
- No me pasó nada -tecleé- simplemente no me apetecía venir.
- No me lo creo.
"No quiero que lo hagas." pensé. Me di la vuelta para mirar hacia su mesa. Él hacía lo mismo. Me miraba sonriendo, con aquella sonrisa que tanto me gustaba y que aún seguía grabada en mi mente a fuego. Su pelo estaba más corto y más oscuro, debido a la falta de sol, pero aún conservaba sus divertidos rizos de color rubio. Y sus ojos... aquellos ojos azules que se clavaban en los míos y que me hacían perder el control. Aquellos ojos azules en los que tantas noches me había perdido. Los ojos azules de los que me había enamorado con diecisiete años y que, diez años después, aún imaginaba que estaban a mi lado.
Volví a mi ordenador, intentando disimular el dolor que me producía recordar lo intenso que podía ser el amor de dos jóvenes de diecisiete años.
Diecisiete años... El verano de 2009, mi último campamento de verano. Lo recordaba como si hubiera sido ayer. Le conocí la primera mañana, mientras estábamos en la playa haciendo las pruebas de natación. Sentados en la arena, empezamos a hablar. Era simpático, muy simpático. Siempre bromeaba, y no sé que tenía, pero siempre conseguía sacarme una sonrisa. Y no sólo eso, sabía escuchar. En un mes fue la persona que más me ayudó y escuchó. Siempre aconsejándome bien, siempre intentando ayudarme, y siempre con esa sonrisa dibujada en su cara.
Sólo había sido un mes, pero había sido un mes maravilloso, nuestro mes, nuestro verano, nuestro primer amor de verano. Una relación efímera, pero intensa, llena de besos, caricias y abrazos pero también de discusiones que, al final, siempre acababan en otro beso. Un amor de dos adolescentes.
Mis ojos se empañaron y parpadeé para contener las lágrimas. No había dejado de quererle. En esos diez años, ni un día había dejado de pensar en él. No había olvidado aquellas frases que, escondidos entre las sábanas nos habíamos susurrado; no había olvidado las tardes tumbados en la arena, mirándonos el uno al otro, sin decir absolutamente nada; no había olvidado que había sido el primer chico del que me había enamorado, porque le había querido demasiado...
Había sido la persona más importante para mi durante mucho tiempo pero ahora... Ahora ya no era nadie para mi. Cerré mi ordenador, saqué el dinero y lo dejé sobre la mesa. Me levanté de mi sitio y, sin mirar atrás salí de la cafetería.
En la calle llovía y el viento azotaba con fuerza en los cristales de todos los locales. Respiré profundamente y me eché a caminar. Cuando llegué al final de la cristalera de la cafetería, eche una mirada al interior de la cafetería. Desde su sitio, me miraba con sus ojos azules, interrogante. Le sonreí y él hizo un amago de levantarse, pero negué con la cabeza.
Ya se había acabado. Ya no volverían los miércoles a las doce, ni el verano del 2009, ni los ojos azules... Le dije adiós con la mano y seguí caminando, sin mirar atrás, para olvidar, por fin, aquello que ya nunca volvería a ser.

lunes

Un año. Ya ha pasadoun año. Es increíble, ¿verdad?. Ha pasado un año desde el día en el que te conocí. Y te prometo que recuerdo ese día como si lo estuviese viviendo ahora mismo. Era por la mañana, y estábamos en la playa, haciendo las pruebas, de repente tú mencionaste lo fácil que parecía y comenzamos a hablar. Y te juro que, cuando, por primera vez, puse mi mirada en tus ojos azules, supe que ya nunca podría borrarlos de mi corazón. Puede que suene cursi, romántica o infantil, y seguramente esos sean los tres adjetivos que mejor me definan, pero es así, y no puedo evitarlo.
Durante todo este año he pensado en ti, he llorado por ti, me he reído contigo, he escrito sobre ti, me he acordado de ti, he soñado contigo... Y ha sido un tiempo que he perdido. Aún no soy tan valiente como para mirarte a esos ojos azules y decirte lo que te dije en Navidad, en un mensaje, simples palabras que no tuvieron valor alguno para ti. No he sido capaz de ponerme frente a ti y decirte que estoy enamorada de ti, que te quiero y que quiero pasar contigo el resto de mi vida. Suena antiguo y estúpido, lo sé, pero nunca me he considerado una persona moderna, que no cree en el amor y que prefiero coquetear con un tipo cada día. Para mí, el amor existe, y sé que todos tenemos una media naranja esperándonos en algún sitio.
Durante este año, durante estos 365 días he creído que tú eras esa persona especial, mi media naranja, pero hoy, un año después, me he dado cuenta de que no vale la pena seguir pensando en ti. Simplemente por que alguien que te ignora durante nueve meses no puede ser mi alma gemela, estoy segura.
Ojalá nunca te hubiera conocido, ojalá. No habría desperdiciado todo este tiempo pensando en que un año después, tus ojos azules brillarían por mí. Nunca más volveré a pensar en ti, ya no.
Adiós.


martes

Todo me recuerda a ti. Sigues aquí dentro, en algún lugar de mi corazón, quemándome, arañándome, expandiéndote… No sé qué hacer para sacarte de ahí. No puedo evitar caminar por la ciudad y verte en cada esquina, verte caminando hacia mí, tan guapo como siempre, tus rizos teñidos de dorado por el sol, tu preciosa y tímida sonrisa dibujada en tu cara, y tus ojos azules mirándome como si fueras mío. Cada esquina, cada edificio, cada árbol, cada paso que doy me recuerdan a ti. A ti y a esos malditos ojos azules que siguen clavados, mirándome, como aquella primera tarde de verano en la que cambiaste mi vida. No puedo olvidarte; no puedo, pero tampoco quiero.
Era guapo, guapísimo. Tenía el pelo de un rubio oscuro que el sol teñía de dorado, sus ojos eran grandes y azules, y su sonrisa... Pasamos un rato charlando, y ese rato se convirtió en días, y esos días en semanas. Y al cabo de dos semanas, nos despedimos, y nunca pude decirle, nunca fui capaz de mirarle a aquellos ojos azules y decirle que me moría de ganas de besarle, de abrazarle, me moría de ganas de perderme en aquellos ojos azules y no volver nunca más, decirle que le quería más que a nadie en este mundo, que iba a estar allí siempre, que nunca me iba a olvidar de él, que se había colado en mi corazón como nunca lo había hecho nadie, quería decirle que cada vez que él sonreía y sus ojos azules brillaban notaba unas mariposillas revoloteando en mi estómago, decirle que cada vez que me abrazaba deseaba no separarme de él nunca, y quedarnos los dos juntos para siempre. Fueron tantas las cosas que nunca le dije a aquellos ojos azules que he olvidado que nunca estaremos juntos.
Dicen que los amores de verano son pasajeros, pero a veces lo que empieza como una aventura puede llevar a algo más serio. Un simple viaje a la playa puede ser todo lo que hace falta para despejar la cabeza, abrir el corazón y escribir un nuevo final para una vieja historia. Aquellos que se queman con el calor sólo quieren olvidar y volver a empezar. Mientras que otros quieren que cada instante dure eternamente. Pero estamos de acuerdo en una cosa: el bronceado desaparece, los fuegos artificiales se apagan y todos acabamos hartos de la arena en los zapatos, pero el final del verano es el inicio de una nueva temporada, así que nos sorprendemos a nosotros mismos mirando al futuro.